Premín de Iruña

IGNACIO BALEZTENA ASCÁRATE "PREMÍN DE IRUÑA" (PAMPLONA 1887-1972): SU PERSONA, SU VIDA Y SU OBRA

martes, 6 de octubre de 2026

Matrimonio de una biznieta de Ignacio Baleztena en Leiza. Nuevo hogar Caruncho Baleztena

 

Nuevos Hogares:

Caruncho-Baleztena

 


Soledad Baleztena y Gonzalo Caruncho, una gran boda navarra en Leiza

Soledad Baleztena, pamplonesa, y Gonzalo Caruncho, madrileño, contrajeron matrimonio el 25 de julio, festividad de Santiago Apóstol, en la iglesia parroquial de San Miguel de Leiza. Una celebración llena de tradición y recuerdos familiares, que reunió en el corazón de la montaña navarra a invitados llegados de diferentes lugares de España y América.

Hay bodas que parecen hechas para permanecer en la memoria. Por el lugar, por las familias que reúnen, por las pequeñas historias que se entrelazan durante unas horas y por esas tradiciones que, lejos de pertenecer al pasado, cobran nueva vida al pasar de una generación a otra.

Así fue la boda de Soledad Baleztena y Gonzalo Caruncho, celebrada el 25 de julio, festividad de Santiago, en la localidad navarra de Leiza.

Ella, pamplonesa; él, madrileño. Se habían conocido años atrás en los campamentos de Cruz de Borgoña, donde comenzó una amistad que con el tiempo acabaría llevándolos hasta el altar.

 

Petrorena, el corazón de la celebración

Buena parte de la historia de aquellos días tuvo como escenario Petrorena, la casa familiar de los Baleztena en Leiza, un caserón del siglo XVIII que, engalanado con hortensias y colgaduras, se convirtió durante aquellos días en verdadero centro de reunión de ambas familias.

Dos días antes de la boda, sus jardines y su comedor habían acogido la petición de mano.

En presencia de las familias, Gonzalo se puso en pie para pedir formalmente al padre de Soledad la mano de su hija. Después llegó el tradicional intercambio de regalos: Soledad recibió el anillo y Gonzalo, un reloj.

Las fotografías tomadas aquel día en el balcón, los salones y el jardín de Petrorena constituyeron el hermoso prólogo de lo que sucedería cuarenta y ocho horas más tarde.

 

Dos cortejos camino de San Miguel

La mañana de la boda, Petrorena volvió a llenarse de familiares y amigos. Y para dirigirse a la iglesia se recuperó una antigua costumbre: novio y novia saldrían por separado, cada uno acompañado por su propio cortejo.

El primero en abandonar la casa fue Gonzalo.

El novio emprendió la subida hasta San Miguel del brazo de su madre y madrina, Rocío Ducay, que lucía un elegante vestido color salmón acompañado por la clásica mantilla española. Familiares y amigos formaban tras ellos el cortejo del novio.

Algún tiempo después llegó el momento más esperado.

Las puertas de Petrorena volvieron a abrirse para dar paso al cortejo de la novia.

Lo precedían los chistularis, que iniciaron la subida hacia la iglesia interpretando el ingurucho de Leiza al son de «La Anthonia e Iñacio casar se han hecho», cuya letra había sido compuesta por Ignacio Baleztena Ascárate, abuelo de Soledad.

Tras los músicos caminaban los hermanos de la novia haciendo de danzaris, vestidos de chaqué, tocados con boinas rojas y llevando sus makilas.

A continuación avanzaba el resto del cortejo y, cerrándolo, aparecieron Soledad y su padre y padrino, Joaquín.

La novia lucía un elegante vestido blanco de líneas clásicas, realzado por una espectacular mantilla de encaje que se convertiría en uno de los elementos más admirados de su atuendo.

Así, entre el sonido del chistu, las boinas rojas y el verde intenso de la montaña navarra, el cortejo recorrió el camino que separa Petrorena de la iglesia.

 

Una iglesia de piedra entre montañas

La parroquia de San Miguel de Leiza, amplia, de piedra y rodeada por el paisaje montañoso característico del norte de Navarra, presentaba aquel día un aspecto especialmente hermoso.

En el exterior se habían dispuesto centros de hortensias, mientras que en el interior predominaban las flores blancas, que destacaban sobre la sobriedad de la piedra.

La ceremonia fue concelebrada por el padre Antonio Ducay, tío de Gonzalo, y el Padre Federico Ferrando, sacerdote de los campamentos de Cruz de Borgoña.

La parte musical había sido confiada a Juan Pablo Eslava, tío de la novia, quien eligió para la ocasión un cuarteto de cuerda.

Ante sus familias y amigos, Soledad y Gonzalo pronunciaron su consentimiento y se intercambiaron las alianzas.

 

Un arco de makilas y la gran sorpresa de Gonzalo

A la salida de la iglesia esperaba una de las estampas más bonitas de la jornada.

Los tres hermanos de Soledad y otro danzari, Javi Soto, levantaron sus makilas formando un arco de honor bajo el que pasaron los recién casados, mientras los chistularis interpretaban nuevamente «La Anthonia e Iñacio».

Después, los tres hermanos de la novia comenzaron a bailar el zortziko del ingurucho de Leiza.

Y entonces llegó la sorpresa.

Ante la mirada de Soledad y el asombro de los invitados, Gonzalo se incorporó al baile para cortejar a su esposa.

La inesperada participación del novio provocó el entusiasmo de quienes llenaban los alrededores de San Miguel y, especialmente, la emoción de Soledad.

Fue quizá la escena que mejor resumió el espíritu de la boda: un novio madrileño haciendo suya, por amor a su mujer, una de las tradiciones más queridas de Leiza.

 

Y apareció la lluvia

Concluidos los bailes comenzó la bajada desde la iglesia.

Los chistularis encabezaron nuevamente la comitiva, esta vez al ritmo alegre de un pasacalles, mientras novios e invitados descendían hacia Petrorena.

Y entonces comenzó a llover.

La lluvia provocó carreras, paraguas y un pequeño revuelo entre los invitados, pero no consiguió alterar el ambiente festivo. Soledad y Gonzalo alcanzaron el jardín de la casa, especialmente preparado para la ocasión, aunque la sesión de fotografías prevista allí tuvo que abreviarse.

Continuaría después en el Hotel Luze El Toro, donde esperaba el banquete.

 

De Madrid, Cartagena, Toledo y América

La boda reunió a invitados procedentes de numerosos lugares.

Desde Madrid llegó una nutrida representación de la familia de Gonzalo, y también acudieron familiares de Soledad asentados en la capital. Otros viajaron desde distintos puntos de España como Toledo entre otros y no faltó una importante representación de Cartagena, la ciudad mediterránea, cuya historia se remonta a la Antigüedad y a la que se encuentra estrechamente vinculada la parte Mateo de la familia de la novia.

La celebración adquirió incluso carácter internacional con la presencia de familiares y amigos llegados desde Guatemala, Colombia y México.

Entre todos ellos hubo dos presencias especialmente queridas para Soledad: la de su abuela materna, Angelita, y la de su abuelo paterno, Javier.

Este último, a sus 88 años, hizo gala de una elegancia extraordinaria durante toda la jornada. Familiares y amigos no dudaron en concederle cariñosamente un título difícil de discutir: el hombre más elegante de la boda.

 

Una celebración llena de recuerdos

La entrada de los recién casados en El Toro, acompañada por una alegre música y los aplausos de los invitados, dio comienzo a la parte más festiva de la jornada.

Uno de los primeros momentos emotivos fue la entrega de flores a las madres de los novios, Rocío Ducay y Josefina Mateo, en agradecimiento y homenaje a ambas.

Tras el cóctel, los invitados pasaron al comedor para disfrutar del almuerzo nupcial.

Y hasta el momento de cortar la tarta estuvo cargado de historia.

Soledad y Gonzalo lo hicieron utilizando la espada de un oficial de don Carlos VII, una singular pieza que aportó al momento una nota familiar e histórica muy acorde con el carácter de toda la celebración.

 

Las canciones de una generación a otra

Terminada la comida llegó uno de los momentos más entrañables de la sobremesa.

Los amigos de los padres de Soledad cantaron a la novia, tal y como habían hecho años atrás en la boda de sus propios padres.

El gesto, repetido una generación después, emocionó especialmente a la familia: aquellas mismas voces que habían acompañado el comienzo de un matrimonio volvían ahora a cantar en la boda de su hija.

Después hizo su aparición la divertida «Tuna del Bodorrio», vinculada a aquellos campamentos de Cruz de Borgoña en los que años atrás se habían conocido Soledad y Gonzalo.

La música, las canciones y el buen humor dieron paso finalmente a un animado baile que se prolongó hasta el anochecer.

 

Viena, Praga y Croacia

Terminadas las celebraciones, los recién casados emprendieron su viaje de novios, que los llevó por Viena, Praga y Croacia.

Después regresaron a Navarra, donde han establecido su hogar en Pamplona.

Quedaban atrás la petición de mano en Petrorena, los dos cortejos subiendo hacia San Miguel, los chistularis, las makilas y las boinas rojas; la emoción de los abuelos, la lluvia inesperada, las canciones de los amigos y aquella Tuna del Bodorrio que recordaba discretamente dónde había comenzado todo.


Y quedaba, sobre todo, una imagen: Soledad y Gonzalo saliendo juntos de la vieja iglesia de piedra de Leiza mientras, entre familiares y amigos llegados de diferentes lugares de España y América, comenzaba para ellos una nueva vida.

Vídeo resumen de la boda de Soledad Baleztena y Gonzalo Caruncho en Leiza

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