Premín de Iruña

IGNACIO BALEZTENA ASCÁRATE "PREMÍN DE IRUÑA" (PAMPLONA 1887-1972): SU PERSONA, SU VIDA Y SU OBRA

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jueves, 19 de mayo de 2011

Y la Virgen de Ujue ¡Venga a milagriar! (y VIII)

Querido lector, finalizamos las historia que el “aitacho” escribió sobre “Y la Virgen de Ujué ¡Venga a milagriar!”, seguramente para alguna conferencia, y que hemos estado saboreando durante este mes dedicado a la Virgen. Sin más aquí te dejo con la conclusión de esta serie de entradas.


“…Y LA VIRGEN DE UJUE …
¡VENGA A MILAGRIAR! VIII

Manuscrito de Ignacio Baleztena sobre "Y la Virgen de Ujue ¡Venga a milagriar!"
 
La defensa, ya, era imposible; así es, que se oyó el ¡sálvese quien pueda! Y cada cual no pensó más que en huir por la sierra, aprovechando las sombras de la noche.

            Don Juan Villanueva, don Francisco Ibarrola y don Pedro Ozcoydi se multiplicaron para ordenar la retirada de los muchachos, y gracias a sus esfuerzos y órdenes, pudieron todos abandonar el pueblo, a excepción de cinco que cayeron muertos por los disparos del enemigo.

            Viendo ya en salvo sus fuerzas, pensaron estos valientes jefes en salvarse ellos mismos, y ya a la madrugada, montando a caballo, intentaron salir del pueblo, pero se vieron con todas las bocacalles ocupadas por el enemigo. Ibarrola y Ozcoidi consiguieron abrirse paso, pero Villanueva no pudo seguir a sus compañeros, pues su caballo, herido de varios balazos, no pudo salvar la barrera formada por los constitucionales.

            Aprovechando las últimas fuerzas de su caballo se fue por otra bocacalle, y aunque ocupada, también, por los enemigos, consiguió abrirse paso a sablazos y se lanzó monte abajo con gran peligro de despeñarse.

            Una partida enemiga de caballería, cogiendo un “alcorce” iba a cortarle el paso, cuando se presentó en lo alto del pueblo un animoso vecino de Ujué, llamado Pedro Górriz, que empezó a arrojar grandes piedras contra los constitucionales, al par que daba voces de:

            -¡Formación, voluntarios! ¡primera compañía, fuego! ¡la segunda, a la bayoneta! ¡duro a ellos, que hay que acabar con la canalla!

            La confusión y sobresalto que siguieron a estas voces los perseguidores, las aprovechó el perseguido para coger una gran ventaja; pero, a la legua escasa de carrera el caballo cayó muerto a consecuencias de las graves heridas recibidas.

            -¡Ya es nuestro! (Gritaron los constitucionales al verlo caer). Uno de ellos, que se había adelantado mucho a los demás, venía sobre Villanueva, cuando su caballo se paró en seco, saliendo el jinete disparado por las orejas, dando en el aire más vueltas que un irulario.

            Poco respiro iba a ser éste para el pobre don Juan, pues los demás soldados se le venían ya encima. No le quedaba a Villanueva otro recurso que encomendarse a la Virgen de Ujué, y con tanta fe lo hizo, que Ella, jamás sorda a los ruegos de los navarros, permitió que un caballo que andaba suelto por los campos pasara al lado del valiente Juanito de la Rochapea. Resultó que el tal caballo era propiedad del oficial realista Agustín Esparza (a) Catachuan.

            Saltó Juanito sobre él (el caballo) en un decir Jesús, y soltando un ¡Viva la Virgen de Ujué! picó espuelas, dejando a sus perseguidores con un palmo de apéndice nasal, lo que no les impidió lanzar la variadísima colección de tacos y maldiciones del no publicado diccionario del Mal Hablar, contra el fugitivo.

            Mientras huía, hizo Villanueva promesa solemne de visitar a la Virgen de Ujué al terminar la guerra con los cruceros de Tafalla, descalzo y con una Cruz a cuestas mayor que la del Humilladero.

            -¡Qué pecaus más gordos habrá hecho ese tío, cuando va descalzo con ese cacho Cruz (decían los demás cruceros al verlo subir de esta guisa)

            Pero al saber quien era, recordando el por qué de la promesa, no faltó quien refunfuñó:

            -¡Ah falso, más que falso! Ya podía haber cogido una Cruz más grande, porque ¡menudo milagro hizo con él la Virgen!"

Y así finaliza el manuscrito de mi padre en el que nos ha contado durante varias entradas cómo la Virgen de Ujué estuvo al quite protegiendo su pueblo y los ujuetarras frente a franceses y liberales que querían borrarlos del mapa. 
Ignacio Baleztena (a la derecha junto al borde del camino), gran devoto de la Virgen de Ujué, de romero a pricipios de siglo (posiblemente 1916) con el santuario al fondo.
Así que si Dios quiere en la próxima entrada podrás conocer o recordar una cosa de Pamplona...

martes, 17 de mayo de 2011

Y la Virgen de Ujue ¡Venga a milagriar! (VII)

Querido lector, seguimos con el manuscrito del “aitacho” sobre “la Virgen de Ujué ¡Venga a milagriar!”

“… Y LA VIRGEN DE UJUE…
¡VENGA A MILAGRIAR! VII

Manuscrito de Ignacio baleztena sobre "Y la Virgen de Ujue ¡Venga a milagriar!"
Ocho años después de estos sucesos, se les ocurrió a los “conscientes e intelectuales” de la Península proclamar la constitución, y por obra y gracia de esta proclamación quedó el Reino de Navarra convertido en una simple provincia ¡Una gracia de los guiris!

            Los navarros vieron con muy malos ojos este cambio de cosas y esperaron se presentase la primera ocasión favorable, para dar al traste con la Constitución y sus defensores.

            Formose en 1821, una junta para dirigir los trabajos del levantamiento del Reino contra el moderno sistema, formado por don José Joaquín Mélida, (abad de Barasoain), don Francisco Benito Eraso (de Garinoain), don Joaquín Lacarra (canónigo de Pamplona), don Juan Villanueva (de Pamplona), don Santos Ladrón (de Lumbier), don Martín Uriz (de Sada) y el abad de Ustárroz, don Pedro Martín.

            Los sangüesinos no pudieron reprimir sus impaciencias, se sublevaron el día 7 de diciembre de ese año; rompieron la lápida de la Plaza de la Constitución y se echaron al campo sin esperar el mandato de la junta. Su ejemplo, fue imitado por los de Puente y los de Valdorva, y en un periquete por toda Navarra. Se organizaron como mejor se pudo estas fuerzas espontáneas, que mal armadas y fatigadas por las continuas persecuciones de las tropas del gobierno, fueron derrotadas en Larrainzar el día 25 de diciembre por el navarro constitucional don José Cruchaga, quien en este fácil triunfo, acreditó poseer la cualidad más honrosa y más difícil de hallar en el vencedor: la piedad y nobleza con el vencido.

            Gracias a su energía y humanos sentimientos, los soldados constitucionales no llevaron a cabo sus intenciones de lanzarse al degüello de los que, a falta de armas y municiones se entregaron sin condiciones, fiados, tan sólo, en la piedad del vencedor.

            Los que pudieron huir se dividieron en dos secciones, siguiendo, la una, a don Santos Ladrón, que se refugió en los montes de Aoiz, y a Juanito de Villanueva, los otros. Perseguidos muy de cerca estos y sin descanso por sus enemigos, se refugiaron en la villa de Ujué, fiados en la lealtad de sus habitantes y en el entusiasmo que siempre habían demostrado por el sistema tradicional. Y efectivamente, todos, hombres y mujeres, niños y ancianos, se esmeraron en proteger y cuidar a los fugitivos, llevándolos a descansar a sus casas y dándoles de comer. Y a fin de que descansasen tranquilos se comprometieron los vecinos todos a hacer las guardias por los alrededores del pueblo para observar los movimientos enemigos.

            Estos, guiados por algunos malos navarros conocedores del país, aprovechando la noche, que se presentó obscurísima, llegaron de improviso al pueblo subiendo por “lo de” Sabaiz; paraje en el que, por ser muy accidentado y muy difícil acceso, no se colocaron los suficientes guardias ¡Cualquiera pensaba que los guiris se iban a meter por semejantes andurriales!

            La defensa, ya, era imposible…,”

Pero esperemos a la próxima entrada si Dios quiere para conocer su desenlace.

viernes, 13 de mayo de 2011

Y la Virgen de Ujue ¡Venga a milagriar! (VI)

"El trece de Mayo la Virgen María bajo de los cielos a Cova de Iría"

Querido lector, hoy trece de Mayo, día de la Virgen de Fátima seguimos contando lo que el “aitacho” nos  narraba en la anterior entrada sobre la intercesión de otra advocación mariana, la Virgen de Ujué, que junto con San Sebastián echo una ayudica a los ujuetarras frente al francés, como lo verifica con una crónica que se conserva en el “Archivo del Reino de Navarra” y que transcribo a continuación:

“…Y LA VIRGEN DE UJUE…
¡VENGA A MILAGRIAR! VI


Una crónica del tiempo, que se conserva en el Archivo del Reino de Navarra, nos refiere así este milagroso suceso:

“… La casa prioral se halla contigua a la iglesia, rompen sus puertas, amontonan en cinco estancias distintas pajas de centeno, ramas secas, jergones, sillas, etc., pero a pesar de los grandes tizones con que se empeñaron con el mayor ahínco estos tan propios combustibles no hubo fuerza humana para que prendiera el fuego; y aunque este hecho se resista creerlo a los fanáticos del día, quienes se mofan de la visible protección de Dios por medio de sus santos, muchos testigos lo depondrán con su juramento y en ellos, alguno revestido de carácter sacerdotal por lo que no hay duda se hizo patente en esta ocasión la protección de la Virgen de Ujué, en cuyo poderío se cimientan las hazañas de este pueblo.

            La furia se manifiesta en los semblantes de todos los soldados: echan mano del último recurso: un puchero de alquitrán habido de prevención; creen con este rocío llevar adelante su proyecto, ¡pero qué fútiles son los recursos de los hombres contra el poder de Dios!

            En el momento, aparece un hombre vestido de negro entre la tropa francesa sin dificultad, dirigido por Dios: nadie sabe quien es, nadie lo conoce, nadie sabe por donde vino, lo que parece imposible hallándose ocupados todos los caminos y aun el mismo término con innumerables gentes, pero lo cierto y sin disputa es que la tropa partió con tanta precipitación hacia Tafalla, que ni aun tuvieron lugar para usar del mencionado combustible.

            Digan de lo referido cuanto gusten los que se llaman filósofos del día, atribúyanlo enhorabuena al acaso a una imaginación acalorada, a causas naturales, pero su propio convencimiento se patentiza con el mismo débil base del acaso en que se funde su efímera o ninguna sabiduría, con que como locos se empeñan atacar los incontrastables arcanos de nuestra sacrosanta Religión.

            Reflexionen la incertidumbre de sus mal combinados cálculos. ¡Qué efectos tan contrarios han producido en la última guerra, a pesar de sus infalibles pronósticos con que intentaban bautizarlos!”

Y en la próxima semana continuará si Dios quiere.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Y la Virgen de Ujue ¡Venga a milagriar! (V)

“… la Virgen de Ujué,
Madre del navarro pueblo…”

Querido lector, continúo en este mes de Mayo dedicado a la Virgen, y en el entorno de las romerías a Ujué, transcribiendo este manuscrito del “aitacho” que comienza en entradas anteriores.

“…Y LA VIRGEN DE UJUE…
¡VENGA A MILAGRIAR! V


Manuscrito de Ignacio Baleztena sobre "Y la Virgen de Ujué ¡Venga a milagriar!
 
¿Y qué diremos del milagrico que ocurrió en el año 1812, cuando los franceses quisieron quemar el pueblo?

            Deseando los “gabachos” escarmentar esta villa, de la que tanto daño recibían, decidieron llevar a cabo con ella un fuerte castigo, que sirviese al mismo tiempo de ejemplo y escarmiento a cuantos pueblos de Navarra mostrasen su hostilidad a las tropas imperiales.

Bandera usada por los navarros en la Guerra de la Convención contra la Revolución Francesa y posteriormente en "la francesada", conservada por Ignacio Baleztena

            Nada mejor que un romance de “autor anónimo” podrá darnos razón del suceso, que por cierto, dio más tarde lugar (el suceso, no el romance) a mil disputas y no pocos puñetazos entre tafallicas y ujuetarros.

            Decían estos, que la Virgen de Ujué fue la autora del milagro, mientras que aquellos aseguraban que fue San Sebastián (aunque los de Ujué no se lo merecían) el que se compadeció de ellos.

            Por fin, vínose a un acuerdo. Efectivamente, San Sebastián es el que se apareció a los franceses, pero… mandado por la Virgen de Ujué…

Del castillo de Pamplona
más de mil hombres salieron
mandados por muchú Brun,
el gabacho más perverso
de todos los que mandaban
el ejército extranjero.
Quedaron en San Martín
de reserva setecientos
y los restantes llegaron
llenos de odio y veneno,
para descargar sus iras
sobre este pueblo indefenso.
-A este pueblo de brigantes,
decía el jefe extranjero,
que no quiere obedecer
a Napoleón primero,
es menester castigarlo.
Lo hais de quemar, todo entero.
Y los soldados franceses,
impíos y sarracenos,
obedeciendo el mandato,
se esparraman por el pueblo
cogiendo por todas partes
leñas, pajas y sarmientos.
Y a la casa del vicario
el combustible metieron
pues por la casa del cura
debía empezar el incendio.
-¡Virgen de Ujué, madre mía!
¿Consentirás que este pueblo,
que te alaba y te bendice,
perezca pasto del fuego?
Así, dentro de la iglesia
exclamaba un pobre viejo
que por sus años no pudo
huir con los demás del pueblo.
Y la Virgen que a Navarra
le tiene amor verdadero,
al arcángel San Miguel
y a los ángeles del cielo
les mandó, todos a una,
volar encima del pueblo.
Y con las alas formaron
tan fuerte y tan recio viento
que no consiguió el francés,
a pesar de sus esfuerzos,
encender los combustibles
destinados para el fuego.
Furioso el jefe gabacho
mandó traer un puchero
de alquitrán, de las calderas
del mismo Pedro Botero,
y mandó rociar las leñas
de alquitrán, que por lo negro,
mesmamente parecía
su alma y corazón perversos,
mientras que lleno de rabia
decía el muy sacrílego
-¡Veremos si ahora la Virgen
puede apagar este fuego!
Pero la Virgen de Ujué,
Madre del navarro pueblo,
le llamó a San Sebastián,
el santo más milagrero
que hay después de San Fermín
y San Javier en los cielos;
y le dijo que impidiese
a toda costa el incendio.
El Santo se apareció
todo vestido de negro,
y les entró a los franchutes
un miedo tan grande verlo,
que escaparon como el alma
que lleva el diablo al infierno,
y de entonces en jamás,
nunca por Ujué volvieron.

¡Y si no es esto milagro
que venga aquí Dios a verlo!
           
            Una crónica del tiempo, que se conserva en el Archivo del Reino de Navarra, nos refiere así este milagroso suceso...”

Pero para conocerlo, tendremos que esperar a la próxima entrada si Dios quiere.

lunes, 9 de mayo de 2011

Y la Virgen de Ujue ¡Venga a milagriar! (IV)

¡Virgen de Ujué, protégenos!

Querido lector, siguiendo con las entradas de este mes de Mayo dedicado a la Virgen, y en el entorno de las romerías a Ujué, te sigo transcribiendo este manuscrito del “aitacho” que comienza en entradas anteriores.

“… Y LA VIRGEN DE UJUE…
¡VENGA A MILAGRIAR! IV

Manuscrito de Ignacio Baleztena sobre "Y la Virgen de Ujue ¡Venga a milagriar!"

 II

 Otro milagrico, y no menor, dispensó, en 1809, la Virgen de Ujué a unos cuantos vecinos, quienes no pudiendo por su edad salir a incorporarse a la División Navarra[1], hacían la guerra a los franceses por su cuenta y razón, tiroteando a los gabachos que pasaban por el camino Real de Tudela a Pamplona.


Los navarros ya combatieron anteriormente contra la Revolución Francesa en el año de 1793 (durante la Guerra de la Convención), como muestra esta bandera de esa contienda conservada por Ignacio Baleztena.
 
            En uno de estos “paqueos”, como hoy se les llama, llegó la osadía de los ujuetarras hasta el extremo de matar en las puertas de su alojamiento de Olite a un capitán francés y su asistente.

            Pero como nunca en las grandes causas falta un Judas, tampoco en esta ocasión dejó de presentarse uno, y éste fue un perdis de Santacara, borrachín y mala persona, que odiaba a los de Ujué por mil motivos, entre los que destacaba, en primer lugar, el que un mozo de esta villa le birló la novia, guapa moceta de Beire y… de posibles.


            Presentóse, pues, el susodicho, que para más parecerse  al apóstol traidor, era rojillo de pelo y alma, a los franceses y les dijo que él sabía donde se reunían los tiradores de Ujué para organizar sus fechorías; y guiados por el judicas se emboscaron los franceses “ande” las Peñuelas, término de Olite, y punto de reunión de los “pacos”. Y en efecto, no tardaron estos en presentarse tranquilos y descuidados sin sospechar el peligro en que se metían. Cuando empezaban a tomar sus posiciones, surgen, de pronto, los franceses apuntándoles a quemarropa con sus fusiles.

            Los ujuetarras, cara está, soltaron el consabido ¡Virgen de Ujué, protégenos! Y no olvidando el precepto divino de: ayúdate, y te ayudaré, acudieron a la ayuda de sus ágiles piernas arreando a correr como novillos encohetados.

            Caen los gatillos franceses sobre las piedras de chispa ¡…chis, chas…!, se producen unas chispitas que en ningún fusil prende la pólvora de la carga ¡… que si se ceba…, bueno!, no queda uno ni “p’a contalo” dado la poca distancia a que fueron hechos los disparos.

            Mientras los navarros andábamos a tiro limpio con los franceses (solía repetir uno de los protagonistas de este suceso) la Virgen de Ujué… ¡venga a milagriar, y más milagriar! Menudo quihacer le dimos a la pobrecica.”

Bienvenidos al blog a todos los ujuetarras que os estáis incorporando. Aun os quedan varias historias para disfrutar de “la Virgen de Ujué venga a milagriar” que continuaré introduciendo en las próximas entradas si Dios quiere, para después proseguir con la biografía de mi padre en 1925, que es donde nos quedamos.


[1] De la villa de Ujué salieron voluntarios a los Batallones Navarros 56 jóvenes, de los cuales murieron 20, y fueron heridos 19.

jueves, 5 de mayo de 2011

Y la Virgen de Ujue ¡Venga a milagriar! (III)

Querido lector, en relación con las romerías a Ujué, dejábamos al “aitacho” contándonos como durante la invasión napoleónica los franceses pretendían arrasar la villa de Ujué (así que para poder seguir el hilo de la historia te recomiendo que leas previamente las anteriores entradas)

Y la Virgen de Ujue ¡Venga a milagriar! (I)

Y la Virgen de Ujue ¡Venga a milagriar! (II)


Ignacio Baleztena como romero a la Virgen de Ujué, pintado por su hermana Mª Ysabel

… Y LA VIRGEN DE UJUE
¡VENGA A MILAGRIAR! III

manuscrito de Ignacio Baleztena sobre "Y la Virgen de Ujue ¡Venga a milagriar!"


            Y  Aconteció, que uno de los vecinos fugitivos, anciano de más de sesenta años, “canso” ya, sin fuerza para correr más, se vió alcanzado por un fornido y bigotudo que se echó sobre él dispuesto a partirle por gala en dos del primer mandoble. Resguardose el viejo tras un arbolito que por allí había, y alrededor de él, estuvo jugando al “alalubi” con el húsar, quien desesperado y furioso al par que inútiles tajos y mandobles, descargaba contra su víctima una colección variadísima de frases gruesas y epítetos galaicos, a lo que el ujuetarra, por lo que pudieran significar, contestaba enérgicamente:

            -¡Y yo en la tuya, franchute!

            Viéndose, al fin, perdido irremisiblemente, dirigió el abuelito una mirada al Santuario de la Virgen, y le pidió lleno de fe, que añadiese un milagrito más en la lista del sinnúmero de los que por sus hijos llevaba hechos. No bien había proferido su invocación, cuando distinguió medio oculta entre las zarzas del suelo una hoz abandonada.

            -Ella me la ha puesto (gritó lleno de gozo), la coge, y empuñándola valiente, sale de su escondite dando un vigoroso viva a la Virgen de Ujué.

            El húsar se precipitó sobre su presa, pero el viejo diole un quiebro, que, ni los que por aquellos tiempos daba el famoso toreador peraltes Joaquín Lapuya; y antes que el francés revolviera su montura, el ujuetarra, de un revés, desjarretó al caballo, el cual vino a bajo con gran estrépito, haciéndose el jinete trizas su napoleónica testa en la caída.

Pero como podrás suponer no acaba aquí la historia, así que como en las telenovelas, continuará…,si Dios quiere.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Y la Virgen de Ujue ¡Venga a milagriar! (II)

Querido lector, en relación con las romerías a Ujué, dejábamos al “aitacho” contándonos como durante la invasión napoleónica los franceses pretendían arrasar la villa de Ujué (así que para poder seguir el hilo de la historia te recomiendo que leas previamente la anterior entrada)


Romería de Ujué a principios del Siglo XX.

… Y LA VIRGEN DE UJUE…
¡VENGA A MILAGRIAR! II

Manuscrito de Ignacio Baleztena sobre "y la Virgen de Ujué ¡Venga a milagriar!"
            
El párroco de Ujué, don Casimiro Xabier de Miguel, alma más tarde de la sublevación de Navarra contra el invasor, se paseaba tranquilamente por la sala de su casa, breviario en mano, cuando se le presentó un vecino de la villa, diciendo:

            -Oiga usté don Casimiro, que ahí fuera está un pamplonica que pregunta por usté.

            -Bueno pues, ve y dile que me espere sentado (contestó el buen párroco uxuense, sin dar ni pizca de malicia a la frase).

            -Malicamente ha de poder hacerlo don Casimiro, pues me parece, me parece que en la corrida que se ha pegado desde Pamplona aquí, ha perdido… vamos… lo de sentarse; es un decir.

            Y efectivamente, “Chistorrica” estaba que daba compasión mirarlo. La carrera que se propinó el famoso soldado de Maratón, fue un paseo de comunidad de monjas, comparada con la que se echó al coleto el bravo lasterkari de “Chistorrica”.

            Enterado el párroco de la catástrofe que amenazaba a sus feligreses, recorrió todo el pueblo, casa por casa, a fin de que se aprestaran todos a la defensa, y si ésta no era posible, cuando menos, que abandonaran el pueblo, refugiándose en la sierra con cuanto pudieran llevarse de algún valor.

            Pero los ujuetarras, tan ternes y tranquilos, dijeron que todas aquellas historias no eran más que pavadas del pamplonica, y que no era cosa de molestarse en tomar medidas contra un peligro que sólo en la mente de “Chistorrica” existía.

            Este se desesperó, suplicó, juró por su nombre y por el de todos los chistorricas de su árbol genealógico, que lo que decía, era tan cierto como el que la Virgen de Ujué daba hijos a cuantos matrimonios iban a echar una piedra al pozo de “andalan” de la Basílica, y que él mismo, por sus propios ojos, había visto salir camino de Tafalla, cada soldau francés más grande que la torre de San Cernin… Pero, ¡que si quieres! Los de Ujué, a pesar de hallarse en julio, ¡tan frescos!

            -¡Bueno!, haced lo que se os ponga en esas cabezotas que tenéis, más duras que las bolas del portal de la Taconera; yo ya he cumplido con mi obligación… y ahora, que la virgen de Ujué y la del Camino os protejan si es que lo merecéis; ¡casquetosos, más que casquetosos!

            No bien acababa de soltar “Chistorrica” esta parrafada cuando se oyeron voces de

            -¡Que vienen! ¡ya están encima!...

            Y efectivamente, “ande” la Cruz del Humilladero, aparecieron un montón de húsares franceses, que a todo galope, venían hacia el pueblo.

            -¡Pas de grace aux bragants! Aullaba el jefe que los dirigía.

            Los vecinos de Ujué, los que pudieron, “arrearon” a correr, desparramándose por la sierra en todas direcciones, como conejos al entrar el hurón en el cado. Los que no tuvieron tiempo de hacerlo, se aprestaron a una defensa desesperada e inútil ya por lo tardía.

            Persiguió la caballería a los fugitivos, mientras que la infantería, mandada por el propio Mr. Agniel, rodeaba el pueblo con intención de entrar a degüello en él e incendiarlo. Y sin duda lo habría verificado así, si no por don Casimiro, que conocedor del idioma francés, se personó en el campo contrario, y con sus súplicas, consiguió del jefe francés, no llevase a cabo sus propósitos de muerte e incendio.

            -Me contentaré con saquear todas las casas, dijo Agniel, como gran concesión.

            -P’a lo que s’han de llevar, mejor harán en no molestarsen (dijeron los vecinos cuando don Casimiro les comunicó el resultado de su embajada).

            Y mientras esto sucedía en la villa, los jinetes perseguían encarnizadamente a los fugitivos, con ánimo de degollar a cuantos cayeran en sus manos; pero dado lo escabroso del terreno, muy apto para burlar la persecución de la caballería, y la visible protección que siempre la Virgen de Ujué a dispensado a sus hijos, sólo tres muertos y un herido fueron los que cayeron a los golpes de los feroces húsares de Francia: los muertos fueron: Antonio Pernaut, Antonio Berruelo y Juan Olcoz; y resultó herido de un sablazo y tres balas, Martín Izurra.

            Y aconteció…,

Para saber qué aconteció tendrás que esperar a la próxima entrada si Dios quiere

martes, 3 de mayo de 2011

Y la Virgen de Ujue ¡Venga a milagriar! (I)

¡Venid y vamos todos, con flores a porfía, con flores a María que Madre nuestra es!

Querido lector, cuantas veces habremos cantado (y seguimos haciéndolo) en mi familia esta canción en el mes de Mayo, mes de la Virgen, diariamente “haciendo las flores”. El 31, fiesta de la Virgen del Amor Hermoso, finalizábamos con una procesión por toda la casa que ya os contaré acercándose esa fecha. Y es que ya te habrás dado cuenta si sigues el blog que el “aitacho” era muy mariano. Como ya hemos visto celebró la Asunción de Nuestra Señora por anticipado con la Virgen del Chaparro. Aprovechando estas fechas ya te anunciaba en la anterior entrada que el domingo pasado, el primero después de San Marcos, se ha vuelto a celebrar con gran éxito y devoción la romería a la Virgen de Ujué. Mi padre era un gran devoto de esta advocación y un romero habitual de la misma. 

Ignacio Baleztena romero en Ujué en 1914

Pues con tan fausto motivo vas a poder leer el escrito original que Ignacio Baleztena realizó sobre Nuestra Señora de Ujué, posiblemente para alguna conferencia de las que daba, que posteriormente dio lugar a varias iruñerías.



“Y LA VIRGEN DE UJUE…
¡VENGA A MILAGRIAR!


Portada del escrito de Ignacio Baleztena

El día 14 de julio de 1808, un oficial francés penetraba en Pamplona por el portal de San Nicolás, sudoroso, polvoriento, sin sable ni pistolas, pisándose la lengua y echando por la boca todos los sapos y culebras que se criaban y criaron en el país de Richelieu, Madame de Recamier y Pierre Pouly III. 

Comienzo del manuscrito de Ignacio Baleztena sobre "la Virgen de Ujué ¡Venga a milagriar!"

          Presentose ante el gobernador militar francés, Mr. D’Agoult, y le hizo relación de cómo y cuando venía camino de Pamplona, llevando en un mulo varios cálices, custodias y objetos de valor procedentes de inocentes “requisas”, amén de una jolie de moiselle, “sa femme”, según él, al pasar por el Carrascal le salieron al paso varios labradores, y los muy brigantes la emprendieron a pedradas con el mulo y la madame susodicha.

            Al verse atacado, ¡Mondiu!, sacó sus pistolas y su sable y atacó denodado a los brigantes, cansándose de matar, herir y descalabrar, hasta que roto el sable, sin municiones con qué cargar sus pistolas, se vio obligado a retirarse, perdonando la vida a sus agresores, pero dándoles siempre cara, como, ¡Diuvivant!, acostumbraban hacerlo los gascones.

            -¿Y el mulo?, ¿y las riquezas?, ¿y tu… femme? (gritó indignado el gobernador ante las fanfarronadas del gascón).

            -De toutes choses, respodió altanero el compatriota de Cyrano, je dire comme mon camarada Francois 1er., ne n’est demeuré que l’honneur…

            -¡Y tu inútil vida! ¡sapristi! (terminó colérico D’Agoult). ¿Y de qué pueblo eran esos brigantes?

            Aquí el oficial francés empezó a hacer gárgaras. Quiso pronunciar Ujué, ¡pero vaya nombrecito para ser pronunciado por un hijo de Pepino el Breve, por muy gascón que sea!

            Por fin, después de varias tentativas, pudo aproximadamente decir a su general el nombre del pueblo, y D’Agoult, enseguida, dio las órdenes necesarias, para que, sin perder momento, una columna de infantería y otra de caballería, al mando de Mr. Agniel, saliesen a quemar Ujué y degollar a sus habitantes.

            La noticia de la salida de estas fuerzas y sus designios llegaron a oidos de algunos pamplonicas, buenos y entusiastas patriotas, y uno de ellos, Juanito Goñi, (a) “Chistorrica”, salió como quien no quiere la cosa camino de Mutilva, por Ochandazubi, y ¡tipi, tapa, tipi, tapa! En una corridica se plantó en Ujué en menos que canta un gallo, para prevenir a los ujuetarras del tormentón que se les venía encima…”

Y para saber como sigue esta historia tendrás que esperar a la entrada que viene si Dios quiere.

miércoles, 20 de abril de 2011

La Insignia de las Cinco Llagas (y III)

Querido lector, seguimos en plena Semana Santa con la conferencia que el "aitacho" dio torno a la Insignia de las Cinco Llagas en el Círculo Carlista de Pamplona en 1932, y a ver si nos enteramos ya de una vez de que se trata el asunto (para entender la "trama" te recomiendo leer las dos entradas anteriores)

"...Volvamos a nuestro tema.

A todas estas medidas materiales, aquellos hombres de recia fe, añadieron, o mejor dicho, antepusieron las espirituales.

Dispuso el señor obispo, el doctor Zapata, de acuerdo con el Ayuntamiento, que desde el 10 de octubre, por espacio de dos semanas, se ayunase los lunes, miércoles, viernes y sábados, siendo el ayuno del viernes a pan y agua, y los que por su debilidad no pudieran practicar estos ayunos dejasen de comer carne al igual que los días de vigilia.

Dispuso también, que se tuviera expuesta Su Divina Majestad, durante todo el día; el 11 de octubre, en la catedral y monasterio del Carmen; el miércoles 13, en San Cernin y Santiago; el viernes 15, en San Lorenzo y convento de San Francisco y el 16, sábado, en San Nicolás y San Agustín.

El domingo, 17 de octubre, tuvo lugar el voto solemne de la ciudad a San Fermín, San Roque y San Sebastián en la forma siguiente:

El Ayuntamiento de Pamplona en cuerpo de Ciudad, con sus mazas delante y acompañado de cuantos vecinos pudieran hacerlo, fueron a la parroquia de San Lorenzo, a la capilla de San Fermín. Dijo la misa el Ilmo. señor Obispo, Don Antonio Zapata, y habiendo sumido, volvió el rostro con el Santísimo Sacramento en las manos para los señores regidores que estaban frente a la capilla de rodillas con velas en las manos. Y Don Miguel de Donamaría y Ayanz, regidor cabo del Burgo, dijo en alta voz:

“Señor Dios Todopoderoso y sempiterno. Yo, don Miguel de Donamaría, aunque por todas partes indigno indigno ante vuestro Divino acatamiento, regidor de esta ciudad, en mi nombre y en el de (cita todos los nombres de los demás regidores) y toda esta Ciudad, movidos con deseos de serviros y de honrar a los bienaventurado Santos, San Fermín, nuestro Patrón, San Sebastián y San Roque, de cuya intercesión nos queremos valer en esta necesidad presente de la peste de esta ciudad y en todas las que tuviese, prometo delante de la Santísima Virgen Nuestra Señora y de toda la Corte Celestial y de todos los que están en esta iglesia presentes, en manos de don Antonio Zapata, Obispo de Pamplona, a Vuestra Divina Majestad, que todos los años, desde agora para siempre jamás, la víspera del Bienaventurado San Fermín nuestro Patrón, en cualquier tiempo que se celebrase su fiesta, y la víspera del bienaventurado San Sebastián, no se comerá carne en esta Ciudad, antes será como el día del viernes, y al señor San Roque se le hará una ermita de su vocación a la cual se hará procesión en su día de cada año, con la solemnidad que esta Ciudad acostumbra hacer en semejantes días que tiene por voto, pues a Vuestra Divina Majestad, bondad y clemencia, suplico humildemente por la sangre de Jesucristo Nuestro Señor y por la intercesión de estos santos, recibáis esta pequeña ofrenda de esta Ciudad, mirándola con ojos de misericordia y librándole de la peste y de cualquier enfermedad contagiosa y muy particularmente de las enfermedades de las almas, y a nosotros nos deis gracias, como nos la habéis dado, para desear y ofrecer esto para cumplir con la delegación que nos habéis puesto y acudir en todo al mayor bien de esta Ciudad”.

Mucho, mucho debió nuestro buen patrono San Fermín trabajar cerca de Dios Nuestro Señor a favor de sus paisanos, pues compadecido, al fin, se dignó usar de su infinita misericordia, revelando a un fraile franciscano de Calahorra, la siguiente promesa:

“Que digo yo, que te lo he dicho a ti, el que rige cielos y tierra, que así como el pastor cura las ovejas cuando tienen roña con el aceite, así curará El las ovejas de la roña que tienen, con el aceite de misericordia de mis sagradas llagas y corona de espinas, poniéndolas en los pechos de todos, así enfermos como sanos, y que haga imprimir tantos papeles como hay chicos y grandes en la Ciudad, donde estén las cinco llagas mías y la corona de espinas, y que todos los chicos y grandes las traigan puesto en sus pechos quince días descubiertamente, y que haga hacer una procesión como en Jueves Santo, con su disciplina y que traigan estas sagradas insignias en andas al cabo de la procesión con toda la devoción que pudieren y después que hayan acabado la dicha procesión, las dejen con grande reverencia en una capilla en memoria de esta merced, y que dentro de 15 días que esto se hiciese, se quitará el mal y pestilencia que hay en la ciudad, y que esto será verdad como yo soy la misma verdad…”

Enterados el señor Obispo y la Ciudad de esta revelación, se mandó imprimir sellos en papel y pergamino con la imagen de las cinco llagas y la corona de espinas y se repartieron por todo el vecindario, recomendando a todos, que antes de ponérsela al pecho se confesasen y comulgasen con toda devoción.

Y el domingo 13 de noviembre por la mañana, el señor Obispo dijo misa en la capilla de San Nicasio, de la parroquia de San Cernin, donde comulgaron todos los regidores, y se les impuso las insignias, y lo mismo se hizo en todas las demás iglesias. A la noche fue la procesión, a la que asistió todo el que no estaba enfermo o convaleciente, con luminarias y disciplinas, llamando la atención el que pasasen de quinientas las hachas, pues en aquel entonces en las procesiones sólo las personas de viso llevaban esta clase de luminarias y los demás solían, por regla general, ir con velas. La procesión se hizo en medio del mayor silencio y devoción. Salió del convento de Nuestra Señora del Carmen y terminó en el de San Agustín llevando en andas las Santas  insignias que luego fueron colocadas en el altar mayor entre muchas luces, y allí estuvieron durante quince días, diciéndose todos ellos muchas misas votivas y se hicieron durante todas las horas del día visitas como en Jueves Santo.

Y efectivamente, el 27 de noviembre, último de los quince días fijados en la revelación, pudo verse que ésta era cierta, que no fue obra de la fantasía de un fraile de Calahorra, pues desde entonces no ocurrió ningún caso de peste y los que existían, fueron curándose paulatinamente, como si se tratara de una enfermedad corriente.

Cumplidos estos quince días, volviese otra vez a llevar procesionalmente por la noche con penitencia y disciplina el santo simulacro, desde San Agustín a la iglesia del Carmen, y colocado allí, en la capilla de la Cruz, fue todos los años visitado oficialmente por el Excmo. Ayuntamiento, hasta que por una de esas gracias del liberalismo, fue suprimido ese convento, y se trasladó la imagen a la iglesia de San Agustín, donde hoy se venera.

Los enfermos que hubo durante el periodo en que se desarrolló la epidemia, fueron 344, de los que murieron 276 y sanaron 68, siendo mucho más la proporción de mujeres que de hombres.

No fue Pamplona, ni mucho menos, la población donde más víctimas causó la terrible peste. Pueblos hubo, como por ejemplo, Pasajes de San Juan, en la provincia de Guipúzcoa, que contando 500 habitantes tan sólo, en cuatro meses que duró la epidemia, quedaron “ciento treinta huérfanos de padre y madre, y ochenta de madre”.

A los buenos pamploneses, no nos cabe dudar un momento, que este milagro fin de la epidemia, cuando más en su apogeo se hallaba, se debió a la buena intervención de nuestro buen patrono San Fermín, a quien tantísimos y tan grandes favores debe nuestra querida Iruña.

¡Bien se lo pagamos, por cierto! Ya el Ayuntamiento, sintiéndose laico, no acompañará con la solemnidad de siempre a su Santo Patrono en su paseo triunfal por las calles de Pamplona, como ha venido haciéndolo desde esa época, en que por voto especial y en acción de gracias acordó hacerlo así.

Un año más tarde, el 2 de septiembre de 1600, los regidores acordaron colocar en sus veneras o medallas, al otro lado del escudo de armas, concedido a ciudad por el rey Carlos el Noble, la imagen milagrosa de las llagas en esta forma: “sobre fondo de oro, las cinco llagas de Cristo Nuestro Señor, esmaltadas de dolor rojo a modo de sangre, y por orla la corona de espinas de color verde”.

Con esta medalla, colgada antaño del cuello de los regidores por un cordón de seda negro, y de los ojales de sus levitas en estos tiempos, ha acudido siempre en corporación nuestro Ayuntamiento, con sus maceros y clarines a la iglesia de San Agustín, a postrarse ante el santo simulacro de las llagas, paseándolo procesionalmente por el interior del templo, para dar gracias a Dios Nuestro Señor por aquel señaladísimo favor que dispensó a la Ciudad en el mencionado año de 1599.

Medalla que llevan los ediles del Ayuntamiento de Pamplona, con la imagen de las Cinco Llagas al otro lado del escudo de armas, concedido a ciudad por el rey Carlos III el Noble 

Hoy, como gracias a Dios, somos oficialmente ateos, no nos creemos obligados a cumplir los solemnes votos de agradecimiento que hicieron nuestros antepasados. Este año, la Corporación Municipal, no irá a dar gracias al Señor, pero espero, que los pamploneses todos, acudiremos el Jueves Santo a pedir arrodillados ante esas misericordiosas llagas, como lo hicieron los regidores de antaño, que nos veamos libres de la peste de los cuerpos y muy principalmente y sobre todo de la pestilencia de las almas.

La insignia de las Cinco Llagas, dio lugar el año 1607 una denuncia fiscal de Su Majestad, pues creyó ver en las medallas y cadenas, una imitación a las insignias de la Orden del Toison de Oro, y como entonces estas cosas se llevaban a punta de lanza, puso pleito a la Ciudad, y los regidores se aprestaron a defender sus derechos. En aquel entonces existía en la villa de Oteiza un convento de Trinitarios, quienes, como es natural, deseaban fundar casa en Pamplona de la manera menos gravosa para sus intereses, y a ser posible, gratis. Para ello se dirigieron al Ayuntamiento, pidiéndole licencia para establecerse en Pamplona, y añadían, que se comprometían a servir en el Hospital, que entonces era de la Ciudad, en todo lo necesario, así en el orden espiritual como en el temporal, a los enfermos que en él hubiese.

La Ciudad, después de consultar a sus barrios, se negó a la petición, fundándose, en que había ya muchos conventos y en cada uno de ellos muchos religiosos y que “aunque por ahora parezca entran dichos religiosos en el hospital con motivo de servicio, se teme se perpetúen en él, y como no faltaría quien les ayudase, corría el peligro la Ciudad de perder el único patronato que tenía”. Y añadía a continuación, que siendo “los enfermos en su mayoría vascongados y los padres Trinitarios de diferente lengua, no podrían cumplir bien su cometido”.

No perdieron los padres Trinitarios la esperanza de conseguir sus anhelos, y la ocasión se les presentó con motivo del citado pleito de las veneras municipales. El prior de la orden, Fray Joseph de la Trinidad, hombre de muchos conocimientos e influencia en las altas esferas de la Corte y muy amigo del señor Virrey de Navarra, se prestó a influir a favor del Ayuntamiento, y logró obtener la autorización de Su Majestad, para que la ciudad pudiera utilizar sus medallas sin trabas ni entorpecimiento alguno.

El Municipio, en agradecimiento, concedió a los frailes el permiso para que pudieran establecerse en Pamplona, y ellos sentaron sus reales en la iglesia de San Fermín de Aldapa, y más tarde en 1664, en la Costerapea, o sea, en la campa que se extiende entre la cuesta de la Reina y el río Arga. Se bendijo la iglesia el día 25 de mayo de dicho año, y por eso es por lo que a ese terreno se le da el nombre de Trinitarios. Cuando la guerra contra la República Francesa en 1793, se destruyeron por cuestiones estrategia, todos los edificios situados extramuros de la ciudad, y entre ellos desapareció el convento de los P.P. Trinitarios.

Y aquí pongo fin a mi charla; en honor al tema, perdonar mis muchas faltas y permitidme antes de abandonar esta tribuna, vuelva a repetiros con insistencia, con verdadero empeño, el que vayáis todos el día de Jueves Santo a postraros ante la imagen de las Cinco Llagas, pues si queremos que Pamplona siga ostentando con justicia su título de Muy Noble Ciudad, hemos de procurar no empeñar su nobleza con el pecado más villano, cual es la ingratitud, y tal sería, no rendir gracias a Dios cumpliendo el voto de honrar las divinas Llagas de Cristo en reconocimiento de aquel grandísimo favor que se dignó otorgar a Pamplona con ocasión de la peste de 1599."

Premín de Iruña. 18 de Marzo de 1932

Vidriera del Ayuntamiento de Pamplona. Las cinco llagas y la corona de espinas se incorporaron al reverso de las medallas y la bandera de la ciudad.

Pues lo dicho, como yo no quiero ser un ingrato, siguiendo el consejo de mi padre, me uniré con gran entusiasmo a renovar el voto de las Cinco Llagas mañana jueves a las 17:30 en San Agustín, rogando por nuestra vieja Iruña a el simulacro de las Cinco Llagas que procesionará por dentro del templo y arropando a los ediles que pese a la fuerte ola laicista que intentan algunos pocos extender, tengan la deferencia y buen gusto de cumplir la promesa hecha por nuestros antepasados. Tranquilos que en breve publicaré, en respuesta a los correos que me estáis enviando a premindeiruña@gmail.com , la cancioncica de la procesión de Viernes Santo.

martes, 19 de abril de 2011

La insignia de Las Cinco Llagas (II)

Querido lector, ayer comenzaba la entrada semanasantera sobre la conferencia que el "aitacho", Ignacio Baleztena, dio sobre la insignia de la Cinco Llagas en el Círculo Carlista en 1932. Si no la leiste hazlo antes de ver la de hoy para que puedas seguir el hilo del relato, con el que continuo:

Detalle del manto de La Dolorosa con el escudo de Pamplona incluida la insignia de las Cinco Llagas
"...La peste en Estella.-

Veamos cómo y de qué manera entró y se desarrolló la peste en Estella.

Uno de los primeros días del mes de marzo del año 1599, vieron unos guardas de campo a una mujer de Oñate que se dirigía a Estella. Finos y galantes, le acompañaron a la ciudad, y uno de ellos le ofreció hospedaje en su casa. Enseguida se sintieron enfermos los dichos guardas, pero no dando importancia a su mal, continuaron haciendo vida normal, hasta que la enfermedad se agravó y fueron muchos los contagiados. Cundió la alarma en Estellla y en Navarra toda, y en 19 de dicho mes, la ciudad de Pamplona mandó a Estella dos comisionados; el licenciado Villaba y el doctor Arróniz; y abierta información, pudo verse y comprobarse, que la enfermedad que se desarrollaba en Estella, era peste con los mismos gravísimos síntomas que en Guipúzcoa.

Según datos que allí se conservan de aquella época, los síntomas de la epidemia eran, calentura, tabardillo, pintas morenas y verdinegras en las ingles, carbunclos, diviesos y ampollas en todas las partes del cuerpo.

Todos los pueblos al enterarse de la aparición de la peste en Estella, tomaron sus precauciones, cerrando la puerta de ellos a todas las personas de fuera, y así lo hicieron los de Puente la Reina, que pusieron dobladas guardias en los portales de la villa.

Pero a pesar de todas las preocupaciones, a los 10 ó 12 días de abril, se dieron algunos casos en el barrio del Crucifijo, donde por caer fuera del caso de la población, era más difícil de impedir la entrada de gente extraña.


De miedo que no se les permitiese la entrada en la villa, callaron los del barrio lo que en él ocurría, así es que no tardó la epidemia en hacer francamente su aparición en la villa causando muchas víctimas.

Al igual que en Estella, también en Puente fue una mujer la introductora del mortífero bicharraco. Aconteció, que caminando por el camino real de Pamplona a Estella dos mujeres guipuzcoana, de buen parecer, dice un papel de aquel tiempo, se encontraron con el vecino del barrio del Crucifijo Martín Peña, que les dijo que difícilmente les dejarían entrar a pasar la noche en Puente, pero que él las llevaría a su casa, y así lo hizo, sin decir palabra a nadie. Una de ellas tenía un hijo en Estella y le hizo saber cómo ella se encontraba en Puente. El hijo al saberlo, hizo un ato con sus camisas y ropas y se fue a ver a su madre, entrando de noche con gran misterio en la casa de Martín Peña, en donde permaneció algunos días. Al querer mudarse de ropas, desató el lío, y no fue pequeño el que armó en la villa, pues así como al abrirse la caja de Pandora, se extendieron por el mundo toda clase de calamidades, así, al abrirse el lío de las ropas, que ya venían contaminadas de Estella, esparció el microbio de la peste, que tan pesada broma dio a los vecinos de Garech.

De Puente pasó a Sorlada, Ollobarren, Urbiola y Obanos, y luego, más tarde, a pesar de las grandes precauciones que se tomaron, penetró en la ciudad de Pamplona.

La peste llega a Pamplona

Al tener ya la peste tan cerca de la Ciudad, los regidores de Pamplona tomaron toda clase de precauciones encaminadas a impedir la entrada de la epidemia en la población.

Se cerraron todos los portales menos tres: el de San Nicolás, Taconera y Abrevador, o sea, el de Francia, no se permitía la entrada en la ciudad a nadie que no trajese certificado de sanidad del pueblo de procedencia, y las ropas que traían, se les sometía a una rigurosa desinfección.

La aplicación de estas medidas era muy difícil de llevarlas con rigor en los barrios extramurales, y así como en Puente fue el barrio del Crucifijo donde empezó la enfermedad, aquí en Pamplona fue el barrio de la Magdalena el agraciado con tan triste premio. Y también, al igual que en Estella y Garés, una mujer fue quien la trajo.

Vivía en casa de la Parra o de Artozqui de la Magdalena, una mujer vasco francesa, labortana, con una hija y un nieto de tres años. Fue un día a Puente la Reina a vender hortalizas, y allí adquirió unos paños de color y una cortina. A los tres días de esto, en 28 de agosto de 1599, ya estaban enterradas en el cementerio de la basílica de la Magdalena abuela, hija y nieto. A los pocos días estaba infectado todo el barrio, y poco después, toda la ciudad.

Reunidos los regidores, empezaron en primer lugar a ponerse en manos del Creador, poniendo en El toda su confianza, pero como El nos dijo: “Ayúdate y te ayudaré”, así también, los representantes del pueblo pamplonés, hicieron todo lo que humanamente estaba de su parte, para atajar la marcha de la epidemia y procurar su desaparición. Empezaron por preparar una gran enfermería en la casa de las Tenerías de la Rochapea, y a ella mandaban a todos los que se sentían con los primeros síntomas de la enfermedad.

Vez el tratamiento a los que ingresaban en el lazareto:

Por la mañana, en ayunas, se les hacía tomar un cocimiento de triaca magna, metrideto, conservas de limones y escorconera con un trago de vino bueno. Luego, se les hacía sudar, dándoles para ello un medicamento cuya fórmula se conserva en papeles de la época, y se les echaba mucha ropa. Con el sudor aparecían al exterior los carbunclos o bubones, y sobre ellos se aplicaba una cataplasma madurativa y atrayente, compuesta de rayas de malvavisco y cebollas de azucena blanca, de cada cosa una libra. Dos manojos de hojas de malvavisco, un puñado de manzanilla y otro de aveldo, seis higos carnosos.

Se tomaban estos ingredientes, se cocían en agua y después de esprimirlos bien y majarlos en un mortero de piedra, se echaba sobre ello una libra de levadura vieja, dos onzas de harina de linosa y otras tantas de albochas, de harina de lentejas, de triaca magna, de andrómaco y a cada onza de amoniaco, galbano y medelio deshecho en vinagre. Sendas onzas de aceite rosado, azucena y Camila, cuatro onzas de manteca de puerco, y con todo ello bien compreso, se hacía una cataplasma. Al calor y contacto de ella, se abrían los carbuncos y se esclarificaban, sin ningún dolor por parte del enfermo. Y de alimento se les daba caldo de carnero y aves, vino poco y bien amerado y huevos pasados por agua.

Tal vez estas fórmulas hagan ahora sonreír a nuestros modernos galenos, pero según dicen las crónicas del tiempo, con ellas (con las crónicas no, con las fórmulas), se llevaron a cabo muchas curas.

Ya sabemos que la Divina Providencia está siempre al quite de los pobres mortales de buena fe y mejor voluntad, y en mil ocasiones ilumina, no sólo a los sesudos galenos, sino que descendiendo a las inteligencias de ignorantes curanderos les permite realizar curas maravillosas.


Su intervención se vio clara y manifiesta en la sorprendente cura aquella, llevada a cabo por un curandero de nuestra montaña Navarra de la que creo no se encontrarán precedentes en los anales de la cirugía mundial.

Tratábase de un curalotodo de nuestras montañas, que lo mismo recetaba un zuku de zorris para la ictericia, que un shishabelarra para sanar el riñón más averiado.

Pero su especialidad era la cura de los credos. Colocaba al paciente entre dos velas y él se ponía a dar vueltas alrededor rezando credos y credos al revés, empezando por el amén y terminando por el Credo.

A él acudió un infeliz mortal que tenía la columna vertebral echa un verdadero garabato. Ningún médico había conseguido, ni intentados siquiera, enderezar aquel interrogante óseo. Pero nuestro curandero, después de rascarse la cabeza por debajo de la boina, acabó por asegurar:

-¡Vah! Los biricas, si no están pudridos, eso fácil sí, ya curaremos lo q’es.

Y para conseguirlo, mandó poner al paciente en zarrigurri, le ató fuertemente a una tabla con la chepa hacia fuera. Se quitó despacio, despacio la blusa, la chamarreta, el chaleco, la elástica…, se remangó las mangas de la camisa y después de arrojar una catarata de saliva en las manos y restregárselas fuertemente, agarró una descomunal hacha tan afilada, que muy bien podían con ella afeitarse las cejas las estrellas de Holivood.

Empezó a dar vueltas como las aspas de un molino a su hacha, y en una de ellas ¡e…up!, la hizo pasar rozando casi la joroba del infeliz, que se estiró y pego contra la tabla con todas las fuerzas que prestan el terror y la desesperación.

-Quieto, si no te estás, cómo quieres curar que te hagamos. Quieto, quieto, te tienes que estar.

Así, de esta manera, repitió la operación unas veinte veces. Y fueron tantos y descomunales los estirones que daba el paciente para librare del hacha, que cuando le soltaron de la tabla se vio más tieso y thenthe que un uso.

Volvamos a nuestro tema..."

Y efectivamente mañana, si Dios quiere, volveremos con el tema para ver de una vez que tiene que ver todo esto con la insignia de las Cinco Llagas