Premín de Iruña

IGNACIO BALEZTENA ASCÁRATE "PREMÍN DE IRUÑA" (PAMPLONA 1887-1972): SU PERSONA, SU VIDA Y SU OBRA

sábado, 7 de febrero de 2026

Breve Historia del Rey de la Faba (8). Ceremonial de la coronación del Rey de la Faba. Pamplona 1969 (III)

 

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Querido lector, seguimos como en la entrada anterior tratando otra de las costumbres iniciadas por el aitacho entorno a 1920, o más que iniciada sería correcto decir restaurada: El rey de la Faba. Pido de antemano perdón porque esta entrada va a ser más larga dado que no he querido partir el ritual de coronación del Rey de la Faba que tanto me costó redactar. En lo fundamental es la réplica del de la coronación del Rey de Navarra Carlos III el Noble.

Como veíamos en la anterior entrada al ser archivero del Archivo General de Navarra me correspondió componer el ceremonial de la celebración para 1969 que ha llegado hasta la actualidad con algunas diferencias introducidas posteriormente. Aproveché el pregón inicial escrito por el aitacho en 1964 y el gran trabajo que habían hecho los sangüesinos el año anterior buscando documentos en los archivos del arzobispado. Ellos fueron los que comenzaron a representar la coronación del Rey de la Faba como se hacía con los reyes de Navarra. Para completarlo investigué en el Archivo General los documentos del ritual la Coronación de Carlos III el Noble en romance navarro[1], cotejándola con el Ceremonial de la Coronación, Unción y Exequias de los Reyes de Inglaterra, códice inglés del siglo XIV, que es una de las joyas más preciadas que custodia el Archivo Real y General de Navarra, escrito éste en latín.



Fue una tarea muy emotiva e interesante investigar y redactar este ceremonial que diez años después publiqué en el folleto “El Rey de la Faba. Navarra temas de cultura popular.”[2] que puedes leer aquí.

“CEREMONIAL DE LA CORONACIÓN DEL «REY DE LA FABA»

Pregón original escrito por Ignacio Baleztena en 1964

 «Infanzones, hijosdalgo, esforzados caballeros; bellas damas, doncellas de rostro hechicero: OID, OID, OID. Su Alteza Real el rey de Navarra nos invita a celebrar una fiesta singular, que antiguamente se desarrollaba en el real Alcázar de Olite.

Si los siglos desmoronaron aquella regia mansión, asombro de Europa, en pie quedó una bella tradición, y esa tradición hemos venido a recoger.

El «Muthiko Alaiak», fiel servidor de la realeza, obedeciendo el mandato del buen rey Carlos, nos congrega aquí para celebrar la fiesta del «Rey de la Faba», por nuestros reyes instituida.

Si las arcas del reino no están en nuestro poder para suntuosamente disponerlas, el arcano del corazón debe de abrir el tesoro de su caridad. Hoy como ayer, vemos sentado en el trono a un hijo del pueblo. Rindámosle pleitesía; regalémosle con nuestros donativos que, unidos al que el «Muthiko Alaiak» entrega, hagan que este niño, hoy coronado, pueda labrarse un porvenir, ser hombre de provecho, modelo de virtudes y laboriosidad, y digno de la merced que hoy le ha sido otorgada, y mientras la corte de Navarra se inclina ante él, trovadores y juglares, pulsad cítaras y salterios, y cantad trovas en honor de nuestros reyes; realzad el valor, la generosidad de los caballeros, la belleza y las virtudes de las damas. Y vosotros, heraldos, coronad las altivas torres de nuestros castillos, y pregonad a todos los vientos que en Navarra, si las instituciones pasan, el espíritu queda; y si fieros vendavales arrebatan cetros y coronas, sabemos recoger el cetro que indica el camino del honor y del deber. Levantad en alto la corona para ceñirla en las sienes de la dama Tradición, que como el águila real renace de sus propias cenizas y remonta el vuelo por las más elevadas regiones».

Acto seguido el rey de Navarra quiere notificar a sus súbditos el significado de la ceremonia, que se va a celebrar en la persona del «Rey de la Faba»:

«Sepan cuantos esta present carta verán e oidrán, como Nos, Carlos[3], por la gracia de Dios rey de Navarra, Duque de Nemours, de Gandía e Montblanc, de Peñafiel, Conde de Foix, Señor de Béarne, Conde de Bigorra, de Ribagorza, de Pontier, de Perigord, Vizconde de Limoges, Par de Francia y Señor de la ciudad de Balaguer, a nuestros fieles súbditos aquí reunidos, hacemos saber:

Que deseando continuar con la tradición de la «Fiesta del Rey de la Faba», por nuestros antecesores instituida, disponemos que este niño, a quien la suerte ha favorecido, y nos hemos enterado que por su buen comportamiento es digno de ella, sea coronado con todo el esplendor que se merece, reproduciendo en esta ceremonia, y en su persona, los ritos y solemnidades con que Nos y nuestros antecesores fuimos coronados.

Dado en nuestro Alcázar de Pamplona, a 6 de Enero, festividad de los Santos Reyes Magos».

El Rey de Armas, caballero que en las cortes de la Edad Media tenía el cargo de llevar y traer mensajes de importancia, ordenar las grandes ceremonias y llevar los registros de la nobleza de la nación, nos irá relatando detalladamente, toda la ceremonia de la coronación histórica de los reyes de Navarra, tomando como modelo la de Carlos III el Noble, que es el que nos ha legado, con más detalle, toda su coronación.

Muy en pequeño, pero realzado por la bella delicadeza de la miniatura, nos va a ser dado contemplar la coronación de un rey de Navarra en la persona del niño favorecido por la faba tradicional.

Rey de Armas. Foto del folleto "El rey de la Faba"

CORONACIÓN DEL REY DE NAVARRA

En presencia de los tres brazos, Clero, Nobleza y Estado llano, el rey será proclamado. Pero si su persona se nos presenta adornada con suntuosas galas, su personalidad" de rey deberá estar revestida de las prendas y virtudes que un buen monarca debe poseer y que le han sido impuestas por la tradición, escrita al dictado de las necesidades de los pueblos y de los tiempos.

La víspera de la coronación, el rey salía de su palacio a  caballo, escoltado por muchos hombres que llevaban antorchas encendidas. Acompáñabanle los procuradores de Pamplona, Estella, Tudela y Olite en nombre de todas las buenas villas, las cuales tomaban con su mano la estribera derecha del caballo del rey, y al otro lado iban los demás procuradores.

Rey de la Faba a caballo. Foto de El Pensamiento Navarro 7 de enero de 1969


Llegado el rey a la catedral, y una vez en el templo, se confesaba y pasaba la noche orando, hasta el amanecer. Después de bañarse y hacerse su tocado volvía al interior del templo para ser coronado.

A requerimiento del señor obispo de Pamplona, y en presencia de los tres brazos que componían las Cortes, de varios embajadores y del Legado pontificio, jurará el rey a su pueblo, como lo hicieron sus predecesores, sobre la Cruz y los Santos Evangelios, y en idioma navarro[4], guardar y mejorar sus fueros, costumbres, franquezas, libertades y privilegios.

Así, pues, el obispo, puesto en pie, se dirige al rey en los siguientes términos:

«Rey nuestro natural seinnor; conviene, antes que llegueis al Sacramento de la Santa Unción, facer juramento a vuestro pueblo, como lo ficieron vuestros predecesores los Reyes de Navarra; e ansí mismo el dicto pueblo jurará a vos lo que a los dictos vuestros predecesores juró».

A lo que el rey contesta: «Soy Presto», y poniendo sus manos sobre la Cruz y los Santos Evangelios juró en el modo y forma que sigue:

«Nos Carlos, por la gracia de Dios, Rey de Nauarra, conte d'Eureux, juramos a nuestro pueblo de Nauarra sobre esta cruz et estos santos euangelios por nos tocados manualment, es a saber, prelados, ricos hombres, cauailleros, hombres de buenas villas et a todo el pueblo de Nauarra todos lures fueros, vsos, costumbres, franquezas, libertades et priuilegios a cadauno deillos assi como los han et jazen que assi los mantenrremos et goardaremos et faremos mantener et goardar a eillos et a lures successores en todo el tiempo de nuestra vida sen corrompimiento nenguno, meillorando et non apeorando en todo ni en partida et que todas las fuercas que a vuestros antecessores et a vos por nuestros antecessores, a qui Dios perdone, qui fueron en lures tiempos et por los officiales qui fueron por tiempo en el Regno de Nauarra et assi bien por nos et nuestros officiales desfaremos et faremos desfazer et emendarlos bien et complidamente ad aqueillos a qui fechos han seido sen escusa ninguna los que por buen drecho et por buena uerdat podian ser failladas por hombres buenos e cuerdos».

Los ricoshombres y caballeros del reino, a su vez, prestarán el juramento de fidelidad, guardar y defender su real persona, y ayudarle a mantener los Fueros de Navarra con todo su poder. Poniendo la mano sobre la Cruz y los Evangelios dicen:

«Nos los barones de Navarra, sobredichos, en vez et en nombre nuestro et de todos los cabailleros et otros nobles et infanzones del dicho regno juramos a vos nuestro Seinor el Rey, sobre esta Cruz et estos Santos evangelios por nos tocados manualment, de goardar et defender, bien et fielment vuestra persona et vuestra tierra e de vos ayudar e goardar, defender e mantener los Fueros de Navarra a todo nuestro poder». Ultimamente, los procuradores de los pueblos, con parecidos términos pronunciaron el mismo juramento: «Nos los procuradores de las buenas villas, sobredichos en vez et en nombre nuestro, et de los vecinos habitantes et moradores en aqueillas, juramos sobre esta Cruz et estos Santos Evangelios, por nos tocados manualment, de goardar bien et fielment la persona de nuestro Seinor el Rey et de goardar et defender el Regno a nuestro poder, segunt nuestros fueros, usos, costumbres, privilegios, franquezas e libertades que cada uno de nos habemos».

Acto seguido el rey desaparecerá por unos momentos para despojarse de sus vestiduras y ponerse una túnica blanca, acostumbrada para recibir la Santa Unción. Los obispos de Tarazona y Dax lo conducen ante el altar mayor donde está el obispo de Pamplona revestido de las insignias pontificales para ungirle como elegido del Señor. Siguen al rey los barones, caballeros y otros nobles. Mientras el obispo le unge, reza las oraciones acostumbradas:

«Seáis ungido con el óleo santo, como fueron ungidos los reyes y los profetas, como Samuel ungió a David, para que seáis bendecido y constituido rey en este reino, sobre este valiente pueblo navarro, que el Señor nuestro Dios os ha dado para que lo rijáis y gobernéis, y así lleguéis al reino Eterno. Amén».

El rey se retirará nuevamente a la sacristía para despojarse de las vestiduras blancas y ponerse las ropas reales, acercándose al altar mayor sobre el que están la espada, la real corona de oro adornada de piedras preciosas, y el cetro de oro, se ceñirá la espada.

El obispo rezará la siguiente oración: «Recibid esta espada real, bendecida por la Iglesia para que la empleéis en la defensa de la cristiandad y en la protección de las viudas de los huérfanos, en la exaltación del nombre cristiano, en defensa de la justicia y en el exterminio y castigo de los malvados, de tal manera que merezcáis reinar sin fin en el reino celestial. Amén». Se ceñirá la espada, y desenvainándola la levantará en alto, para manifestar, con este gesto, que en sus manos siempre será esgrimida en defensa de las causas justas.

El Rey de la Faba desenvaina la espada. Foto del folleto "El rey de la Faba"

El prelado bendice la corona con estas palabras: «Dios, piedras que en las cabezas de vuestros fieles ponéis una corona de piedra preciosas; bendecid y santificad esta corona, para que así como está adornada de diversas piedras preciosas, así vuestro siervo, que la lleva, sea llenado de muchas virtudes preciosas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, del Rey Eterno, que vive y reina con Vos en la unidad Espíritu la Santo por los siglos de los siglos, amén». Mientras el rey, tomando la corona con sus propias manos, se coloca sobre su propia cabeza, el obispo recita las preces de la coronación: «El Señor os corone con la corona de la gloria y de la justicia para que, por medio de nuestra redención, lleguéis a la corona del reino perpetuo, lleno de buenas obras con el auxilio de Aquél, cuyo reino permanece por los siglos de los siglos, amén».

Coronación del Rey de la Faba. Foto del folleto "El rey de la Faba"

 La última oración litúrgica se reza al hacerle la entrega del cetro: «Recibid este cetro, insignia del poder real, para que ante todo os rijáis bien a vos mismo, y después defendáis al pueblo cristiano contra sus enemigos, y corrijáis a los malos y purifiquéis a los buenos, y a todos con vuestro ejemplo enseñéis el camino que conduce del reino temporal hasta el reino eterno, por nuestro Señor Jesucristo, Rey de Reyes, cuyo reino permanece por los siglos de los siglos, amén». Entonces el rey empuñará el cetro, símbolo de suprema autoridad, y se pondrá en pie sobre el escudo que ostenta las armas de Navarra. Los representantes de la nobleza y procuradores de los pueblos lo alzarán sobre el pavés, y mientras los heraldos proclaman en alta voz: REAL, REAL, REAL, con gesto generoso derramarán su moneda.

Elevación del Rey de la Faba sobre el pavés. REAL, REAL, REAL. Foto del folleto "El rey de la Faba"

El eco de ese grito triunfal de los heraldos repercutirá en pueblos, villas y ciudades, anunciándoles que tienen un rey que velará por ellos y, trasponiendo las fronteras, se dejará oír en las cortes de otros reinos y éstos también sabrán que Navarra ha proclamado su rey y señor.

Al tiempo de bajar del escudo se acercan al cardenal Los obispos de Pamplona y Tarazona, el primero como regente y el segundo como más antiguo, le guían al trono que está colocado en lugar eminente, y le entronizan. El y obispo de Pamplona dice las oraciones acostumbradas, acabadas, entona el «Te Deum Laudamus», siguiendo a continuación las aclamaciones de los concurrentes.

Esta ceremonia de la coronación terminaba con una misa cantada celebrada por el obispo de Pamplona, durante la cual el rey, en el ofertorio, ofrecía telas de púrpura y oro y sus monedas, según el fuero, y comulgaba de manos del obispo.

Cuando los infantes a quienes las cortes juraban por sucesores del trono eran de menor edad, los reyes sus padres daban poder, como tutores, a varios caballeros de las mismas cortes para que hiciesen el juramento en nombre de los dichos infantes y recibiesen en su lugar el juramento reino.

Además de los juramentos que los reyes hacían en sus coronaciones, solían jurar particularmente los privilegios de los pueblos que eran de alguna consideración siempre que arribaban a ellos, como pasaba en Tudela, que les exigía este juramento fuera de la ciudad y después de entrar lo repetían en la iglesia.

Con este ceremonial, y en unas cortes itinerantes plenas de ilusiones infantiles y añoranzas de los mayores, se celebra en Navarra la fiesta de la coronación del «Rey de la Faba». Que quien conserva sus viejas tradiciones, que son el alma del pueblo que las alumbró, se honra a sí mismo asegura la continuidad de su destino histórico.

Y terminaremos de tratar este “invento” que reinstauró el aitacho en la próxima entrada si Dios quiere.



[1] en romance navarro ("Idiomate Navarre terre" o "Idiomate terre Navarre")

[2] Baleztena Abarrategui J. El Rey de la Faba. NAVARRA TEMAS DE CULTURA POPULAR. Pamplona 1979

[3] Carlos III el Noble

[4] Se refiere al “romance navarro”, ("Idiomate Navarre terre" o "Idiomate terre Navarre"), que es en el que juró Carlos III el Noble para su coronación,  en vez del latín, el francés o el vasco, reflejando así el derecho territorial.

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