Premín de Iruña

IGNACIO BALEZTENA ASCÁRATE "PREMÍN DE IRUÑA" (PAMPLONA 1887-1972): SU PERSONA, SU VIDA Y SU OBRA

miércoles, 16 de octubre de 2013

Casa Baleztena refugio durante la II Guerra Mundial



Querido lector, esta temporada han ocurrido muchas cosas de distinta índole como la celebración de la Virgen del Pilar o la beatificación de los mártires españoles de la persecución religiosa. Pero en otro orden totalmente distinto el fallecimiento de mi hermano Joaquincho por el que os ruego oraciones para que la Virgen del Chaparro y la Dolorosa lo lleven de su mano al Cielo con el aitacho y la mamita. 

Volviendo a la biografía de mi padre, como ya veíamos en la anterior entrada (pinchar aquí), el aitacho y su familia daban refugio en Casa Baleztena a personas que huían de la II Guerra Mundial, especialmente miembros de la Resistencia francesa y personas que escapaban de los nazis.

            Pues bien, un día se presentó en la puerta un extranjero desconocido que venía pidiendo asilo, ante la sorpresa de toda la familia.

            Tras el estupor inicial, hablando en francés, finalmente se enteraron de que era un piloto canadiense y su avión había sido derribado en Francia, cerca de la frontera. Tras muchas peripecias había logrado pasar a España y ¿cómo había ido a parar a Casa Baleztena?; Al parecer durante la II guerra mundial, a los combatientes de la Resistencia y aliados les daban la dirección de nuestra familia por si tenían cualquier contratiempo, asegurándoles que era un refugio seguro donde serían bien acogidos. Y así fue efectivamente ya que el piloto canadiense estuvo allí hasta que se recuperó de sus heridas. De este modo Ignacio Baleztena se vio metido en un nuevo asunto, el apoyo humanitario a la Resistencia. Posteriormente, acabada la guerra mundial, cuando pasaba a Francia le gustaba rezar ante los monumentos a los caídos de la guerra mundial, una de las veces precisamente con el grupo de danzas del Muthiko Alaiak tras una accidentada jornada... pero esto lo veremos más adelante que me salto cosas.

Casa Baleztena sirvió de refugio para los huidos del nazismo durante la II guerra mundial, particularmente durante la Resistencia fancesa

Este y varios extranjeros más tuvieron suerte, pero otros que también huían de los nazis acababan en la cárcel de forma provisional hasta que se comprobaba su identidad, y mientras tanto allí eran auxiliados por las margaritas (mujeres carlistas), entre ellas Tía Lola, que nos cuenta aventuras y desventuras de estos viajes a la cárcel en sus memorias (ver alguna en la entrada anterior). Estos presos, una vez puestos en libertad, eran trasladados por cuenta del gobierno americano a hoteles de Pamplona o de los pueblos, como Lecumberri, Betelu o Leiza. Así que como era de esperar también en Petrorena, la casa familiar de Leiza, se refugiaron algunos de ellos.

Y al hilo de esto mismo precisamente como en este pueblo se formo una importante colonia de... personas que veremos en la próxima entrada si Dios quiere.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Ignacio Baleztena, la Resistencia fancesa, y refugio de perseguidos por los Nazis



            Querido lector, estamos  entre San Fermín de Aldapa, fiesta que tantodisfruto el aitacho y ahora sus biznietos, y Octubre mes del rosario. 

 
Joshe Baleztena Mateo, biznieto de Ignacio, arrekankellu en los gigantes durante la procesión de San Fermín de Aldapa

Recuerdo como todos los días rezábamos el rosario en familia (no solo en Octubre). Tan enraizado lo teníamos, que como broma cuando se dormía mi hermano Miki (Miguel), el más pequeño, le decíamos al oído un trozo del Ave María: ”de tu vientre Jesuuús” y él en sueños contestaba “Santa María, Madre de Dios...” entre nuestras risas. Esto transmitieron mis abuelos a mis padres y ellos a nosotros... y así sigue de generación en generación. Al igual que el aitacho nos enseñó los tradicionales rosarios de la aurora y de los esclavos en Pamplona.

Rosario de la Aurora en Pamplona

            Pero bueno al grano, que voy a retomar su biografía de mi padre Ignacio Baleztena tras su plantón a Franco (pinchar aquí). Como verás para variar no tiene desperdicio, porque él, junto con el resto de la familia, se vieron “salpicados” en la II guerra mundial con curiosas peripecias, teniendo que enfrentarse a la fuerte corriente de opinión pro alemana de una buena parte de la sociedad. Pero dejamos que nos lo cuente de nuevo su hermana Tía Lola:

            “Si en España nos acomodábamos felizmente a la paz, no pasaba lo mismo en el resto del mundo. Por septiembre de este año 1939, estalló la segunda guerra mundial, y aunque esta guerra no nos tocaba de cerca, algunas salpicaduras de ella llegaron a alcanzarnos de manera imprevista.

            Me alisté con unas cuantas amigas, pertenecientes al Patronato de Prisiones, para ir a la cárcel a dar catecismo a las presas. Un centenar se encontraba allí, andaluzas la mayoría....

            He traído a colación este episodio, porque por estas idas a la cárcel, que al parecer no tenían nada que ver con la guerra mundial, nos llegaron esas salpicaduras que antes dije.

            Entre las presas aparecieron pronto señoras elegantísimas, luciendo magníficos abrigos de pieles. Eran americanas que huían de la invasión alemana con intención de pasar a Portugal, y por falta de documentación quedaban detenidas hasta nuevas decisiones. Su presencia fue el primer eslabón de la cadena en la que nos íbamos a ver envueltas durante una larga temporada...

            Un joyero de Pau escribió a mi hermano Ignacio (Ignacio Baleztena) recomendándole un colega suyo detenido en la cárcel; como yo iba a menudo a ella, quedé encargada de preguntar por él. Pasé al despacho del director y allí pude ver al recomendado. Era un gran tipo, alto, rubio, se decía canadiense pero era de París, muy fino y agradable. Al verse llamado de improviso quedó extrañado, pues a nadie conocía en Pamplona y nada esperaba; no sabía como manifestar su agradecimiento y nos pidió si podríamos visitar a otros compañeros suyos que se sentían muy desamparados. Y así empezó el desfile de aquellos extranjeros, franceses en su mayoría, cuyo deseo era cruzar España para unirse en Argel y Marruecos a las fuerzas que empezaban a organizar la “Resistence” encauzada por el General De Gaulle, de la que tanto se habría de hablar. Estos detenidos necesitaban avales de gente conocida, y por lo general, no era difícil encontrar personas dispuestas a prestarles un servicio para ellos tan necesario. Germanófilos furibundos nos criticaban por ello.

-         Si uno de los nuestros –contestábamos a sus críticas- se viera en las mismas circunstancias ya en Francia, ya en Alemania, bien quisiéramos se ocuparan de ellos.

            La Dirección General de Prisiones, por encima de toda política, realizó en estos casos una labor altamente desinteresada y caritativa.

            Entre este paso de extranjeros, entre los cuales, además de franceses, había belgas, argelinos, americanos, hubo episodios como para llenar páginas de aventuras interesantísimas, originales, personajes misteriosos, que luego supimos influyentes, solicitando albergues clandestinos, jóvenes llenos de ardor patriótico, gentes de carrera, marinos de la escuadra volada en Tolon para no entregarla a los alemanes.”

            Y para variar Casa Baleztena de Pamplona y Petrorena, la casa familiar de Leiza, de nuevo se convirtieron en refugio, esta vez de personas de distintas nacionalidades que venían huyendo de los nazis, como hemos visto y seguiremos leyendo en las próximas entradas si Dios quiere.

Casa Baleztena, refugio durante la II Guerra Mundial, en la actualidad mientras pasaban por delante los gigantes en San Fermín de Aldapa.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Ignacio Baleztena da plantón a Franco



Querido lector, retomamos la vida del aitacho donde la habíamos dejado, una vez finalizada la guerra. 

Un día de pronto llegó una citación en la que Franco convocaba a mi padre Ignacio en Madrid. Así que de nuevo emprendió el viaje hacia allí con la incógnita de cual sería el motivo, ya que el general seguro que conocía la abierta discrepancia del aitacho con el Régimen instaurado.

            Durante esta entrevista privada, tras un amable saludo Franco  expuso el motivo real de la misma:

-         Baleztena, sé que tú y tu familia habéis hecho mucho por la Cruzada y quisiera agradecéroslo. Como tienes muchos hijos, no dudes en acudir a mí...

            Ignacio Baleztena no le dejó terminar. Se levantó bruscamente ante la sorpresa del Jefe del Estado y con indignación contestó:

-         Excelencia, mi familia y yo hemos hecho la Cruzada por unos Ideales, no por prebendas- y tras una fría despedida dando media vuelta se marchó.

            Franco no obstante no cejó en su empeño. Suponía seguramente que ganarse a los Baleztena podía ayudarle a acercar a los carlistas al Régimen, así que de nuevo llegó una carta citando a mi padre para otra audiencia, pero en esta segunda ocasión el aitacho ni siquiera se presentó a la misma, sin dar explicaciones.

 Gracias a Dios aquella actitud tan propia suya y tan coherente con su forma de ser y de pensar no tuvo repercusiones. Franco no deseaba un enfrentamiento abierto con los carlistas, y estaba claro que con los Baleztena no podía contar para su proyecto.

            Y aquí comienza una nueva trayectoria en la vida del aitacho, quizá la menos conocida, que iremos viendo en las próximas entradas si Dios quiere.

Ignacio Baleztena Ascárate, opuesto al Régimen franquista, le dio la espalda mostrando continuamente su desacuerdo desde su visión carlista.

lunes, 9 de septiembre de 2013

El Privilegio de la Unión por Ignacio Baleztena II


 Querido lector, la mejor presentación de esta entrada es que leas la anterior pinchando aquí, o no entenderas nada porque son dos iruñerías del aitacho que van seguidas una de otra, en torno al Privilegio de la Unión, así que sin más preámbulo vamos a ello:

Biznietos de Ignacio Baleztena disfrutando de los gigantes en la celebración del "Privilegio de la Unión"

“EL PRIVILEGIO DE LA UNION – II


Rivalidades de los barrios
            Todos los habitantes de cualquier que fuesen eran muy brutos y un tantico majaderos ; por la cuestión más insignificante la emprendían a zartakos y muturrekos los unos contra los otros, y ni al rey ni a los guardias de la porra les era posible separarlos, ni hacerles entrar en razón. Además eran chatos en su inmensa mayoría; pues como siempre andaban a ñeque limpio y a mamporro sucio, se ponían las narices como castañuelas (sicut crótala, dice el original).

            Cuando los de un barrio jugaban contra otro al foot-ball, no terminaban nunca el partido, pues, antes de finalizar el primer tiempo, la mayoría de los jugadores se hallaban en la Casa de Socorro luciendo una rica variedad de contusiones, heridas, fracturas, erosiones, moraduras, cardenales y otros mil deterioros epidérmicos. En cierta ocasión un delantero de la Navarrería, de un puntapié “incaló” al árbitro en el pararrayos de la torre izquierda de la catedral. Mirando bien con unos prismáticos, aún puede verse en la punta del pararrayos el silbato del árbitro que quedó allá enchufado y que no ha podido ser extraído por más esfuerzos que para ello hizo el despachaperros de la catedral.

            Si los mocés del barrio jugaban al “chis”, iban callandico los de otro y les choraban el carrete y las ochenas. Pero la más gorda se armó en ocasión en que estando jugando barios mukizus del barrio de San Miguel al irulario en lo de Argaray, sacaron un ojo al alcalde de San Cernin, que se paseaba tan orondo por aquellos contornos. Los chicos se acercaron al interfecto dándole excusas mil y augurándole que no era nada lo del ojo; pero, ¡que si quieres!, la deteriorada autoridad municipal, sin atender a las justas razones del moceterío, empezó a quejarse y a berrear como un energúmeno. A sus alaridos fueron “reuniéndosen” todos los vecinos del Burgo y empezaron a dar mueras y a mentar de mala manera a los árboles genealógicos de los de San Miguel, diciendo que lo del ojo había sido intencionado; y armándose de palos y piedras, la emprendieron contra las farolas y escaparates del barrio, no dejando vidrio sano en toda la vecindad.

            Los de San Miguel pidieron auxilio a sus vecinos de la Navarrería, y los de San Cernin a los de San Nicolás; y un domingo, después de misa parroquial, salieron todos fuera depuestas dispuestos a deteriorarse el físico y a romperse la crisma, según el gusto del consumidor.

La gran batalla de Erleteguieta

            A los de la Navarrería y San Miguel les dirigía un caballero muy bruto y majadero llamado García Almoravid, y a los del otro bando, un francés que se llamaba, o mejor dicho, a quien llamaban Eustaquio de Beaumarché; que en lo de majadero y bruto en nada se dejaba aventajar del primero. Lo único que les diferenciaba era que uno lanzaba interjecciones vasco-hispánicas, y el otro parlaboteaba en provenzal.

            Empezó la batalla tirándose a las cabezas pedruscos y arricozcorres. Un ladrillo lanzado por un caracolero de la calle de Lindachiquía vino a dar de lleno en el ojo izquierdo del presidente de la comisión de Gobierno del barrio de San Miguel, quien al frente de los ministros, serenos y perrero del barrio, todos ellos con cascos emplumados, se habían adelantado imprudentemente a sus demás compañeros. Salió el ojo disparado como un cohete y vino a encajarse como anillo al dedo, en el hueco que dejó el irulario de marras en la rubicunda faz del alcalde de San Nicolás; quien, merced a este incidente, dejó de ser tuerto, aunque quedó con un ojo azul y otro castaño, como esos perricos de rabo en interrogante que acompañan a los curas viejos de pueblo cuando pasean por la carretera.

            Agotadas las piedras la emprendieron a garrotazos, y rotos los garrotes se acometieron a cabezada limpia como los carneros. Y así, de esta manera tan entretenida, arreándose zartakos, mamporros, ñeques, trompazos, ostikos, coces y patadas les cogió la noche y se fueron todos a descansar y curarse los chichones y cazcatacos que se hicieron durante la refriega.

            Hoy día, cuando en el ensanche se hacen los cimientos de las construcciones y viviendas, suelen aparecer por doquier dientes, muelas, algún peroné que otro y otros artefactos corpóreos, rotos y desprendidos ¡ay! de sus alvéolos en aquel día memorable.

El Privilegio de la Unión

            Así pasaron varios años sin que las cosas llevaran camino de amigable arreglo, hasta que vino a reinar en Navarra un gran rey, sabio, justo y bueno, llamado Carlos el Noble, a quien con tantos ruidos y pendencias le tenían asaz fastidiado, pues no le dejaban dormir tranquilo la siesta, y aún había veces, en que las piedras que se tiraban a honda de barrio a barrio, llegaban hasta palacio y le rompían los cristales del mirador y las macetas de geranios que su mujer, doña Leonor, cuidaba para ganar el premio de balcones engalanados.

            Por todo lo cual, y sobre todo porque un día le mataron de un tirabecazo un tarín por el que sentía gran cariño y que pensaba cruzarlo con una cardelina, decidió poner coto a tanto alboroto y tanta pendencia; y llamando a los alcaldes de todos los barrios a su real y soberana presencia, les armó el gran trépele; item más, ordenó que se les diese a todos ellos una gran zurra a pajarero limpio en plena plaza del Castillo, mientras interpretaba la Pamplonesa el conocido vals de Astrain, vulgo el ¡riau, riau! Otro sí, ordenó y mandó que desde entonces se uniesen todos los barrios formando una sola ciudad, con un solo Ayuntamiento, un solo alcalde, con unas mismas leyes y ordenanzas, las cuales, fueron conocidas con el nombre de “Privilegio de la Unión”.

Todos los años el Ayuntamiento de Pamplona en Corporación hace una ofrenda floral en el mausoleo de Carlos III el Noble en la catedral de Pamplona acompañado de una misa de acción de gracias por el Privilegio de la Unión con el que éste rey unificó los tres burgos de Pamplona en un solo Ayuntamiento. Este 2013 ha vuelto a cumplir la tradición.

            Les señaló también el escudo de armas oficial de la Ciudad, que no paso a describir, pues todos los años aparece en los carteles de San Fermín, aunque las más de las veces erróneamente interpretado. Y en memoria y recuerdo de haber puesto verdes a los alcaldes en la bronca que les armó, dispuso que la bandera de la Ciudad, que tan jacarandosamente lleva el síndico en las procesiones y otros actos oficiales, fuese del susodicho color.
 
            Aunque no consta en el texto del Privilegio, se sabe también, que dio varias disposiciones, hoy no cumplidas, sobre la forma y manera en que la Corporación municipal había de ir el día 6 de julio a San Lorenzo para oir devotamente las vísperas de García con acotaciones de Remacha.

            En un principio dio órdenes muy terminantes sobre si era lícito o no corear el público al ¡riau, riau! y hasta se dieron terminantes órdenes al jefe de municipales Lasheras, para que denunciase a quienes quebrantasen dicha orden, sobre todo si eran señoritos. El varias veces citado palimsesto, que de todo esto había, trae un romancillo que se adaptaba a dicha música y que era entonado por la jolgoriosa  juventud en dicho día y ocasión:

Qué majos y qué elegantes
marchan nuestro concejales
precedidos de gigantes
gaitas, chistus y timbales.
Os recomiendo de veras
que tengáis mucho cuidau
de que no os multe Lasheras
por gritar fuerte ¡Ria,riau!”

            En vista de que los bandos editados a este efecto eran sistemáticamente desobedecidos, con gran aplauso del vecindario consciente, se dejaron de publicar, y quedó entonces el pueblo soberano en libertad de riaurrizar cuanto le viniese en ganas, sustituyendo el romancillo que hablaba de prohibiciones por otro de loa y alabanza a la Corporación:

Estos tubos relucientes
y estos fraques tan planchaus
al verlos dice la gente
¡rediez lo que habrán costau!
ni en París ni en los Madriles
ni en San Luis de Potosí
se encuentran unos ediles
más majos que los de aquí.

            Esta es señores y señoras, y no otra, la historia de las luchas barricidas, y de su feliz terminación durante el reinado del gran Carlos III, en el año de gracia del 1423, que en realidad lo fue de gracia y de justicia; sin embargo, existen sesudos historiadores que relatan esta verídica historia de muy diferente manera.
Tiburcio de Okabío
(13/8/1953 – D.N.)”

            Y así con tan poco juicio acaba mezclando su invento del Riau riau, con el Privilegio de la Unión, con los churros de la Mañueta, con los choriarrapazales y los pisatinteros… en un relato que sigue exhaustivamente el método científico de investigar en Historia. Hasta la próxima entrada si Dios quiere.

domingo, 8 de septiembre de 2013

El Privilegio de la Unión por Ignacio Baleztena


 Querido lector, hoy 8 de Septiembre, festividad de la Natividad de Nuestra Señora, es un día grande para Pamplona porque celebramos el fin de las guerras entre los cuatro burgos (finalmente tres) que formaban Pamplona (Navarrería, San Nicolás y San Cernín) mediante el Privilegio de la Unión dictado por Carlos III, que decide cortar el problema de raíz el 8 de septiembre de 1423 otorgando dicho Privilegio (valga la redndancia) mediante el cual se unen las tres jurisdicciones en un único ayuntamiento, con un único escudo y unas únicas rentas.

Pero todo esto nos lo explica mucho mejor el aitacho, aportando desconocidos datos, absolutamente fiables y verídicos, como podrá desentrañar cualquier sesudo lector, en dos iruñerías que transcribo a continuación:

“EL PRIVILEGIO DE LA UNION - I

Se acerca a pasos agigantados (el tiempo tiene la mala costumbre de caminar siempre de esa manera) la gloriosa fecha para Pamplona, del 8 de septiembre. En dicho día, y año de 1423, el buen Rey de feliz memoria don Carlos III el Noble otorgó a su ciudad de Pamplona el Privilegio de la Unión, por el que desaparecen los antiguos barrios, y quedaba Pamplona unificada y sujeto a unas mismas leyes y reglamentos.

Nadie ignora, que desde los antiquísimos tiempos de Maricastaña, u aun antes de que la Coja de Cuatro Vientos volase sobre su escoba alrededor del Gallo de San Cernin, estaba Pamplona dividida en cuatro barrios distintos, con jurisdicción aparte, y las más de las veces, estaban en plan de enemigos irreconciliables.

            Así estaban las cosas en 1422, cuando la princesa heredera doña Blanca, hija del Rey Carlos III, hizo traer a Navarra a su hijo Carlos, Príncipe de Viana, desde Castilla donde se hallaba. Reuniéronse las Cortes para salir a recibirlo a la frontera, a la parte de Corella, y el Rey, su hija, el príncipe y toda la corte llegaron hasta Pamplona donde estuvo a pique de ocurrir una marimorena de órdago a causa de las preferencias que cada barrio reclamaba en el orden de los obsequios. Papeles de la época hacen constar que: “en los tiempos pasados había habido debates, contiendas, escándalos de que se habían seguido muchos homicidios por razón de la división de las jurisdicciones y por hacer la administración de la justicia cada uno por su lado; e posteriormente en la entrada del rey, e en la buena venida de su nieto el príncipe don Carlos, quiso acaecer en el pueblo gran escándalo, por ocasión e causa de la división; por lo que el dicho rey había deliberado reunir las tres jurisdicciones en una”. Ya para esa época el barrio de la Navarrería y el de San Miguel se habían fundido en uno.

            Mucho han escrito sobre estas cuestiones sesudos y graves historiadores; pero pocos, muy pocos son los que han leído y tenido en cuenta la relación manuscrita que hoy voy a dar a conocer a mis eruditos lectores.

            Empieza por la concienzuda descripción de los antiguos barrios que va a continuación.

LOS ANTIGUOS BARRIOS DE PAMPLONA

            El barrio más antiguo, el primitivo, era conocido por la Ciudad de la Navarrería. Eran sus habitantes los más alborotadores y pendencieros. Estaban muy orgullosos porque en el recinto de su población se encontraban la Catedral, el Palacio del Rey, el del Obispo, San Fermín de Aldapa y la gran churrería de la calle de la Mañueta, cuyos churros fueron muy apreciados por los legionarios romanos que aquí trajo el gran Cneo Pompeyo, y no despreciados por los bucelarios de Gundemaro, cuando momentáneamente en cierta ocasión ocuparon la Ciudad.

            Aseguran los navarreríacos, y con mucha razón, que ellos eran los primitivos habitantes de Pamplona, y que los de los otros barrios eran unos hambrones que habían venido de fuera-puertas a establecerse cerca de la Navarrería por el olor de la sopa boba que repartían a los mendigos los canónigos de la Dormitalería.

            Los de los otros barrios los llamaban Blusas Blancas, pues eran muchos los vecinos, que por ser pintores, doradores y santeros llevaban esa vestimenta. Contiguo a este barrio se hallaba el del Burgo de San Miguel. Este no tardó en fusionarse con el anterior formando un todo homogéneo con él.

            Eran los más zarratracos de aquellos tiempos, pero también los más habilidosos. Nadie les ganaba en el arte de atrapar cardelinas y tarines con liga; eran en esto unos hachas. Todos los domingos y fiestas de guardar y muchos días que no eran ni una ni otra, salían los del barrio a lo del Sario, Arranchiquis, Lezcairu, Ochandazubi, Arriurdineta, Irunlarrea y otros términos de Pamplona y volvían con las botas vacías y  las jaulas y morrales llenos de pajaricos cogidos con liga, costas, tirabeques y no pocas veces a repalo. Luego el fruto de sus hazañas cinegéticas era pregonado por todas las calles y plazas al grito de: ¡Cardelinas a diez céntimos, tarines a rial! Por este motivo se les llamaba Choriarrapazales, mote que más tarde se hizo extensivo a todos los irunshemes. Dentro de este barrio se hallaba enclavada la Judería. Cuando fueron expulsados los habitantes de este barrio, quedaron sin embargo muchos que se camuflaron e hicieron vida común con el resto de los pamploneses. De ellos, los más inofensivos son los que van en la procesión de Viernes Santo, con unas barbas largas y un estandarte que dice: “Crucifige, crucifge, evm”. Pero hay eruditos historiadores que sostienen que son falsificados y que sus barbas no son originales, sino alquiladas en casa Errazquin. También existía en este burgo el famoso trinquete de San Agustín, de muchísima más importancia –aunque los de San Cernin sostenían lo contrario- que el de la Pellejería. En aquel Trinquete, y en el frontón llamado el Ancho, el rey de Navarra Sancho el Fuerte y el de Aragón Pedro I se jugaron el pueblo de Gallipienzo contra el de Petilla de Aragón. El partido fue muy reñido. Estuvieron cuarenta a treinta, a dos, cuarenta a treinta para partida, a dos, lo menos dos horas, hasta que al fin ganó el navarro, gracias a una zirika que pegó en el fraile y desorientó por completo al monarca aragonés. Desde entonces, Petilla pertenece a Navarra, a pesar de hallarse muy adentrada en el reino aragonés.

            Estos dos barrios son los que podrían llamarse indígenas, pues los otros fueron poblados por gentes de diferentes comarcas. De estos últimos el principal era el conocido por Burgo de San Cernin, que ocupaba las actuales parroquias de San Saturnino y San Lorenzo. Sus habitantes eran los más satisfechicos, pues se enorgullecían en guardar en su recinto el pozo del que sacó San Saturnino el agua con que bautizó a San Fermín y a los primeros cristianos de Pamplona. Se daban además mucha importancia porque en su jurisdicción existían diez y siete personas que sabían leer el Catón y aun escribir con falsilla. Los de los otros barrios les llamaban, en burla, pisatinteros, lo cual les ponía de un humor de perros.

            Los de la Población de San Nicolás, que era el otro barrio, eran los más presumidos y vainicas y se daban mucho postín porque a la misa de doce de los domingos asistía lo pricipalico de Pamplona y muchos pollos gastaban tirilla de celuloide. También tenía su mote correspondiente. Se les llamaba caracoleros, porque salían a tomar el sol los días de invierno en la acera derecha del Paseo de Valencia.

            Y así estaban las cosas hasta que en 1423 el buen rey Carlos III de feliz memoria otorgó el Privilegio de la Unión, modelo de fuero municipal, que desgraciadamente fue abolido en tiempos en que ondeó en la Península Ibérica un pabellón exótico en el que destacaba el mote de “Constitución o Muerte” – “Viva la Libertad”.

Tiburcio de Okabío
(Diario de Navarra, 6/8/1953)”


            Y tras esta erudita y bien documentada descripción de los “barrios” –burgos- de Pamplona antes de 1423 el aitacho pasa a describir con todo lujo de detalles los hechos históricos en la siguiente iruñería que podrás leer en la próxima entrada si Dios quiere. Feliz día del Privilegio de la Unión a todos los irunshemes.

Los gigantes pasan por delante de Casa Baleztena en la celebración del Privilegio de la Unión hace dos años

viernes, 9 de agosto de 2013

Ignacio Baleztena, los santiburcios y los toros en Leiza



            Querido lector, en esta época estival me he tomado un descanso para escribir el blog, pero de nuevo, de fiesta en fiesta como ocurre en verano en Navarra, vuelvo al ataque ante la inminencia de los santiburcios de Leiza. Cuánto disfrutó el aitacho de estas fiestas: organizándolas, apoyándolas, animándolas. Precisamente sus primeros pinitos como “gigantozale” comenzaron en 1906, con motivo de las fiestas patro­nales de Leiza. Mi padre Ignacio fabricó y paseó dos gigantes y un cabezudo, y desde en­tonces éstos fueron compañeros casi in­separables.

Programa de fiestas de San Tiburcio, de Leiza, realizado por Ignacio Baleztena en 1903

            También en el “Teatro Chopical” que él mismo construyó en la ganbara de la casa familiar -Petrorena- estrenó en 1907, con motivo de las fiestas patro­nales de Leiza, su comedia "Bromicas de Cupido", en donde todo era artesano, desde los decorados hasta el vestuario. Desde entonces solía organizar y dirigir en fiestas (y el resto del verano) obras de teatro abiertas a todos los leizarras y veraneantes que quisieran. 




Ignacio Baleztena caracterizado en una obra de teatro

Y por supuesto se encargó de investigar como archivero e historiador todo lo relacionado con las fiestas de San Tiburcio, y como fruto de estas investigaciones publicó esta iruñería en la que narra el origen de los encierros de toros que tantas veces corrió (sí toros novillos, no vacas ni vaquillas) en Leiza:

Ignacio Baleztena corriendo el encierro de toros de Leiza (Gentileza de Pablo Feo)


“TOROS EN LEIZA


            Van llegando a mi poder programas de las fiestas, religiosas y profanas, que las villas y pueblos de Navarra proyectan celebrar en honor de sus santos patronos.

            Entre los programas, me encuentro con el que anuncia las mezetas de la muy noble, muy leal villa de Leiza. Tras una cubierta, en la que un artista local ha plasmado regocijantes peshtales, viene el texto del programa de festejos que nos habla de celebración de partidos de pelota, concurso de lasterkaris y bersolaris, bailes del país a los sones de la bancha, chistus y acordeones, tales como la sokadanza, zorziko, ingurucho, espatandanza…, fuegos artificiales…, etc., etc. Y entre estos y otros variados festejos, más o menos folklóricos, destacan los encierros y capeas de novillos, que se verificarán los días comprendidos entre el 11 y 14 de agosto, día éste último, dedicado a los casados, o sea el ezkondu-eguna.

            Muchos se extrañan, y aun los hay puritanos, que se rasgan las vestiduras al ver que esta simpática villa, enclavada en el rincón de la montaña Navarra, celebra las mezetas de su glorioso patrón con novillos, pues creen, que este acto, es contrario a las costumbres y usos de nuestros venerables aitonas.

            Los que tal piensan y creen están en un error por demás craso, pues la mocina de esta simpática villa, tan euskaldún, al correr, brincar y zinzilipurdiar ante los novillos, no hacen más que seguir las huellas que les dejaron marcadas sus tatarabuelos.

            Basta con ojear los libros del archivo de la villa para convencerse, que desde el siglo XVI, cuando menos, los toros constituían el número principal de los festejos de la villa.

            Cojamos al azar algunas cuentas. En las del año 1578, tropezaremos con la siguiente partida:

            “Dan por cuenta (los rexidores) haber dado y pagado a Joanes de Plaza, el mediano, dos ducados por hacer las justas y maderamientos que hizo para las barreras y coso de los toros…”

En las de 1732, leemos: “Primeramente dio en data y descargo (el tesorero) ciento y siete reales y ocho maravedís gastados con los vaqueros por tiempo de la mezeta…, como también un cántaro de vino que se consumió en la plaza la tarde de los toros…” y sigue luego el vino gastado en festejar a los danzantes y tres “julares” o chunchuneros que amenizaron las fiestas.

            Este mismo año, festejó la villa la “Victoria del Rey contra el Turco” repartiendo dieciséis cántaros de vino de Ilzarbe y pan, por valor de 127 reales y ocho maravedís. Se echaron “ocho reales en cornados a rebucha entre los muchachos”, y hubo su correspondiente corrida, para la que se destinaron, entre otras cantidades, 5 reales para pagar a “cuatro mozos que fueron al monte Ariaz a coger un novillo”.

            Cuando el Real Consejo pidió a los pueblos de Navarra relación de sus gastos ordinarios, la villa de Leiza le hizo saber, con fecha 13 de junio de 1784 que…

                        “Los gastos ordinarios que la villa tiene, con todos sus artífices públicos y demás sirvientes, como médico, cirujanos, boticario, maestros de primeras letras, salario del depositario, guarda montes, costiero de las vegas, contadores de cuentas, jular tambor, limosna de la Santa Casa de Jerusalén, Hospital General de Nuestra Señora de la Gracia de Zaragoza, San Gregorio Hóstiense, misas en la basílica de Santa Cruz, bendición de montes y campos, entrega de molinos, archivo, reconocimiento de setos de las vegas, pesquisas de gitanos y vagabundos, réditos de censos, cuarteles y alcabalas y FUNCION DE TOROS, todo mediante a reglamento confirmado por el Real Consejo que asciende a 4.496 reales y 2 maravedís”.

            Y así, de esta manera, continúan las cuentas de la villa, siendo así comprensible, que los buenos leizarras, siguiendo añejas costumbres, hagan correr en su plaza novillos de la acreditada ganadería de Lastur y que practiquen con ellos suertes variadas y originales, no comprendidas en los libros taurómacos de Pepeillo y Paquiro. Entre éstas, la más notable, es sin duda, la creada y practicada hace tres años por el gran Urto-Chiki, que muy bien podría denominarse la suerte del irulario.

            Colocábase el susodicho diestro en medio de la plaza, a pié firme, armado de una colosal tranca, (en el sentido verdadero de la palabra) y allá, esperaba la embestida del bravo novillo; cuando éste penetraba en el terreno del lidiador, Urtochiki, le arreaba con todas sus fuerzas el gran garrotazo en los cuernos, de arriba abajo, que obligaba al cornúpeta a salir dando volteretas, por los aires, como un irulario lanzado por un mocete experto en este difícil deporte.

            Entre los mil conthu-contharis que circulan sobre aventuras taurinas, está la del seminarista que quiso colgar el manteo.

            Cuentan, pero de su veracidad no respondo, que allá por los años 1700 y pico, había en la villa un estudiante, que convencido de su falta de vocación deseaba colgar sus hábitos talares, y no encontraba ocasión, ni se hallaba con suficiente valor para comunicárselo a sus padres, por esas mil razones, que tal vez alguno de mis lectores sabrán y comprenderán, por experiencia.

            Celebrábanse las fiestas de San Tiburcio, y el buen seminarista se animó a salir a la liza, después de recogerse la sotana haciendo pasar los faldones a través de los bolsillos. Citó al novillo que acudió como un chimiste, y como el buen estudiante no supiese dar a tiempo la remoncha, salió enganchado, sufriendo el mayor vapuleo y revolcón de que no se tiene noticia haya sufrido otro igual, doctrino, gramático, filósofo ni teólogo del país vasco. Al volver a su casa a comer, molido y cariacontecido, fue recibido por su padre, que con cara de feroche y asarre le largó la gran filípica.

            -Padre,- dijo el taurómaco seminarista-. Pequé contra la disciplina eclesiástica y contra vos; pero en el vapuleo purgué mi falta. ¡Ah!, pero no son los golpes los que me duelen.

            -Pues qué te duele, hijo mío, le dijo solícita su compasiva madre.

            -Que me he enterado ahora, de una rigurosa disposición del gran San Pío V que literalmente dice…

            (Y aquí, el fresco de él largó un latinajo por demás de macarrónico): “Estudiantis que toreabit taurus in Plaza Pública, seudo cosus taurinus, non potes dicerem mesam.

-Vetmsuan-Mesam, mesam… Latín poco entendemos, dijo el padre, pero eso sí, ya hemos comprendido. Que el estudiante que ha salido a torear, no puede sentarse a la mesa, así que ¡jope!, y después de añadirle, con el pié en las posaderas, un golpe más a los propinados por el torete, puso de patitas en la calle al colgador de manteos, para que de allí en adelante se las compusiese como Dios le diese mejor a entender.

            Tiburcio de Okabio”

Diario de Navarra 5-6-1951

Bueno, pues ya solo me queda desear que San Tiburcio conceda a todos los leizarras y forasteros unas muy felices fiestas de gozo y paz, donde la noticia sea la alegría de las mismas. Y en la próxima entrada seguiré contando cosas del aitacho si Dios quiere.

sábado, 6 de julio de 2013

Ignacio Baleztena y los orígenes del Riau Riau


Querido lector, hoy 6 de Julio. Todo dicho. El aitacho disfrutará junto con San Fermín de lo que queda de un acto queda de los que más le gustaba. Y como se oyen tantas teorías quiero aclarar y resumir la historia de los orígenes del Riau Riau iniciado por mi padre. Nada de enfrentamientos ni reivindicaciones en su origen. Fiesta popular en esencia pura. Y si no leed:

Riau riau de los años 70. Mi hijo Joaquín, futuro fundador de la Peña Mutilzarra, biznieto de Ignacio Baleztena, a hombros en el Riau Riau.
 Es muy difícil conocer cuándo comienza realmente una tradición que es popular y espontánea, precisamente por esto. Quién iba a saber que iba a tener importancia esta ocurrencia de mi padre Ignacio Baleztena Ascárate. No obstante, a raíz de estar escribiendo este blog sobre su vida y obra, me he tomado un poco de tiempo en averiguar cuándo fue, realmente, el primer ¡Riau-riau!, mirando antiquísimos y escondidos documentos y palimpsestos en oscuros archivos y…. nada en concreto. El único dato que tenía era lo que decía mi propio padre: que ocurrió el suceso en torno a la “hazaña” con Malumbres en el encierro. Y precisamente, investigando para el mencionado blog “Premín de Iruña” di con una reseña del Diario de Navarra de 12 de julio de 1962 en la que les entrevistaban a Malumbres y a Baleztena sobre este tema, y así, descubrí que cuando entraron en la plaza vestidos de ingleses fue en  1912. Con este dato podemos afirmar, si las matemáticas no fallan, que el primer ¡Riau-riau! fue entorno a 1911 año arriba año abajo. En ese año, las crónicas ya hablaban del “tradicional vals, peculiar y exclusivo en el acto”; aunque este vals ya llevaba interpretándose, desde hacía algunos sanfermines, en la Marcha a Vísperas. La marcha del Ayuntamiento en Corporación a las Vísperas de San Fermín es muy anterior al ¡Riau-riau! Lo que inicia “Premín de Iruña” es la costumbre de gritar ¡Riau-riau! y corear la música bailando lo que desembocará en el alegre acompañamiento de la mocina a sus ediles.

El primer Riau Riau en torno a 1911

Así que, Ignacio Baleztena fue el iniciador de la costumbre que tantos quebraderos de cabeza ha dado al Ayuntamiento de entonar Riau Riau y bailar acompañando los mozos a la Corporación, que con maceros y timbales, banda de música, gigantes y cabezudos marchaban el día 6 de julio por la tarde al rezo de las Vísperas de San Fermín en la Parroquia de San Lorenzo.

Frecuentemente se ha dicho que como la corporación era liberal un grupo de carlistas intentaba molestarles al acudir a vísperas, pero él siempre nos contó que realmente todo fue mucho más sencillo, ya que ni la corporación era sólo liberal, ni todos los amigos de mi padre eran carlistas.

Ignacio Baleztena se reunía en el Café Iruña de la Plaza del Castillo con sus amigos, una peña de mutilzarras, como ellos mismos se llamaban, con los que cantaban canciones para desesperación de los jugadores del seis doble, también llamado dominó. (Desde 1912 pasaron a reunirse en el recién estrenado “Café Kutz” conociéndose como “los mutilzarras del Kutz”). Con estos mismos amigos, que como he dicho, ni siquiera eran todos carlistas, acudió con gran alegría a ver la Marcha a Vísperas del Ayuntamiento, el 6 de Julio de un año entre 1911 y 1914 tras la comida. Este era uno de sus actos preferidos de nuestras mezetas. Mucho público se concentró, como era costumbre, con sus mejores galas para tan esperado evento. 
Pues bien, al finalizar la primera estrofa del Vals de Astráin, Ignacio Baleztena, en signo de aprobación y como grito festivo finalizó la misma gritando “Riau Riau”; lejos de hacerlo con ánimo de ofender quiso rematar tan bella pieza de forma espontánea y alegre con este grito con el que se finalizaban las canciones festivas en la montaña de Navarra. A algunos, les hizo gracia la intervención; otros, la vieron como una gamberrada, pero para sorpresa del público en general y del propio Baleztena, las siguientes estrofas fueron coreadas también con el grito “Riau Riau” por sus amigos de la peña de los mutilzarras, y cada vez por más gente, con indignación de los hombres serios y sesudos que lo veían como un despropósito y una falta de respeto.

Finalmente, esta exaltación festiva y alegre, no fue bien vista por el Ayuntamiento, hasta el punto, de que mi abuelo (Joaquín Baleztena, padre de Ignacio) fue llamado por el alcalde para que reprendiera la actitud “irrespetuosa” de su vástago.

Y así, sin más, comenzó el “Riau Riau”, un día 6 de Julio hacia las 16:00, en torno a 1911, y el acto se fue desarrollando, hasta que, según una crónica del Diario de Navarra del 7 de Julio de 1914, ya para ese año: “Cerraba la marcha la banda del regimiento de América que tocó el clásico vals, coreado por muchísimos jóvenes que daban acompañamiento y escolta al Ayuntamiento”

Coplas al Riau Riau

De este modo, como no podía ser menos, siguiendo su costumbre, Ignacio Baleztena le dedicó unas coplas a “su invento” que fueron la primera letra del “Riau riau”, es decir del vals de Astráin. Y precisamente, los arreglos musicales se los hizo el maestro Silvano Cervantes, íntimo amigo suyo y que durante muchos dirigió posteriormente la banda de música "La Pamplonesa" participando precisamente en la Marcha a Vísperas, el "riau riau" al mando de dicha agrupación. Esta letra, que se canta con la música de “A las cuatro el 6 de Julio…” decía:

COPLAS DEL RIAU-RIAU
Qué majos y qué elegantes
marchan nuestros concejales
precedidos de gigantes
gaitas, chistus y timbales.
Os recomiendo de veras
que tengáis mucho cuidau
de que no os multe Lasheras
por gritar fuerte Riau-riau.
Esos tubos relucientes
y esos fraques tan planchaus
al verlos dicen las gentes
¡Rediez lo que habrán costau!
Ni en París ni en los Madriles
ni en San Luis de Potosí
se encuentran unos ediles
más majos que los de aquí.

Como aclaración, debo apuntar que Lasheras era el jefe de la Policía Municipal por aquel entonces. Curiosamente, leyendo la letra se ve qué lejos estaba Ignacio Baleztena de enfrentamientos con la Corporación del Ayuntamiento, siendo en cambio un canto (nunca mejor dicho) a la alegría, el buen humor y el ingenio.

Como se intuye por la canción, este acto posteriormente tuvo numerosas prohibiciones, multas y, como es habitual en esta ciudad, enseguida se formaron dos bandos: pro riaurristas y anti riaurristas. Todos estos pormenores se pueden seguir en unos manuscritos que Ignacio Baleztena dejó en una carpeta llamada “Sobre el ¡Riau-riau!” y que están publicados en este blog. (pinchar aquí)

No obstante, pese a todas las prohibiciones y multas, cada vez era mayor la cantidad de mozos que acompañaban a la Corporación a Vísperas cantando y bailando, así que al final, como era de esperar en una fiesta de carácter popular como los sanfermines, acabó imponiéndose el sentido común, es decir, la alegría de los mozos a la seriedad del protocolo, y el mismo alcalde Joaquín Iñarra en 1923 lo hizo “extraoficialmente oficial” gritando a la salida del Ayuntamiento: ¡“Riau-Riau”!

Y ésta ha sido la historia de los orígenes del ¡Riau – riau!. Así comienzan las tradiciones como expresión del modo de ser de un pueblo, así se asientan y así se transmiten de generación en generación hasta que cambian o desaparecen cuando pierden su sentido, es decir el espíritu con que estaban hechas. Hay Vísperas, el Ayuntamiento va a las Vísperas y multitud de Irunshemes quieren disfrutar de este acto, parece que tiene sentido mantenerlo. Esperemos que el residuo de Riau Riau que se mantiene gracias a la Peña Mutilzarra, fundada precisamente por Joaquín Baleztena Gurrea, nieto de Ignacio, (mi hijo todo sea dicho de paso, amor de padre) sirva de fermento para que vuelva a celebrarse en condiciones.

Que paséis muy felices fiestas. Para saber todo lo que queráis sobre el Riau Riau pinchad aquí. Hasta mañana en la procesión si Dios quiere.

¡Viva San Fermín!. Bizi Don Premin!