Premín de Iruña

IGNACIO BALEZTENA ASCÁRATE "PREMÍN DE IRUÑA" (PAMPLONA 1887-1972): SU PERSONA, SU VIDA Y SU OBRA

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lunes, 2 de febrero de 2026

Breve Historia del Rey de la Faba (7). Pamplona, iglesia de Santo Domingo 1969 (II). La primera celebrada sin Ignacio Baleztena

 

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Querido lector, seguimos como en la entrada anterior tratando otra de las costumbres iniciadas por el aitacho en torno a 1920, o más que iniciada sería correcto decir restaurada: El rey de la Faba.

Mi padre participó en todas las ediciones de esta celebración desde aquel comienzo hasta 1968 donde disfrutó en Sangüesa de la representación más completa hasta el momento. Este 1969 ya no pudo gozar de su “creación”. Había sufrido un ictus y estaba ese día ingresado en el Hospital de la Cruz Roja de Madrid.

Para ver cómo transcurrió la jornada del 6 de enero de 1969 acudimos de nuevo al folleto que escribí en 1979[1] y que puedes leer completo pinchando aquí.

 

“AÑO 1969. PAMPLONA. IGLESIA DE SANTO DOMINGO

En ciertos casos, reconstruir un pasado es más fácil que destruir un presente. Sobre ruinas que tienen historia, y al dictado de los datos que ésta proporciona, puede levantarse un escenario y poblarlo de personajes, más o menos importantes, cuyos hechos fueron dignos de mención.

Una ciudad que se agranda y moderniza a marchas forzadas impide al espíritu evadirse a otros tiempos. El cemento, el asfalto, la mole de las casas tan altas, el incesante rodar de vehículos, cierran el paso a todo intento de visión retrospectiva. Por lo tanto, situar una fiesta medieval en Pamplona de ahora tropieza con bastantes dificultades, pero habrá que arrostrarlas para celebrar en ella, la «Fiesta del Rey de la Faba» de 1969.

Y no es que la vieja Iruña deje de tener interesantísima historia. Dejando la parte nueva de la ciudad nos encerramos en antiguo recinto amurallado del que canta la copla:

Viva Pamplona redonda,

Vivan sus siete portales,

Con su Plaza del Castillo

Y paseos principales.

Dos de estos siete portales, aún quedan en pie. Y por uno de ellos, que no tiene levantado el rastrillo del puente, penetramos en la ciudad. Encontramos algunas casas de aspecto palacial, con balcones de hierro forjado, con magníficos escudos de armas tallados en piedra. Este lujo heráldico muy corriente en toda Navarra. Pero el empaque de sus fachadas queda disminuido por los mármoles y letreros que acompañan al desenvolvimiento del comercio.

….

De nuestras reflexiones históricas viene a sacarnos el sonido de cornetas y tambores convocando a fiesta.

Ya se escucha de Pamplona

la alegre trompetería...,

y al percibir sus ecos, subimos precipitadamente la cuesta de Santo Domingo, llamada también de los Carniceros, donde los mozos inician el recorrido del encierro, corriendo ante los toros en las alegres mañanas de San Fermín.

Ante el palacio de la Diputación se aglomera el público expectante. En su interior rebullen los niños de la Santa Casa de Misericordia de Pamplona, protagonistas de la fiesta, y que van a formar el cortejo del rey, que es para ellos un compañero. La paciencia por un lado y la ilusión y afán por otro, han convertido a aquellos chiquillos revoltosos en conscientes y dignos personajes.

Rompen el real desfile heraldos montados a caballo; el resonar de sus trompetas llena el aire de notas triunfales. Tras la bandera de Navarra flotan al viento las de las merindades de Olite, Pamplona, Tudela, Sangüesa, Estella y San Juan de Pie de Puerto, llevadas por jóvenes ataviados con sus respectivos trajes regionales. La rondalla de la Casa de Misericordia rasguea marchas alegres. Pasan juglares, trovadores, cantando las canciones del rey poeta Teobaldo I.

Siguen en fila los pajes, luciendo sobre almohadones de terciopelo rojo las insignias reales: Corona, cetro, espada, monedas, ropajes. Y el gran escudo con las armas de Navarra, que servirá de pavés para alzar al rey.

Carlos, Príncipe de Viana, monta en su caballo blanco, y su lado cabalga intimidado el niño que será proclamado «Rey de la Faba»[2].

El rey de la faba a caballo
Foto de El Pensamiento Navarro de 7 de enero de 1969


Levantan sus arcos y espadas los dantzaris del Muthiko Alaiak, y bajo el arco de honor pasa Su Alteza Real, el rey don Carlos III, rey de Navarra. Porque es él, el rey Noble, quien hace unos años nos abrió las puertas del alcázar de Olite para que allí celebrásemos la fiesta tradicional, y ahora vuelve a presidirla en la ciudad por él pacificada. Y su ejemplo siguieron don Teobaldo ll en Estella[3] y el Príncipe de Viana, Enrique de Labrit, en Sangüesa.

Como manda el ritual, un representante de las Buenas Villas presenta el estribo al rey, y éste, montado a caballo, avanza rodeado del Clero, Nobleza, Estado llano. Es decir: las representaciones del reino.

El monumento a los Fueros proyecta su sombra sobre la comitiva, y al saludarle el rey, parece decir: «Vamos a jurar los Fueros, como lo hicieron nuestros antecesores». Desde su alto pedestal, la matrona agita complacida las rotas cadenas. Y en el aire, sin notas ni palabras, flota el sentido de la jota vibrante:

Si los navarros ponemos

En nuestro escudo cadenas,

No es porque las soportemos.

Es, porque sabemos romperlas.

La vistosa comitiva va llegando a Santo Domingo. El pueblo llena la iglesia ricamente adornada e iluminada. En el impresionante y absoluto silencio resuena bajo las bóvedas del templo el clarín de un heraldo. Y el rey de armas, anuncia:

—Acérquense los representantes de las Buenas Villas y Merindades.

—Avancen los Nobles del Reino.

—Aparezca el Príncipe de Viana, acompañado del «Rey de la Faba».

Y tras un toque de clarín muy prolongado, vuelve a anunciar el heraldo:

—Y ahora, inclinaos ante su Alteza Real, el rey de Navarra.

La marcha del reino acoge su llegada. Todos estos componentes desfilan con una naturalidad y soltura admirables. ¿De dónde sacaron aquellos niños asilados el empaque cortesano? La jota popular nos da la respuesta clara y concisa:

En el cuerpo tenemos

los navarros un rey.

Ya todos los puestos están ocupados. Va a empezar la ceremonia histórica de la coronación y consagración. Desde el a púlpito, el heraldo, desenrollando el pergamino, se dispone lanzar el pregón. Se descorre el telón de los siglos.”

Coronación del Rey de la Faba en Pamplona el 6 de enero de 1969
Foto del folleto "El Rey de la Faba"


Y seguiremos viendo la historia de ese “invento” del aitacho en la próxima entrada si Dios quiere, con el ceremonial de coronación del Rey de la Faba



[1] Baleztena Abarrategui J. El Rey de la Faba. NAVARRA TEMAS DE CULTURA POPULAR. Pamplona 1979

[2] Ese año le correspondió a Francisco Javier Arbea ser coronado “Rey de la Faba”

[3] Como indicaba en la entrada relativa a la celebración de Estella esto debía haber sido así, aunque realmente fue realizada la invitación en nombre de Carlos III el noble.

sábado, 31 de enero de 2026

Breve Historia del Rey de la Faba (5). Sangüesa 1968. La última celebración de Ignacio Baleztena

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Querido lector, seguimos como en la entrada anterior tratando otra de las costumbres iniciadas por el aitacho entorno a 1920, o más que iniciada sería correcto decir restaurada: El rey de la Faba

Para ello a través de varias entradas voy resumiendo el folleto que escribí en 1979[1] y que puedes leer completo pinchando aquí.

Esta edición fue especial ya que fue la primera vez que se representó la coronación del Rey de Navarra y la última a la que pudo asistir con gran emoción mi padre Ignacio Baleztena Ascárate, el iniciador de esta celebración en torno a 1920.

 

Foto del folleto "El Rey de la Faba" (1)


“AÑO 1968. SANGUESA

Al dirigirnos a Sangüesa para celebrar en aquella merindad la Fiesta del «Rey de la Faba», como ya lo hicimos en las merindades de Estella y Olite, iremos siguiendo las huellas reales, y recogiendo por el camino retazos de historia y tradición, que por aquellos parajes quedaron impresos.

Conforme nos acercamos a la región pirenaica, va cambiando el paisaje.

…..

Ya estamos a las puertas de Sangüesa; ...  Toda ella está engalanada. El pueblo en masa pulula por las calles con aire regocijado. Y es que Sangüesa se prepara a celebrar una gran fiesta. Tras larguísima ausencia, el Príncipe de Viana, Enrique de Labrit, ha vuelto a su pueblo natal, porque quiere apadrinar al «Rey de la Faba» del año 1968. Un edicto con el sello real ha sido pregonado. Dice así: «Sepan cuantos esta presente carta verán y oirán, cómo yo, Enrique de Labrit, Príncipe de Viana, he tenido tanto placer en disponer que la "Fiesta del Rey de la Faba" se celebre este año en Sangüesa, en prueba del mucho amor que le tengo, por haber nacido allí. Sepan y oigan, cómo el hijo del pueblo será coronado en la iglesia de San Francisco, que mandó erigir mi antecesor el rey Teobaldo ll. Y que yo mismo, en nombre de mis padres, los ilustres Reyes de Navarra don Juan y doña Catalina, estaré presente en dicha y muy solemne ceremonia. Dado en Sangüesa, en el Palacio Real, a veinticuatro días del mes de diciembre de mil quinientos doce. ENRIQUE ».

Invitación del Muthiko Alaiak a la celebración del Rey de la Faba en Sangüesa. 1968
Archivo Premín de Iruña / Ignacio Baleztena


….

El año de 1512, que sería el último del reinado sus padres, don Juan y doña Catalina celebraban en Sangúesa la «Fiesta del Rey de la Faba», el día de la Epifanía, como consta en archivos de Pau. El pueblo se unía a los sus reyes, muy aficionados a los regocijos populares, en que tomaba parte el rey, que era muy «rocero» como dirían los ribereños, o muy «jatorra» como lo calificarían los montañeses.

1512-1968. Han pasado 456 años. Y la cadena de la tradición no se ha roto. En el yunque secular golpea el martillo del progreso y del entusiasmo, y en esta ocasión presente hace saltar chispas de ilusión y de fraternidad cristiana.

Ayer es hoy en Sangüesa. Nuevamente vemos salir del castillo real una alegre comitiva. Heraldos, bandas de música, estampido de los cohetes. Allí van el clero, los nobles, los representantes de las Buenas Villas, y, entre éstos, el reyecito escogido, con su sencillo vestido de campesino: un mocete de Sangüesa[2], despierto, inteligente, merecedor de la dignidad con la que se ve favorecido.

El adolescente Príncipe de Viana renace del pasado, y desde un caballo blanco saluda y sonríe a sus paisanos, con los que jugó de niño. De pronto, se fija en un balcón donde está asomado un pajecillo.

—Francis, Francis—le llama alegremente.

—Ya voy, señor—contesta el interpelado.

Y se incorpora a la comitiva nada menos que Francisco de Javier, el futuro apóstol del Japón y de las Indias, el que en tantas tierras había de evangelizar y tanta gloria reportaría a su tierra. Ha venido desde el castillo, acompañado de su padre, don Juan de Jasso, para abrazar a su amigo el Príncipe de Viana.

Los padres franciscanos, venidos de Rocaforte, la antigua Sangüesa, fundaron en ella un convento y tomaron posesión de la preciosa iglesia erigida por el rey don Teobaldo II. Esta bella iglesia está engalanada con tapices, escudos, sitiales y tronos, para recibir al «Rey de la Faba», que va a ser allí coronado.

Porque Sangüesa, si en toda su historia «nunca faltó» a la cita del deber y del valor, reclamando puestos de vanguardia, en esta ocasión no se quedó atrás. A los organizadores locales se les ocurrió la peregrina idea de coronar al niño, rey de un día, con el mismo ritual con que se coronaba a los reyes de Navarra. Y para alcanzar este alto objetivo sacaron de los archivos de la catedral de Pamplona todos los datos necesarios para ponerla en práctica.

Así, pues, al conjuro de otros tiempos, fueron entrando en el templo los representantes de los Tres Brazos o Estamentos: Clero, Nobleza, Estado llano, ocupando sus respectivos asientos. Apareció el Príncipe de Viana y se sentó en un trono pequeño, pues otro mayor estaba destinado para el niño elegido por votación de aprecio a sus méritos.

Todos los personajes que tomaban parte en esta secular ceremonia se desenvolvían con una serenidad y soltura admirables. Con unción religiosa los obispos; con aplomo los nobles; con dignidad los representantes del pueblo.

En medio de absoluto silencio, y a golpe de cetro, leyó el Rey de Armas:

«En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Sea manifiesto a todos los presentes, y a los que son por venir cuando vean, oigan y lean esta carta, que el día de la Epifanía de 1512 del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, el muy Excelente y Poderoso Príncipe Enrique de Labrit, Príncipe de Viana, hijo de los reyes de Navarra don Juan y doña Catalina, mandó convocar y venir a la coronación del «Rey de la Faba», a los prelados, ricos-hombres, infanzones y caballeros, hombres de las ciudades y de las buenas villas, a todo el pueblo, y en especial al de Sangüesa, al que tiene amor por ser el lugar de su nacimiento. Que fue nombrado «Rey de la Faba» un hijo del pueblo, al que ha de coronársele con la solemnidad y dignidad de un rey, como en semejantes casos procede, según está en fuero, con jura, unción y recibimiento de las insignias reales, para que el pueblo de Sangüesa vea de hecho lo que en semblantes casos se acostumbra a hacer en la catedral de Pamplona. Así lo mando. YO».

El rey de armas. Foto del folleto "El Rey de la Faba" (1)


Ya medievalmente ambientados, vimos desarrollarse, fielmente ejecutados, todos los ritos de la coronación, de profundo sentido religioso, de espíritu elevado, impregnados del sentido de la libertad foral, de la compenetración del rey con su pueblo, tan altamente aleccionadores. De todos sus detalles y texto nos ocuparemos cuando hagamos la crónica de la fiesta que al año siguiente se celebraría en Pamplona. Para ponerlo en práctica sería necesario aprender bien la lección que los de Sangüesa tan magistralmente nos dieron.

Al abandonar la ciudad, vagaban por ella las sombras de don Juan y doña Catalina, de don Enrique y de Francisco de Javier. Las sombras de los reyes recordaban glorias pasajeras. La figura del apóstol proyectaba luz inmortal hasta los más remotos lugares de la tierra.”

Los sangüesinos se involucraron mucho en la celebración y consiguieron que la fiesta del “Rey de la Faba” se incluyera en el programa nacional de “Paz en la Tierra” y el Ministerio de Información y Turismo la subvencionara. Además se realizó un reportaje especial en TVE con las escenas más sobresalientes de la celebración.



La crónica de El Pensamiento Navarro narra que en el momento del juramento de los Fueros por el rey:

Crónica de El Pensamiento Navarro del 7 de enero de 1968 (3)

“El terno era de Santiago, del siglo XVIII, el Báculo del Obispo, del Abad de Leyre, el Evangelio de Santa María, siglo XVIII. Un escalofrío ha hecho temblar a Dolores Baleztena, a don Ignacio- Baleztena-, a don Jaime del Burgo, al Alcalde de Sangüesa en el sitio de las autoridades, nuestro Director – el director de El Pensamiento Navarro- no llora pero podría”

“¡REAL, REAL, REAL! Se ha subido el Rey al trono. Por un momento le acompañan sus antecesores. Al otro lado Enrique de Labrit sigue impertérrito la ceremonia. Traen el escudo. Con sus atributos, con la espada, la corona, el cetro y la poma de oro, “Sanchico” se ha subido encima. Pesa poco Sanchico. Hay buenos brazos y buena ilusión para levantarlo. Le suben y le bajan tres veces, mientras los pajes dan las voces: ¡Real, real, real! Suena el himno. Doña Dolores Baleztena —la tengo a un paso— no se aguanta y llora. Haría falta mucho temple para no emocionarse.” [3]

Elevación sobre el pavés del "Rey de la Faba" al grito de REAL, REAL, REAL
Foto del folleto "El Rey de la Faba" (1)

Y seguiremos viendo la historia de ese “invento” del aitacho en la próxima entrada si Dios quiere



[1] Baleztena Abarrategui J. El Rey de la Faba. NAVARRA TEMAS DE CULTURA POPULAR. Pamplona 1979

[2] El niño José Vicente Los Arcos

[3] Hernández Javier. El Pensamiento Navarro. 7 enero 1968.