Nuevos Hogares:
Caruncho-Baleztena
Soledad Baleztena y Gonzalo Caruncho,
una gran boda navarra en Leiza
Soledad Baleztena, pamplonesa,
y Gonzalo Caruncho, madrileño, contrajeron matrimonio el 25 de julio,
festividad de Santiago Apóstol, en la iglesia parroquial de San Miguel de
Leiza. Una celebración llena de tradición y recuerdos familiares, que reunió en
el corazón de la montaña navarra a invitados llegados de diferentes lugares de
España y América.
Hay bodas que parecen hechas para
permanecer en la memoria. Por el lugar, por las familias que reúnen, por las
pequeñas historias que se entrelazan durante unas horas y por esas tradiciones
que, lejos de pertenecer al pasado, cobran nueva vida al pasar de una
generación a otra.
Así fue la boda de Soledad
Baleztena y Gonzalo Caruncho, celebrada el 25 de julio, festividad de Santiago,
en la localidad navarra de Leiza.
Ella, pamplonesa; él, madrileño.
Se habían conocido años atrás en los campamentos de Cruz de Borgoña, donde
comenzó una amistad que con el tiempo acabaría llevándolos hasta el altar.
Petrorena, el
corazón de la celebración
Buena parte de la historia de
aquellos días tuvo como escenario Petrorena, la casa familiar de los Baleztena
en Leiza, un caserón del siglo XVIII que, engalanado con hortensias y
colgaduras, se convirtió durante aquellos días en verdadero centro de reunión
de ambas familias.
Dos días antes de la boda, sus
jardines y su comedor habían acogido la petición de mano.
En presencia de las familias,
Gonzalo se puso en pie para pedir formalmente al padre de Soledad la mano de su
hija. Después llegó el tradicional intercambio de regalos: Soledad recibió el
anillo y Gonzalo, un reloj.
Las fotografías tomadas aquel día
en el balcón, los salones y el jardín de Petrorena constituyeron el hermoso
prólogo de lo que sucedería cuarenta y ocho horas más tarde.
Dos cortejos
camino de San Miguel
La mañana de la boda, Petrorena
volvió a llenarse de familiares y amigos. Y para dirigirse a la iglesia se
recuperó una antigua costumbre: novio y novia saldrían por separado, cada uno
acompañado por su propio cortejo.
El primero en abandonar la casa
fue Gonzalo.
El novio emprendió la subida
hasta San Miguel del brazo de su madre y madrina, Rocío Ducay, que lucía un
elegante vestido color salmón acompañado por la clásica mantilla española.
Familiares y amigos formaban tras ellos el cortejo del novio.
Algún tiempo después llegó el
momento más esperado.
Las puertas de Petrorena
volvieron a abrirse para dar paso al cortejo de la novia.
Lo precedían los chistularis, que
iniciaron la subida hacia la iglesia interpretando el ingurucho de Leiza al son
de «La Anthonia e Iñacio casar se han hecho», cuya letra había sido
compuesta por Ignacio Baleztena Ascárate, abuelo de Soledad.
Tras los músicos caminaban los
hermanos de la novia haciendo de danzaris, vestidos de chaqué, tocados con
boinas rojas y llevando sus makilas.
A continuación avanzaba el resto
del cortejo y, cerrándolo, aparecieron Soledad y su padre y padrino, Joaquín.
La novia lucía un elegante
vestido blanco de líneas clásicas, realzado por una espectacular mantilla de
encaje que se convertiría en uno de los elementos más admirados de su atuendo.
Así, entre el sonido del chistu,
las boinas rojas y el verde intenso de la montaña navarra, el cortejo recorrió
el camino que separa Petrorena de la iglesia.
Una iglesia de
piedra entre montañas
La parroquia de San Miguel de
Leiza, amplia, de piedra y rodeada por el paisaje montañoso característico del
norte de Navarra, presentaba aquel día un aspecto especialmente hermoso.
En el exterior se habían
dispuesto centros de hortensias, mientras que en el interior predominaban las
flores blancas, que destacaban sobre la sobriedad de la piedra.
La ceremonia fue concelebrada por
el padre Antonio Ducay, tío de Gonzalo, y el Padre Federico Ferrando, sacerdote
de los campamentos de Cruz de Borgoña.
La parte musical había sido
confiada a Juan Pablo Eslava, tío de la novia, quien eligió para la ocasión un
cuarteto de cuerda.
Ante sus familias y amigos,
Soledad y Gonzalo pronunciaron su consentimiento y se intercambiaron las
alianzas.
Un arco de makilas
y la gran sorpresa de Gonzalo
A la salida de la iglesia
esperaba una de las estampas más bonitas de la jornada.
Los tres hermanos de Soledad y
otro danzari, Javi Soto, levantaron sus makilas formando un arco de honor bajo
el que pasaron los recién casados, mientras los chistularis interpretaban
nuevamente «La Anthonia e Iñacio».
Después, los tres hermanos de la
novia comenzaron a bailar el zortziko del ingurucho de Leiza.
Y entonces llegó la sorpresa.
Ante la mirada de Soledad y el
asombro de los invitados, Gonzalo se incorporó al baile para cortejar a su esposa.
La inesperada participación del
novio provocó el entusiasmo de quienes llenaban los alrededores de San Miguel
y, especialmente, la emoción de Soledad.
Fue quizá la escena que mejor
resumió el espíritu de la boda: un novio madrileño haciendo suya, por amor a su
mujer, una de las tradiciones más queridas de Leiza.
Y apareció la
lluvia
Concluidos los bailes comenzó la
bajada desde la iglesia.
Los chistularis encabezaron
nuevamente la comitiva, esta vez al ritmo alegre de un pasacalles, mientras
novios e invitados descendían hacia Petrorena.
Y entonces comenzó a llover.
La lluvia provocó carreras,
paraguas y un pequeño revuelo entre los invitados, pero no consiguió alterar el
ambiente festivo. Soledad y Gonzalo alcanzaron el jardín de la casa,
especialmente preparado para la ocasión, aunque la sesión de fotografías prevista
allí tuvo que abreviarse.
Continuaría después en el Hotel
Luze El Toro, donde esperaba el banquete.
De Madrid,
Cartagena, Toledo y América
La boda reunió a invitados
procedentes de numerosos lugares.
Desde Madrid llegó una nutrida
representación de la familia de Gonzalo, y también acudieron familiares de
Soledad asentados en la capital. Otros viajaron desde distintos puntos de
España como Toledo entre otros y no faltó una importante representación de
Cartagena, la ciudad mediterránea, cuya historia se remonta a la
Antigüedad y a la que se encuentra estrechamente vinculada la parte Mateo de la familia
de la novia.
La celebración adquirió incluso
carácter internacional con la presencia de familiares y amigos llegados desde
Guatemala, Colombia y México.
Entre todos ellos hubo dos
presencias especialmente queridas para Soledad: la de su abuela materna,
Angelita, y la de su abuelo paterno, Javier.
Este último, a sus 88 años, hizo
gala de una elegancia extraordinaria durante toda la jornada. Familiares y
amigos no dudaron en concederle cariñosamente un título difícil de discutir: el
hombre más elegante de la boda.
Una celebración
llena de recuerdos
La entrada de los recién casados
en El Toro, acompañada por una alegre música y los aplausos de los invitados,
dio comienzo a la parte más festiva de la jornada.
Uno de los primeros momentos
emotivos fue la entrega de flores a las madres de los novios, Rocío Ducay y
Josefina Mateo, en agradecimiento y homenaje a ambas.
Tras el cóctel, los invitados
pasaron al comedor para disfrutar del almuerzo nupcial.
Y hasta el momento de cortar la
tarta estuvo cargado de historia.
Soledad y Gonzalo lo hicieron
utilizando la espada de un oficial de don Carlos VII, una singular pieza que
aportó al momento una nota familiar e histórica muy acorde con el carácter de
toda la celebración.
Las canciones de
una generación a otra
Terminada la comida llegó uno de
los momentos más entrañables de la sobremesa.
Los amigos de los padres de
Soledad cantaron a la novia, tal y como habían hecho años atrás en la boda de
sus propios padres.
El gesto, repetido una generación
después, emocionó especialmente a la familia: aquellas mismas voces que habían
acompañado el comienzo de un matrimonio volvían ahora a cantar en la boda de su
hija.
Después hizo su aparición la
divertida «Tuna del Bodorrio», vinculada a aquellos campamentos de Cruz de
Borgoña en los que años atrás se habían conocido Soledad y Gonzalo.
La música, las canciones y el
buen humor dieron paso finalmente a un animado baile que se prolongó hasta el
anochecer.
Viena, Praga y
Croacia
Terminadas las celebraciones, los
recién casados emprendieron su viaje de novios, que los llevó por Viena, Praga
y Croacia.
Después regresaron a Navarra,
donde han establecido su hogar en Pamplona.
Quedaban atrás la petición de
mano en Petrorena, los dos cortejos subiendo hacia San Miguel, los chistularis,
las makilas y las boinas rojas; la emoción de los abuelos, la lluvia
inesperada, las canciones de los amigos y aquella Tuna del Bodorrio que recordaba
discretamente dónde había comenzado todo.
Y quedaba, sobre todo, una
imagen: Soledad y Gonzalo saliendo juntos de la vieja iglesia de piedra de
Leiza mientras, entre familiares y amigos llegados de diferentes lugares de
España y América, comenzaba para ellos una nueva vida.
