Premín de Iruña

IGNACIO BALEZTENA ASCÁRATE "PREMÍN DE IRUÑA" (PAMPLONA 1887-1972): SU PERSONA, SU VIDA Y SU OBRA

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Ignacio Baleztena da plantón a Franco



Querido lector, retomamos la vida del aitacho donde la habíamos dejado, una vez finalizada la guerra. 

Un día de pronto llegó una citación en la que Franco convocaba a mi padre Ignacio en Madrid. Así que de nuevo emprendió el viaje hacia allí con la incógnita de cual sería el motivo, ya que el general seguro que conocía la abierta discrepancia del aitacho con el Régimen instaurado.

            Durante esta entrevista privada, tras un amable saludo Franco  expuso el motivo real de la misma:

-         Baleztena, sé que tú y tu familia habéis hecho mucho por la Cruzada y quisiera agradecéroslo. Como tienes muchos hijos, no dudes en acudir a mí...

            Ignacio Baleztena no le dejó terminar. Se levantó bruscamente ante la sorpresa del Jefe del Estado y con indignación contestó:

-         Excelencia, mi familia y yo hemos hecho la Cruzada por unos Ideales, no por prebendas- y tras una fría despedida dando media vuelta se marchó.

            Franco no obstante no cejó en su empeño. Suponía seguramente que ganarse a los Baleztena podía ayudarle a acercar a los carlistas al Régimen, así que de nuevo llegó una carta citando a mi padre para otra audiencia, pero en esta segunda ocasión el aitacho ni siquiera se presentó a la misma, sin dar explicaciones.

 Gracias a Dios aquella actitud tan propia suya y tan coherente con su forma de ser y de pensar no tuvo repercusiones. Franco no deseaba un enfrentamiento abierto con los carlistas, y estaba claro que con los Baleztena no podía contar para su proyecto.

            Y aquí comienza una nueva trayectoria en la vida del aitacho, quizá la menos conocida, que iremos viendo en las próximas entradas si Dios quiere.

Ignacio Baleztena Ascárate, opuesto al Régimen franquista, le dio la espalda mostrando continuamente su desacuerdo desde su visión carlista.

lunes, 9 de septiembre de 2013

El Privilegio de la Unión por Ignacio Baleztena II


 Querido lector, la mejor presentación de esta entrada es que leas la anterior pinchando aquí, o no entenderas nada porque son dos iruñerías del aitacho que van seguidas una de otra, en torno al Privilegio de la Unión, así que sin más preámbulo vamos a ello:

Biznietos de Ignacio Baleztena disfrutando de los gigantes en la celebración del "Privilegio de la Unión"

“EL PRIVILEGIO DE LA UNION – II


Rivalidades de los barrios
            Todos los habitantes de cualquier que fuesen eran muy brutos y un tantico majaderos ; por la cuestión más insignificante la emprendían a zartakos y muturrekos los unos contra los otros, y ni al rey ni a los guardias de la porra les era posible separarlos, ni hacerles entrar en razón. Además eran chatos en su inmensa mayoría; pues como siempre andaban a ñeque limpio y a mamporro sucio, se ponían las narices como castañuelas (sicut crótala, dice el original).

            Cuando los de un barrio jugaban contra otro al foot-ball, no terminaban nunca el partido, pues, antes de finalizar el primer tiempo, la mayoría de los jugadores se hallaban en la Casa de Socorro luciendo una rica variedad de contusiones, heridas, fracturas, erosiones, moraduras, cardenales y otros mil deterioros epidérmicos. En cierta ocasión un delantero de la Navarrería, de un puntapié “incaló” al árbitro en el pararrayos de la torre izquierda de la catedral. Mirando bien con unos prismáticos, aún puede verse en la punta del pararrayos el silbato del árbitro que quedó allá enchufado y que no ha podido ser extraído por más esfuerzos que para ello hizo el despachaperros de la catedral.

            Si los mocés del barrio jugaban al “chis”, iban callandico los de otro y les choraban el carrete y las ochenas. Pero la más gorda se armó en ocasión en que estando jugando barios mukizus del barrio de San Miguel al irulario en lo de Argaray, sacaron un ojo al alcalde de San Cernin, que se paseaba tan orondo por aquellos contornos. Los chicos se acercaron al interfecto dándole excusas mil y augurándole que no era nada lo del ojo; pero, ¡que si quieres!, la deteriorada autoridad municipal, sin atender a las justas razones del moceterío, empezó a quejarse y a berrear como un energúmeno. A sus alaridos fueron “reuniéndosen” todos los vecinos del Burgo y empezaron a dar mueras y a mentar de mala manera a los árboles genealógicos de los de San Miguel, diciendo que lo del ojo había sido intencionado; y armándose de palos y piedras, la emprendieron contra las farolas y escaparates del barrio, no dejando vidrio sano en toda la vecindad.

            Los de San Miguel pidieron auxilio a sus vecinos de la Navarrería, y los de San Cernin a los de San Nicolás; y un domingo, después de misa parroquial, salieron todos fuera depuestas dispuestos a deteriorarse el físico y a romperse la crisma, según el gusto del consumidor.

La gran batalla de Erleteguieta

            A los de la Navarrería y San Miguel les dirigía un caballero muy bruto y majadero llamado García Almoravid, y a los del otro bando, un francés que se llamaba, o mejor dicho, a quien llamaban Eustaquio de Beaumarché; que en lo de majadero y bruto en nada se dejaba aventajar del primero. Lo único que les diferenciaba era que uno lanzaba interjecciones vasco-hispánicas, y el otro parlaboteaba en provenzal.

            Empezó la batalla tirándose a las cabezas pedruscos y arricozcorres. Un ladrillo lanzado por un caracolero de la calle de Lindachiquía vino a dar de lleno en el ojo izquierdo del presidente de la comisión de Gobierno del barrio de San Miguel, quien al frente de los ministros, serenos y perrero del barrio, todos ellos con cascos emplumados, se habían adelantado imprudentemente a sus demás compañeros. Salió el ojo disparado como un cohete y vino a encajarse como anillo al dedo, en el hueco que dejó el irulario de marras en la rubicunda faz del alcalde de San Nicolás; quien, merced a este incidente, dejó de ser tuerto, aunque quedó con un ojo azul y otro castaño, como esos perricos de rabo en interrogante que acompañan a los curas viejos de pueblo cuando pasean por la carretera.

            Agotadas las piedras la emprendieron a garrotazos, y rotos los garrotes se acometieron a cabezada limpia como los carneros. Y así, de esta manera tan entretenida, arreándose zartakos, mamporros, ñeques, trompazos, ostikos, coces y patadas les cogió la noche y se fueron todos a descansar y curarse los chichones y cazcatacos que se hicieron durante la refriega.

            Hoy día, cuando en el ensanche se hacen los cimientos de las construcciones y viviendas, suelen aparecer por doquier dientes, muelas, algún peroné que otro y otros artefactos corpóreos, rotos y desprendidos ¡ay! de sus alvéolos en aquel día memorable.

El Privilegio de la Unión

            Así pasaron varios años sin que las cosas llevaran camino de amigable arreglo, hasta que vino a reinar en Navarra un gran rey, sabio, justo y bueno, llamado Carlos el Noble, a quien con tantos ruidos y pendencias le tenían asaz fastidiado, pues no le dejaban dormir tranquilo la siesta, y aún había veces, en que las piedras que se tiraban a honda de barrio a barrio, llegaban hasta palacio y le rompían los cristales del mirador y las macetas de geranios que su mujer, doña Leonor, cuidaba para ganar el premio de balcones engalanados.

            Por todo lo cual, y sobre todo porque un día le mataron de un tirabecazo un tarín por el que sentía gran cariño y que pensaba cruzarlo con una cardelina, decidió poner coto a tanto alboroto y tanta pendencia; y llamando a los alcaldes de todos los barrios a su real y soberana presencia, les armó el gran trépele; item más, ordenó que se les diese a todos ellos una gran zurra a pajarero limpio en plena plaza del Castillo, mientras interpretaba la Pamplonesa el conocido vals de Astrain, vulgo el ¡riau, riau! Otro sí, ordenó y mandó que desde entonces se uniesen todos los barrios formando una sola ciudad, con un solo Ayuntamiento, un solo alcalde, con unas mismas leyes y ordenanzas, las cuales, fueron conocidas con el nombre de “Privilegio de la Unión”.

Todos los años el Ayuntamiento de Pamplona en Corporación hace una ofrenda floral en el mausoleo de Carlos III el Noble en la catedral de Pamplona acompañado de una misa de acción de gracias por el Privilegio de la Unión con el que éste rey unificó los tres burgos de Pamplona en un solo Ayuntamiento. Este 2013 ha vuelto a cumplir la tradición.

            Les señaló también el escudo de armas oficial de la Ciudad, que no paso a describir, pues todos los años aparece en los carteles de San Fermín, aunque las más de las veces erróneamente interpretado. Y en memoria y recuerdo de haber puesto verdes a los alcaldes en la bronca que les armó, dispuso que la bandera de la Ciudad, que tan jacarandosamente lleva el síndico en las procesiones y otros actos oficiales, fuese del susodicho color.
 
            Aunque no consta en el texto del Privilegio, se sabe también, que dio varias disposiciones, hoy no cumplidas, sobre la forma y manera en que la Corporación municipal había de ir el día 6 de julio a San Lorenzo para oir devotamente las vísperas de García con acotaciones de Remacha.

            En un principio dio órdenes muy terminantes sobre si era lícito o no corear el público al ¡riau, riau! y hasta se dieron terminantes órdenes al jefe de municipales Lasheras, para que denunciase a quienes quebrantasen dicha orden, sobre todo si eran señoritos. El varias veces citado palimsesto, que de todo esto había, trae un romancillo que se adaptaba a dicha música y que era entonado por la jolgoriosa  juventud en dicho día y ocasión:

Qué majos y qué elegantes
marchan nuestro concejales
precedidos de gigantes
gaitas, chistus y timbales.
Os recomiendo de veras
que tengáis mucho cuidau
de que no os multe Lasheras
por gritar fuerte ¡Ria,riau!”

            En vista de que los bandos editados a este efecto eran sistemáticamente desobedecidos, con gran aplauso del vecindario consciente, se dejaron de publicar, y quedó entonces el pueblo soberano en libertad de riaurrizar cuanto le viniese en ganas, sustituyendo el romancillo que hablaba de prohibiciones por otro de loa y alabanza a la Corporación:

Estos tubos relucientes
y estos fraques tan planchaus
al verlos dice la gente
¡rediez lo que habrán costau!
ni en París ni en los Madriles
ni en San Luis de Potosí
se encuentran unos ediles
más majos que los de aquí.

            Esta es señores y señoras, y no otra, la historia de las luchas barricidas, y de su feliz terminación durante el reinado del gran Carlos III, en el año de gracia del 1423, que en realidad lo fue de gracia y de justicia; sin embargo, existen sesudos historiadores que relatan esta verídica historia de muy diferente manera.
Tiburcio de Okabío
(13/8/1953 – D.N.)”

            Y así con tan poco juicio acaba mezclando su invento del Riau riau, con el Privilegio de la Unión, con los churros de la Mañueta, con los choriarrapazales y los pisatinteros… en un relato que sigue exhaustivamente el método científico de investigar en Historia. Hasta la próxima entrada si Dios quiere.

domingo, 8 de septiembre de 2013

El Privilegio de la Unión por Ignacio Baleztena


 Querido lector, hoy 8 de Septiembre, festividad de la Natividad de Nuestra Señora, es un día grande para Pamplona porque celebramos el fin de las guerras entre los cuatro burgos (finalmente tres) que formaban Pamplona (Navarrería, San Nicolás y San Cernín) mediante el Privilegio de la Unión dictado por Carlos III, que decide cortar el problema de raíz el 8 de septiembre de 1423 otorgando dicho Privilegio (valga la redndancia) mediante el cual se unen las tres jurisdicciones en un único ayuntamiento, con un único escudo y unas únicas rentas.

Pero todo esto nos lo explica mucho mejor el aitacho, aportando desconocidos datos, absolutamente fiables y verídicos, como podrá desentrañar cualquier sesudo lector, en dos iruñerías que transcribo a continuación:

“EL PRIVILEGIO DE LA UNION - I

Se acerca a pasos agigantados (el tiempo tiene la mala costumbre de caminar siempre de esa manera) la gloriosa fecha para Pamplona, del 8 de septiembre. En dicho día, y año de 1423, el buen Rey de feliz memoria don Carlos III el Noble otorgó a su ciudad de Pamplona el Privilegio de la Unión, por el que desaparecen los antiguos barrios, y quedaba Pamplona unificada y sujeto a unas mismas leyes y reglamentos.

Nadie ignora, que desde los antiquísimos tiempos de Maricastaña, u aun antes de que la Coja de Cuatro Vientos volase sobre su escoba alrededor del Gallo de San Cernin, estaba Pamplona dividida en cuatro barrios distintos, con jurisdicción aparte, y las más de las veces, estaban en plan de enemigos irreconciliables.

            Así estaban las cosas en 1422, cuando la princesa heredera doña Blanca, hija del Rey Carlos III, hizo traer a Navarra a su hijo Carlos, Príncipe de Viana, desde Castilla donde se hallaba. Reuniéronse las Cortes para salir a recibirlo a la frontera, a la parte de Corella, y el Rey, su hija, el príncipe y toda la corte llegaron hasta Pamplona donde estuvo a pique de ocurrir una marimorena de órdago a causa de las preferencias que cada barrio reclamaba en el orden de los obsequios. Papeles de la época hacen constar que: “en los tiempos pasados había habido debates, contiendas, escándalos de que se habían seguido muchos homicidios por razón de la división de las jurisdicciones y por hacer la administración de la justicia cada uno por su lado; e posteriormente en la entrada del rey, e en la buena venida de su nieto el príncipe don Carlos, quiso acaecer en el pueblo gran escándalo, por ocasión e causa de la división; por lo que el dicho rey había deliberado reunir las tres jurisdicciones en una”. Ya para esa época el barrio de la Navarrería y el de San Miguel se habían fundido en uno.

            Mucho han escrito sobre estas cuestiones sesudos y graves historiadores; pero pocos, muy pocos son los que han leído y tenido en cuenta la relación manuscrita que hoy voy a dar a conocer a mis eruditos lectores.

            Empieza por la concienzuda descripción de los antiguos barrios que va a continuación.

LOS ANTIGUOS BARRIOS DE PAMPLONA

            El barrio más antiguo, el primitivo, era conocido por la Ciudad de la Navarrería. Eran sus habitantes los más alborotadores y pendencieros. Estaban muy orgullosos porque en el recinto de su población se encontraban la Catedral, el Palacio del Rey, el del Obispo, San Fermín de Aldapa y la gran churrería de la calle de la Mañueta, cuyos churros fueron muy apreciados por los legionarios romanos que aquí trajo el gran Cneo Pompeyo, y no despreciados por los bucelarios de Gundemaro, cuando momentáneamente en cierta ocasión ocuparon la Ciudad.

            Aseguran los navarreríacos, y con mucha razón, que ellos eran los primitivos habitantes de Pamplona, y que los de los otros barrios eran unos hambrones que habían venido de fuera-puertas a establecerse cerca de la Navarrería por el olor de la sopa boba que repartían a los mendigos los canónigos de la Dormitalería.

            Los de los otros barrios los llamaban Blusas Blancas, pues eran muchos los vecinos, que por ser pintores, doradores y santeros llevaban esa vestimenta. Contiguo a este barrio se hallaba el del Burgo de San Miguel. Este no tardó en fusionarse con el anterior formando un todo homogéneo con él.

            Eran los más zarratracos de aquellos tiempos, pero también los más habilidosos. Nadie les ganaba en el arte de atrapar cardelinas y tarines con liga; eran en esto unos hachas. Todos los domingos y fiestas de guardar y muchos días que no eran ni una ni otra, salían los del barrio a lo del Sario, Arranchiquis, Lezcairu, Ochandazubi, Arriurdineta, Irunlarrea y otros términos de Pamplona y volvían con las botas vacías y  las jaulas y morrales llenos de pajaricos cogidos con liga, costas, tirabeques y no pocas veces a repalo. Luego el fruto de sus hazañas cinegéticas era pregonado por todas las calles y plazas al grito de: ¡Cardelinas a diez céntimos, tarines a rial! Por este motivo se les llamaba Choriarrapazales, mote que más tarde se hizo extensivo a todos los irunshemes. Dentro de este barrio se hallaba enclavada la Judería. Cuando fueron expulsados los habitantes de este barrio, quedaron sin embargo muchos que se camuflaron e hicieron vida común con el resto de los pamploneses. De ellos, los más inofensivos son los que van en la procesión de Viernes Santo, con unas barbas largas y un estandarte que dice: “Crucifige, crucifge, evm”. Pero hay eruditos historiadores que sostienen que son falsificados y que sus barbas no son originales, sino alquiladas en casa Errazquin. También existía en este burgo el famoso trinquete de San Agustín, de muchísima más importancia –aunque los de San Cernin sostenían lo contrario- que el de la Pellejería. En aquel Trinquete, y en el frontón llamado el Ancho, el rey de Navarra Sancho el Fuerte y el de Aragón Pedro I se jugaron el pueblo de Gallipienzo contra el de Petilla de Aragón. El partido fue muy reñido. Estuvieron cuarenta a treinta, a dos, cuarenta a treinta para partida, a dos, lo menos dos horas, hasta que al fin ganó el navarro, gracias a una zirika que pegó en el fraile y desorientó por completo al monarca aragonés. Desde entonces, Petilla pertenece a Navarra, a pesar de hallarse muy adentrada en el reino aragonés.

            Estos dos barrios son los que podrían llamarse indígenas, pues los otros fueron poblados por gentes de diferentes comarcas. De estos últimos el principal era el conocido por Burgo de San Cernin, que ocupaba las actuales parroquias de San Saturnino y San Lorenzo. Sus habitantes eran los más satisfechicos, pues se enorgullecían en guardar en su recinto el pozo del que sacó San Saturnino el agua con que bautizó a San Fermín y a los primeros cristianos de Pamplona. Se daban además mucha importancia porque en su jurisdicción existían diez y siete personas que sabían leer el Catón y aun escribir con falsilla. Los de los otros barrios les llamaban, en burla, pisatinteros, lo cual les ponía de un humor de perros.

            Los de la Población de San Nicolás, que era el otro barrio, eran los más presumidos y vainicas y se daban mucho postín porque a la misa de doce de los domingos asistía lo pricipalico de Pamplona y muchos pollos gastaban tirilla de celuloide. También tenía su mote correspondiente. Se les llamaba caracoleros, porque salían a tomar el sol los días de invierno en la acera derecha del Paseo de Valencia.

            Y así estaban las cosas hasta que en 1423 el buen rey Carlos III de feliz memoria otorgó el Privilegio de la Unión, modelo de fuero municipal, que desgraciadamente fue abolido en tiempos en que ondeó en la Península Ibérica un pabellón exótico en el que destacaba el mote de “Constitución o Muerte” – “Viva la Libertad”.

Tiburcio de Okabío
(Diario de Navarra, 6/8/1953)”


            Y tras esta erudita y bien documentada descripción de los “barrios” –burgos- de Pamplona antes de 1423 el aitacho pasa a describir con todo lujo de detalles los hechos históricos en la siguiente iruñería que podrás leer en la próxima entrada si Dios quiere. Feliz día del Privilegio de la Unión a todos los irunshemes.

Los gigantes pasan por delante de Casa Baleztena en la celebración del Privilegio de la Unión hace dos años

viernes, 9 de agosto de 2013

Ignacio Baleztena, los santiburcios y los toros en Leiza



            Querido lector, en esta época estival me he tomado un descanso para escribir el blog, pero de nuevo, de fiesta en fiesta como ocurre en verano en Navarra, vuelvo al ataque ante la inminencia de los santiburcios de Leiza. Cuánto disfrutó el aitacho de estas fiestas: organizándolas, apoyándolas, animándolas. Precisamente sus primeros pinitos como “gigantozale” comenzaron en 1906, con motivo de las fiestas patro­nales de Leiza. Mi padre Ignacio fabricó y paseó dos gigantes y un cabezudo, y desde en­tonces éstos fueron compañeros casi in­separables.

Programa de fiestas de San Tiburcio, de Leiza, realizado por Ignacio Baleztena en 1903

            También en el “Teatro Chopical” que él mismo construyó en la ganbara de la casa familiar -Petrorena- estrenó en 1907, con motivo de las fiestas patro­nales de Leiza, su comedia "Bromicas de Cupido", en donde todo era artesano, desde los decorados hasta el vestuario. Desde entonces solía organizar y dirigir en fiestas (y el resto del verano) obras de teatro abiertas a todos los leizarras y veraneantes que quisieran. 




Ignacio Baleztena caracterizado en una obra de teatro

Y por supuesto se encargó de investigar como archivero e historiador todo lo relacionado con las fiestas de San Tiburcio, y como fruto de estas investigaciones publicó esta iruñería en la que narra el origen de los encierros de toros que tantas veces corrió (sí toros novillos, no vacas ni vaquillas) en Leiza:

Ignacio Baleztena corriendo el encierro de toros de Leiza (Gentileza de Pablo Feo)


“TOROS EN LEIZA


            Van llegando a mi poder programas de las fiestas, religiosas y profanas, que las villas y pueblos de Navarra proyectan celebrar en honor de sus santos patronos.

            Entre los programas, me encuentro con el que anuncia las mezetas de la muy noble, muy leal villa de Leiza. Tras una cubierta, en la que un artista local ha plasmado regocijantes peshtales, viene el texto del programa de festejos que nos habla de celebración de partidos de pelota, concurso de lasterkaris y bersolaris, bailes del país a los sones de la bancha, chistus y acordeones, tales como la sokadanza, zorziko, ingurucho, espatandanza…, fuegos artificiales…, etc., etc. Y entre estos y otros variados festejos, más o menos folklóricos, destacan los encierros y capeas de novillos, que se verificarán los días comprendidos entre el 11 y 14 de agosto, día éste último, dedicado a los casados, o sea el ezkondu-eguna.

            Muchos se extrañan, y aun los hay puritanos, que se rasgan las vestiduras al ver que esta simpática villa, enclavada en el rincón de la montaña Navarra, celebra las mezetas de su glorioso patrón con novillos, pues creen, que este acto, es contrario a las costumbres y usos de nuestros venerables aitonas.

            Los que tal piensan y creen están en un error por demás craso, pues la mocina de esta simpática villa, tan euskaldún, al correr, brincar y zinzilipurdiar ante los novillos, no hacen más que seguir las huellas que les dejaron marcadas sus tatarabuelos.

            Basta con ojear los libros del archivo de la villa para convencerse, que desde el siglo XVI, cuando menos, los toros constituían el número principal de los festejos de la villa.

            Cojamos al azar algunas cuentas. En las del año 1578, tropezaremos con la siguiente partida:

            “Dan por cuenta (los rexidores) haber dado y pagado a Joanes de Plaza, el mediano, dos ducados por hacer las justas y maderamientos que hizo para las barreras y coso de los toros…”

En las de 1732, leemos: “Primeramente dio en data y descargo (el tesorero) ciento y siete reales y ocho maravedís gastados con los vaqueros por tiempo de la mezeta…, como también un cántaro de vino que se consumió en la plaza la tarde de los toros…” y sigue luego el vino gastado en festejar a los danzantes y tres “julares” o chunchuneros que amenizaron las fiestas.

            Este mismo año, festejó la villa la “Victoria del Rey contra el Turco” repartiendo dieciséis cántaros de vino de Ilzarbe y pan, por valor de 127 reales y ocho maravedís. Se echaron “ocho reales en cornados a rebucha entre los muchachos”, y hubo su correspondiente corrida, para la que se destinaron, entre otras cantidades, 5 reales para pagar a “cuatro mozos que fueron al monte Ariaz a coger un novillo”.

            Cuando el Real Consejo pidió a los pueblos de Navarra relación de sus gastos ordinarios, la villa de Leiza le hizo saber, con fecha 13 de junio de 1784 que…

                        “Los gastos ordinarios que la villa tiene, con todos sus artífices públicos y demás sirvientes, como médico, cirujanos, boticario, maestros de primeras letras, salario del depositario, guarda montes, costiero de las vegas, contadores de cuentas, jular tambor, limosna de la Santa Casa de Jerusalén, Hospital General de Nuestra Señora de la Gracia de Zaragoza, San Gregorio Hóstiense, misas en la basílica de Santa Cruz, bendición de montes y campos, entrega de molinos, archivo, reconocimiento de setos de las vegas, pesquisas de gitanos y vagabundos, réditos de censos, cuarteles y alcabalas y FUNCION DE TOROS, todo mediante a reglamento confirmado por el Real Consejo que asciende a 4.496 reales y 2 maravedís”.

            Y así, de esta manera, continúan las cuentas de la villa, siendo así comprensible, que los buenos leizarras, siguiendo añejas costumbres, hagan correr en su plaza novillos de la acreditada ganadería de Lastur y que practiquen con ellos suertes variadas y originales, no comprendidas en los libros taurómacos de Pepeillo y Paquiro. Entre éstas, la más notable, es sin duda, la creada y practicada hace tres años por el gran Urto-Chiki, que muy bien podría denominarse la suerte del irulario.

            Colocábase el susodicho diestro en medio de la plaza, a pié firme, armado de una colosal tranca, (en el sentido verdadero de la palabra) y allá, esperaba la embestida del bravo novillo; cuando éste penetraba en el terreno del lidiador, Urtochiki, le arreaba con todas sus fuerzas el gran garrotazo en los cuernos, de arriba abajo, que obligaba al cornúpeta a salir dando volteretas, por los aires, como un irulario lanzado por un mocete experto en este difícil deporte.

            Entre los mil conthu-contharis que circulan sobre aventuras taurinas, está la del seminarista que quiso colgar el manteo.

            Cuentan, pero de su veracidad no respondo, que allá por los años 1700 y pico, había en la villa un estudiante, que convencido de su falta de vocación deseaba colgar sus hábitos talares, y no encontraba ocasión, ni se hallaba con suficiente valor para comunicárselo a sus padres, por esas mil razones, que tal vez alguno de mis lectores sabrán y comprenderán, por experiencia.

            Celebrábanse las fiestas de San Tiburcio, y el buen seminarista se animó a salir a la liza, después de recogerse la sotana haciendo pasar los faldones a través de los bolsillos. Citó al novillo que acudió como un chimiste, y como el buen estudiante no supiese dar a tiempo la remoncha, salió enganchado, sufriendo el mayor vapuleo y revolcón de que no se tiene noticia haya sufrido otro igual, doctrino, gramático, filósofo ni teólogo del país vasco. Al volver a su casa a comer, molido y cariacontecido, fue recibido por su padre, que con cara de feroche y asarre le largó la gran filípica.

            -Padre,- dijo el taurómaco seminarista-. Pequé contra la disciplina eclesiástica y contra vos; pero en el vapuleo purgué mi falta. ¡Ah!, pero no son los golpes los que me duelen.

            -Pues qué te duele, hijo mío, le dijo solícita su compasiva madre.

            -Que me he enterado ahora, de una rigurosa disposición del gran San Pío V que literalmente dice…

            (Y aquí, el fresco de él largó un latinajo por demás de macarrónico): “Estudiantis que toreabit taurus in Plaza Pública, seudo cosus taurinus, non potes dicerem mesam.

-Vetmsuan-Mesam, mesam… Latín poco entendemos, dijo el padre, pero eso sí, ya hemos comprendido. Que el estudiante que ha salido a torear, no puede sentarse a la mesa, así que ¡jope!, y después de añadirle, con el pié en las posaderas, un golpe más a los propinados por el torete, puso de patitas en la calle al colgador de manteos, para que de allí en adelante se las compusiese como Dios le diese mejor a entender.

            Tiburcio de Okabio”

Diario de Navarra 5-6-1951

Bueno, pues ya solo me queda desear que San Tiburcio conceda a todos los leizarras y forasteros unas muy felices fiestas de gozo y paz, donde la noticia sea la alegría de las mismas. Y en la próxima entrada seguiré contando cosas del aitacho si Dios quiere.

sábado, 6 de julio de 2013

Ignacio Baleztena y los orígenes del Riau Riau


Querido lector, hoy 6 de Julio. Todo dicho. El aitacho disfrutará junto con San Fermín de lo que queda de un acto queda de los que más le gustaba. Y como se oyen tantas teorías quiero aclarar y resumir la historia de los orígenes del Riau Riau iniciado por mi padre. Nada de enfrentamientos ni reivindicaciones en su origen. Fiesta popular en esencia pura. Y si no leed:

Riau riau de los años 70. Mi hijo Joaquín, futuro fundador de la Peña Mutilzarra, biznieto de Ignacio Baleztena, a hombros en el Riau Riau.
 Es muy difícil conocer cuándo comienza realmente una tradición que es popular y espontánea, precisamente por esto. Quién iba a saber que iba a tener importancia esta ocurrencia de mi padre Ignacio Baleztena Ascárate. No obstante, a raíz de estar escribiendo este blog sobre su vida y obra, me he tomado un poco de tiempo en averiguar cuándo fue, realmente, el primer ¡Riau-riau!, mirando antiquísimos y escondidos documentos y palimpsestos en oscuros archivos y…. nada en concreto. El único dato que tenía era lo que decía mi propio padre: que ocurrió el suceso en torno a la “hazaña” con Malumbres en el encierro. Y precisamente, investigando para el mencionado blog “Premín de Iruña” di con una reseña del Diario de Navarra de 12 de julio de 1962 en la que les entrevistaban a Malumbres y a Baleztena sobre este tema, y así, descubrí que cuando entraron en la plaza vestidos de ingleses fue en  1912. Con este dato podemos afirmar, si las matemáticas no fallan, que el primer ¡Riau-riau! fue entorno a 1911 año arriba año abajo. En ese año, las crónicas ya hablaban del “tradicional vals, peculiar y exclusivo en el acto”; aunque este vals ya llevaba interpretándose, desde hacía algunos sanfermines, en la Marcha a Vísperas. La marcha del Ayuntamiento en Corporación a las Vísperas de San Fermín es muy anterior al ¡Riau-riau! Lo que inicia “Premín de Iruña” es la costumbre de gritar ¡Riau-riau! y corear la música bailando lo que desembocará en el alegre acompañamiento de la mocina a sus ediles.

El primer Riau Riau en torno a 1911

Así que, Ignacio Baleztena fue el iniciador de la costumbre que tantos quebraderos de cabeza ha dado al Ayuntamiento de entonar Riau Riau y bailar acompañando los mozos a la Corporación, que con maceros y timbales, banda de música, gigantes y cabezudos marchaban el día 6 de julio por la tarde al rezo de las Vísperas de San Fermín en la Parroquia de San Lorenzo.

Frecuentemente se ha dicho que como la corporación era liberal un grupo de carlistas intentaba molestarles al acudir a vísperas, pero él siempre nos contó que realmente todo fue mucho más sencillo, ya que ni la corporación era sólo liberal, ni todos los amigos de mi padre eran carlistas.

Ignacio Baleztena se reunía en el Café Iruña de la Plaza del Castillo con sus amigos, una peña de mutilzarras, como ellos mismos se llamaban, con los que cantaban canciones para desesperación de los jugadores del seis doble, también llamado dominó. (Desde 1912 pasaron a reunirse en el recién estrenado “Café Kutz” conociéndose como “los mutilzarras del Kutz”). Con estos mismos amigos, que como he dicho, ni siquiera eran todos carlistas, acudió con gran alegría a ver la Marcha a Vísperas del Ayuntamiento, el 6 de Julio de un año entre 1911 y 1914 tras la comida. Este era uno de sus actos preferidos de nuestras mezetas. Mucho público se concentró, como era costumbre, con sus mejores galas para tan esperado evento. 
Pues bien, al finalizar la primera estrofa del Vals de Astráin, Ignacio Baleztena, en signo de aprobación y como grito festivo finalizó la misma gritando “Riau Riau”; lejos de hacerlo con ánimo de ofender quiso rematar tan bella pieza de forma espontánea y alegre con este grito con el que se finalizaban las canciones festivas en la montaña de Navarra. A algunos, les hizo gracia la intervención; otros, la vieron como una gamberrada, pero para sorpresa del público en general y del propio Baleztena, las siguientes estrofas fueron coreadas también con el grito “Riau Riau” por sus amigos de la peña de los mutilzarras, y cada vez por más gente, con indignación de los hombres serios y sesudos que lo veían como un despropósito y una falta de respeto.

Finalmente, esta exaltación festiva y alegre, no fue bien vista por el Ayuntamiento, hasta el punto, de que mi abuelo (Joaquín Baleztena, padre de Ignacio) fue llamado por el alcalde para que reprendiera la actitud “irrespetuosa” de su vástago.

Y así, sin más, comenzó el “Riau Riau”, un día 6 de Julio hacia las 16:00, en torno a 1911, y el acto se fue desarrollando, hasta que, según una crónica del Diario de Navarra del 7 de Julio de 1914, ya para ese año: “Cerraba la marcha la banda del regimiento de América que tocó el clásico vals, coreado por muchísimos jóvenes que daban acompañamiento y escolta al Ayuntamiento”

Coplas al Riau Riau

De este modo, como no podía ser menos, siguiendo su costumbre, Ignacio Baleztena le dedicó unas coplas a “su invento” que fueron la primera letra del “Riau riau”, es decir del vals de Astráin. Y precisamente, los arreglos musicales se los hizo el maestro Silvano Cervantes, íntimo amigo suyo y que durante muchos dirigió posteriormente la banda de música "La Pamplonesa" participando precisamente en la Marcha a Vísperas, el "riau riau" al mando de dicha agrupación. Esta letra, que se canta con la música de “A las cuatro el 6 de Julio…” decía:

COPLAS DEL RIAU-RIAU
Qué majos y qué elegantes
marchan nuestros concejales
precedidos de gigantes
gaitas, chistus y timbales.
Os recomiendo de veras
que tengáis mucho cuidau
de que no os multe Lasheras
por gritar fuerte Riau-riau.
Esos tubos relucientes
y esos fraques tan planchaus
al verlos dicen las gentes
¡Rediez lo que habrán costau!
Ni en París ni en los Madriles
ni en San Luis de Potosí
se encuentran unos ediles
más majos que los de aquí.

Como aclaración, debo apuntar que Lasheras era el jefe de la Policía Municipal por aquel entonces. Curiosamente, leyendo la letra se ve qué lejos estaba Ignacio Baleztena de enfrentamientos con la Corporación del Ayuntamiento, siendo en cambio un canto (nunca mejor dicho) a la alegría, el buen humor y el ingenio.

Como se intuye por la canción, este acto posteriormente tuvo numerosas prohibiciones, multas y, como es habitual en esta ciudad, enseguida se formaron dos bandos: pro riaurristas y anti riaurristas. Todos estos pormenores se pueden seguir en unos manuscritos que Ignacio Baleztena dejó en una carpeta llamada “Sobre el ¡Riau-riau!” y que están publicados en este blog. (pinchar aquí)

No obstante, pese a todas las prohibiciones y multas, cada vez era mayor la cantidad de mozos que acompañaban a la Corporación a Vísperas cantando y bailando, así que al final, como era de esperar en una fiesta de carácter popular como los sanfermines, acabó imponiéndose el sentido común, es decir, la alegría de los mozos a la seriedad del protocolo, y el mismo alcalde Joaquín Iñarra en 1923 lo hizo “extraoficialmente oficial” gritando a la salida del Ayuntamiento: ¡“Riau-Riau”!

Y ésta ha sido la historia de los orígenes del ¡Riau – riau!. Así comienzan las tradiciones como expresión del modo de ser de un pueblo, así se asientan y así se transmiten de generación en generación hasta que cambian o desaparecen cuando pierden su sentido, es decir el espíritu con que estaban hechas. Hay Vísperas, el Ayuntamiento va a las Vísperas y multitud de Irunshemes quieren disfrutar de este acto, parece que tiene sentido mantenerlo. Esperemos que el residuo de Riau Riau que se mantiene gracias a la Peña Mutilzarra, fundada precisamente por Joaquín Baleztena Gurrea, nieto de Ignacio, (mi hijo todo sea dicho de paso, amor de padre) sirva de fermento para que vuelva a celebrarse en condiciones.

Que paséis muy felices fiestas. Para saber todo lo que queráis sobre el Riau Riau pinchad aquí. Hasta mañana en la procesión si Dios quiere.

¡Viva San Fermín!. Bizi Don Premin!

jueves, 4 de julio de 2013

La terrible historia de Joshemiguelerico y Joshepamunda, ilustrísimos gigantes de Pamplona, por Ignacio Baleztena

Querido lector, metiéndonos ya en harina presanferminera, ya sabes la auténtica pasión que tenía el aitacho por los gigantes. Fue él precisamente el que les puso nombre, les escribió una aleluyas, investigó sus orígenes editando el libreto con su historia que ha servido de base para la mayoría de los estudios posteriores, los bailó, los siguió... Era un auténtico "gigantólogo, gigantozale y gigantolari".

Pero lo que pocos conocen es que por extraños cauces consiguió la verdadera historia de Joshemiguelerico y Joshepamunda (según el nombre que él puso a los reyes europeos) y la escribió en uno de esos papelajos que estoy venga investigar saliéndoseme los ojos de las cuencas. Ahora vas a tener la suerte y fortuna de conocer este escrito de Ignacio Baleztena, mucho sospecho que inédito hasta hoy, en el que narra la desconocida y turbia historia de estos queridos gigantes (no apta para mocetes ni cardiacos).

"HISTORIA DE JOSHEMIGUELERICO Y JOSHEPAMUNDA
 
Entre aquellos pueblos bárbaros que asolaron la Europa y el mundo todo, allá por los años 400 y pico, sobresalía por su ferocidad y salvajismo el de los Lomgobombardinos, cuyo jefe y rey don Joshemiguelerico, era tan majadero y bruto, que a su lado Atila el rey de los Hunos, resultaba un tímido chanchalán.
Para que os forméis una remota idea de hasta que punto llegaba su ferocidad, os contaré la inocente bromica que le ocurrió darle a su esposa el día mismo de la boda.


Los reyes Joshemiguelerico y Joshepamunda pasan por debajo de Casa Baleztena
Había vencido en cruel guerra al rey de los Borgoñoncetes; se apoderó de todas sus tierras y obligó a su hija la bella Joshepamunda a casarse con él. Después de la ceremonia nupcial, en el banquete, ofreció Joshemiguelerico a su esposa en una extraña copa un líquido rojo, vino al parecer. La real consorte al probarlo puso una cara más difícil que la que vosotros ponéis cuando os dan aceite de ricino, pues el brebaje sabía a demonios machacados. El majadero del rey soltó la gran carcajada celebrando su gracia y explicó a su mujer, que lo que acababa de beber era la sangre de su padre a quien acababa de matar, y que la copa estaba hecha con el cráneo del difunto. La pobre señora empezó por desmayarse y terminó por ponerse loca perdida; desde entonces le quedó esa cara que todavía luce bajo su regia diadema.

Este tío, después de vencer y humillar a cuantos reyes y emperadores ceñían corona y empuñaban cetro por Europa quiso meter en cintura al rey de los navarros llamado Iñigo Arista porque se negó a entregarle un tributo de mil kilos de chanchigorri al año. El rey Lomgobombardino juntó un numerosísimo ejército, y al frente de él vino a Navarra, jurando que con la piel de Iñigo Arista había de hacer el forro de un balón con el que jugasen al fut-bol los mocetes de las cantinas escolares de su pueblo.

Llegó a Pamplona y puso sitio a la capital. La ciudad se resistió heroicamente, pero sucumbió al fin, y el majadero de Joshemiguelerico la arrasó y pasó a cuchillo a todos sus habitantes, salvándose tan sólo unos pocos que se refugiaron en el subterráneo del Paseo de Valencia. Gracias a que a Joshemiguelerico no tuvo necesidad de entrar en él para…, que si lo hace ¡menudo salchucho que lleva a cabo!

Iñigo Arista después de estar jugando con él al aludí, alaluví por todas las calles de Pamplona gritándole en cada esquina:

Kirikotan, chapetan
eperrakuketan
baliotez

pudo escaparse. Una vez en las montañas empezó a tocar como un desesperado su cuerno de guerra
y a los belicosos sones
de la trompeta de Iñigo
acudieron los vascones
pa vencer a su enemigo

Al verse el valiente Arista rodeado de sus bravos navarros, los colocó en el desfiladero de Roncesvalles por donde debían pasar los lomgobombardinos, sitio en el que había ya su abuelo arreado la gran paliza al rey Carlomagno. Cuando las tropas invasoras pasaron por el lugar de la emboscada, les salieron al paso los guerreros navarros dando grandes alaridos. Los soldados de Joshemiguelerico se defendieron como tigres, pero los de Iñigo, aunque menores en número, atacaban como leones. La sangre corría a torrentes, por todas partes se veían sesos desparramados, intestinos que culebreaban por el suelo, cabezas que rodaban lanzando ayes lastimeros, como las bochas de casa Cholo, narices desperdigadas que estornudaban como las bocinas de gigantescos autobuses, corazones que botaban por los suelos como pelotitas del ping-pong…

A las dos horas de combate, no quedaba de los enemigos títere con cabeza, sólo permanecía en pié su fiero monarca, quien con su tajante espada abría a cada mandoble ancho y sangriento círculo en su alrededor, partiendo por la cintura a cuantos se encontraban a su alcance. Era un espectáculo horrible al par que divertido, ver la parte superior de los cuerpos partidos revolcarse por los suelos lanzando terribles alaridos de dolor, mientras que la inferior corría alocada sin rumbo fijo, chocando con los árboles y los pacíficos canónigos que paseaban por la carretera.

Al ver que la victoria podía escapársele de las manos, se adelanta el valiente Iñigo y grita a su gigante enemigo:

-¡Eh señor mío! Si es verdad que has jurado hacer con mi piel una pelota de fut-bol, aprovecha la ocasión que aquí estoy yo.

-Lo que te voy a convertir en sémola fina del primer guantazo.

- ¿A mí? ¡Miau!- Respondió Iñigo, que aunque euskaldún, era un tantico chulo.

La lucha recordaba a aquella famosísima que nos habla el Fleury del rey David contra el gigante Goliat, con la diferencia de que el navarro en vez de honda llevaba un tirabeque, que como es natural no hizo más que unas ligeras cosquillas en la frente de su enemigo.

Siguió la lucha cuerpo a cuerpo. Arista con gran agilidad saltaba como una ardilla por encima de la espada del gigante que parecía estar dando a la comba. Iñigo de vez en cuando metía hasta el puño su espada en el ombligo del gigante lo que solo producía en él el efecto de una picadura de pulga. La cosa se iba poniendo feísima y solo podía terminar con la muerte del jefe navarro. Pero un canónigo muy sabio que había en la Colegiata, al ver el mal cariz que presentaba la lucha, se encerró en la biblioteca y se empolló los 5.487 libros que hay en ella, para ver si aprendía alguna estratagema con que vencer a Joshemiguelerico. Lo que él no pudo encontrar en los libros se le ocurrió al hermano campanero, quien seguido de un lego muy fuerte subió a la torre y empezó a bandear la campana más gorda con una vertiginosidad que desvanecía; cuando más furiosas volteaban las campanas, dilín dalán, dilín dalán, le dice el campanero a su compañero: vete corriendo a la leñera y trae el hacha más grande y afilada que encuentres y vente enseguida.

Así lo hizo el otro, y siguiendo las órdenes del campanero, a la de una, a la de dos y a la de tres, ¡zas! de dos hachazos cortó el eje de la campana que salió dando vueltas por el espacio hasta ir a ponerse en la cabeza del gigante como si fuera una bimba. Cayó éste aturdido por el golpe, medio sofocado con la cabeza dentro de la campana y el badajo de ella clavado en el occipucio. Entonces, todos los guerreros se echaron sobre él y le ataron fuertemente con los intestinos de los enemigos que yacían por el suelo.

-Si me soltáis y me desencajáis este gorro que me habéis puesto os perdono la vida, gritaba el rey bárbaro.

-Que te crees tú eso, le decía su rival; antes has de jurar cumplir lo que yo te ordene.

El gigante se resistía a ello, pero a cada no que daba, sus enemigos le pinchaban con las lanzas en las plantas de los pies y le metían avispas dentro de la campana, hasta que visto que no quería rendirse, acabaron por meterle un gato rabioso que se puso tibio de arañarle en la punta de la nariz. Entonces, no pudiendo aguantar más el dolor, se rindió sin condiciones y juró cumplir lo que se le ordenase.

-Pues verás lo que deseo que cumplas. Es necesario que todos los años te presentes en Pamplona por San Fermín en unión de tu esposa y vayáis los dos bailando al son de la gaita delante del Ayuntamiento cuando va a las vísperas y procesión. Y por eso es por lo que vemos pasar todos los años a Josemiguelerico, bailando por las calles que ensangrentó cruelmente cuando tomó y destruyó nuestra ciudad.

Ignacio Baleztena"


Que curioso con lo bueno y pacífico que parece con los chupeticos colgando. Quién iba a decir que tenía tan turbio pasado. En fin, espero que hayas disfrutado de la historia absolutamente verídica, y que estés atento al blog entre que sacas la ropa blanca, el pañuelico rojo y todos los abalorios guardados en ese altillo desde el año pasado, porque aun tendremos alguna referencia sanferminera del aitacho si Dios quiere. ¡Ya falta menos!.

miércoles, 3 de julio de 2013

Los sanfermines de 1939, primeros tras la guerra, los rusos y ¿el último encierro del aitacho?


Querido lector, en estas fechas toca ya introducir entradas sanfermineras, y qué mejor manera que empalmar con el punto donde dejábamos la biografía del aitacho, que era precisamente con el la llegada de la tan ansiada paz. ¿Cómo se vivieron los sanfermines de 1939, los primeros sin guerra?. Nos lo cuenta de nuevo tía Lola:

"En estos históricos Sanfermines todos derraman raudales de alegría. El de este año, fue más bullicioso que nunca, ya que del gozo sanferminero, los navarros se habían visto privados varios años, aunque en el frente, entre fuegos, y no artificiales, y entre las dianas del campamento, que tampoco eran para llamarles a la alegría, solían celebrarlas de manera sumamente original.

En las del año 1939, hubo un número internacional e imprevisto que corrió a cargo de los requetés rusos encuadrados en el tercio aragonés "Doña María de Molina". Y por cierto, uno de ellos, el Varón Wolfal, que ya antes he nombrado, llevó el guión de mando en el desfile de la victoria.

Cayeron en Pamplona en aquellos días y traían el proyecto de organizar unos conciertos por varios lugares de España, empezando por Pamplona, a beneficio de los niños huérfanos de la guerra. La idea era muy hermosa, y el concierto se fijó para después de las fiestas, cuando se hubiera cantado, ya, el "Pobre de mí". Y se quedaron felices para disfrutar de ellas. Y como los rusos son excelentes bailarines, ágilmente bailaron en las "cuadrillas", alborotaron en el tendido de sol, se montaron en los caballicos como los mejores cosacos de Kazan, se tiraron por el patín… Total, que cumplieron con todo el programa extraoficial que los "festarles" se pagan de sus bolsillos. No olvidaban por ello los ensayos del concierto. Las margaritas los habían alojado en el colegio de los Maristas, y los ensayos en el antiguo orfeón.


Los requetés rusos del Tercio de Dña. María de Molina ya durante la guerra realizaban sus particulares bailes, como se ve en la foto

Llegó el día de la representación. El Teatro Gayare presentaba el aspecto de sus mejores galas. Al levantarse el telón, en el escenario aparecieron los rusos formados, con sus uniformes de requetés destacándose sobre la cruz de San Andrés el escapulario del Sagrado Corazón. Y a los entusiastas aplausos respondieron muy erguidos con el saludo militar. Dos de ellos enarbolaban las banderas del requeté y de la Rusia Imperial. Cantaron piezas muy hermosas maravillosamente como los rusos saben hacerlo. Y para final, un popurrí que terminaba con el "Uno de enero, dos de febrero…, y atacaron con brío la popular canción del Requeté:

Navarra, noble y guerrera fue la primera
en defender nuestra Nación.
Su sangre, su vida entera
dará gozosa por la Santa Religión.

A las armas voluntarios,
a las armas a luchar por nuestra fe.
Moriremos defendiendo la bandera
de Dios, Fueros, Patria y Rey.

No llores, madre no llores
porque a la guerra tus hijos van.
Qué importa que el cuerpo muera
si luego el alma triunfará en la eternidad.

El público sorprendido y entusiasmado rompió en frenéticos aplausos y a más de uno se les caían las lágrimas que ellos recibían sonrientes.
Y para final, la apoteosis: la orquesta interpretó el himno imperial ruso. Ante esta sorpresa, todos ellos se cuadraron haciendo el saludo militar, mientras las banderas del requeté y la del imperio de los zares ondeaban sobre sus cabezas. Fue delirante, inesperado y sobre todo, sumamente original.

En fin, nuestros mozos navarros derramaron con alegría toda la que tenían acumulada durante los años de ausencia y corrían, como locos, en el encierro citando a los toros con sus boinas rojas. Y los requetés rusos, que vinieron a España a combatir la revolución que les desterró de su patria, lucieron en los sanfermines sus mayores habilidades: la danza extraordinaria en gracia y agilidad y sus inimitables cantos a los que acompañan con los registros de sus voces. Verdaderamente maravilloso. Y fueron recibidos con verdadero cariño fraternal, y muy obsequiados en todas partes.
…………………………………….

Uno de estos rusos pasó unos días en nuestra casa. Era simpático, de un trato exquisito, y dicho sea de paso, muy guapo. Cantaba canciones de Rusia acompañándose con su balalaica. En la mañana del domingo cantaba una preciosa melodía. Cuando le preguntamos qué canto era aquel, nos dijo: Hoy es domingo y cantaba el Oficio Religioso. El era cismático, pero daba ejemplo a otros."


Naturalmente el aitacho estaba metido en todo este lío, organizandolo y disfrutando de estos sanfermines de una manera especial. Que no habría gozado de su querida marcha a vísperas con el riau riau, acompañando a San Fermín en la procesión, cuánto habría bailado los gigantes, corrido el encierro, saltado, acompañado a los del Muthiko con los que había luchado codo con codo, lanzando "cuetes y echafuegos", con los zezenzuskos... en resumen sus queridas mezetas. De esta época conserva el diploma de agardecimiento en el que le concedieron la insgnia imperial rusa precisamente ese 9 de Julio de 1939. No es raro dada la buena acogida que dieron a los ya conocidos requetés rusos en las casas de Pamplona y Leiza. (para ver esto pinchar aquí y sobre todo aquí)



Concesión de la Insignia Imperial Rusa a Ignacio Baleztena




Detalle del diploma

Él decía en una entrevista periodística, muy posterior a este año, que fue el último que corrió el encierro, pero realmente debía referirse a correrlo en plenas facultades, porque, a veces a escondidas de su mujer Carmen -la mamita- yo le he visto correrlo bastante más mayor.

Y ya metidos en harina presanferminera en la próxima entrada podrás leer la auténtica, desconocida e increíble historia de los gigantes de Pamplona, concretamente los "reyes europeos", narrada por el único que la sabía de buena tinta... adivina quién pudo escribir lo que verás en breve si Dios quiere, y seguro que nunca has leído.