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Querido lector, seguimos como en
la entrada anterior tratando otra de las costumbres iniciadas por el aitacho en
los años 20 del siglo XIX, o más que iniciada sería correcto decir restaurada:
El rey de la Faba
Para ello a través de varias
entradas voy resumiendo el folleto que escribí en 1979[1]
y que puedes leer completo pinchando aquí.
OLITE. AÑO 1964. CASTILLO DE OLITE
Los tiempos de afanes de superación en que vivimos empujaron también a los del «Muthiko», inspirándoles el deseo de enriquecer y abrillantar la fiesta. Y si para construir viviendas nuevas se tiran casas viejas, supieron ellos prescindir de los muros de su modesto local para proyectar con afán y fantasía el retorno al enclave escénico originario del festejo, es decir, al castillo real de Olite.
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| El 24 de diciembre de 1963 la prensa local anunciaba la celebración del Rey de la Faba el 6 de enero de 1964 en Olite |
(En 1964) pese a la laudable decisión de la Diputación Foral de restaurar históricas ruinas, y aunque mucho se trabajaba para levantar las del histórico castillo, las piedras caídas durante siglos de muros y torreones, cerraban todavía el acceso al recinto. Pero la voluntad, la gran potencia beligerante, apoyada entusiásticamente por todos, se abrió paso entre los abandonados aposentos. Y sin varita mágica, pero con arduo trabajo, éstos fueron convirtiéndose en estancias relativamente habitables. Se alegró la desnudez de sus paredes, colgando en ellas trofeos de armas, escudos, reposteros. Vidrieras pintadas en celofán encajaron en los abiertos ventanales, y todo quedó dispuesto para recibir a su Alteza Real el «Rey de la Faba».
El año de gracia de 1964 despertó entre amenazas de nieve y temperatura glacial. Un viento iracundo, de esos que soplan en la Ribera, acostumbrado a colarse sin trabas en los aposentos del castillo, se metió en ellos rompiendo las frágiles vidrieras y derribando la ornamentación con tantos afanes y trabajos dispuesta.
Haciendo valerosamente frente a tantas contrariedades, los artífices de Pamplona volvieron a reparar los desastres. ¿Dónde estaban, para echarles una mano, los artistas de toda Europa y norte de Africa, que venían a embellecer ese palacio, residencia favorita del buen rey Carlos el Noble?
Dispuesto todo en Olite para la celebración, iniciamos la marcha desde Pamplona. Esfumados entre nieblas se vislumbran por el camino monumentos que llaman nuestra atención, haciéndonos revivir tiempos pasados.
El chirriar de las cadenas que bajan el puente levadizo nos vuelve a la realidad del momento, y penetramos en el castillo presentando la regia invitación que dice así:
«Sepan cuantos la presente verán e oirán, cómo Nos, Carlos de Evreux, rey de Navarra, disponemos: que nuestros fieles súbditos del "Muthiko Alaiak'” sean continuadores de esta fiesta del "Rey de la Faba”, por Nos festejada en el trascurso de nuestro reinado. Y para que conste, otorgamos la presente en nuestro palacio de Olite. CARLOS».
Aunque Carlos lll el Noble no fue quien instituyó la fiesta que nos ocupa, pues data de los tiempos más antiguos, en él la enfocamos especialmente por ser el rey que con más esplendor realzó el castillo de Olite, y pudo, gracias a la paz que disfrutaba el reino, organizar magníficas fiestas, cacerías, torneos, corridas de toros, etc.
A la caída de la tarde penetramos en el palacio real, envuelto en sombras de misterio. Antorchas incrustadas en los muros alumbraban fantásticamente aquellos tenebrosos recintos, en los que, como diría Zorrilla:
«Cada piedra es un recuerdo, que toda una historia vale».
Subimos por una
escalera de caracol, afrontando una corriente de aire terrible. ¡Qué bien
hubieran venido los ropones forrados de pieles de los caballeros, y las largas
faldas de terciopelo de las damas y sus tocas, aprisionando los alborotados
cabellos, para hacer frente al destemplado elemento!
Cruzamos una galería de airosas arcadas góticas, «el mirador de la reina», pasadizos oscuros que evocaban conspiraciones e intrigas cortesanas. Por fin, un gran salón nos abrió sus puertas. En la monumental cocinilla, muy bien conservada, ardía una carretada de leña; unos anacrónicos butanos contribuían a calentar la atmósfera. ¿Dónde habría ido a parar la calefacción central que ya en el siglo XIll se disfrutaba en el castillo? Mas si el ambiente, pese a estos esfuerzos, justamente llegaba a templado, el de los recuerdos e impresiones iba caldeando el espíritu transportándonos a épocas de esplendor.
De pronto, empezó a desfilar la comitiva. Portadores de banderas, músicos, danzantes, pajes llevando los atributos reales. Y atraillados, los lebreles del Príncipe de Viana, que fielmente le acompañaban en sus días melancólicos, y a los que perpetuó en su escudo. Una voz vibrante anunció: «Paso a su Alteza Real el Rey de la Faba».
Sonó la marcha del reino... Una corriente de emoción sacudió a la concurrencia. Habíamos retrocedido cinco siglos.
Bajo el arco de honor formado por las espadas del «Muthiko», llegó el reyecito al trono, sobre el que campaban las armas de los Evreux, y, una vez sentado en él, Ignacio Baleztena, restaurador de la antigua ceremonia, coronó al niño rey. Acto seguido, el heraldo[2], desarrollando un pergamino, anunció que sus altezas reales, los reyes de Navarra don Carlos y doña Leonor, nos abrían las puertas de su regia mansión y nos invitaban a celebrar en ella una fiesta secular.
Transcurrió la la velada
originalmente. Tras la merienda compuesta de platos clásicos, vinieron los
cantos y los bailes. Los joteros de Olite rasgaron sus guitarras cantando a su
compás coplas alusivas:
En el castillo de
Olite
Que fue corte de
Navarra,
Gritamos ¡Vivan los fueros!
¡Viva el Rey de la
Faba!
A las vibrantes tonadas
ribereñas, se sumaban los dulces zortzikos montañeses. Y se dio fin a la
memorable jornada, durante la cual, con rapidez supersónica desfilaron siglos
de historia.
Tras el éxito de esta edición al
año siguiente, 1965, se repitió la celebración en Olite.
Y seguiremos viendo la historia
de ese “invento” del aitacho en la próxima entrada si Dios quiere



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