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miércoles, 20 de abril de 2011

La Insignia de las Cinco Llagas (y III)

Querido lector, seguimos en plena Semana Santa con la conferencia que el "aitacho" dio torno a la Insignia de las Cinco Llagas en el Círculo Carlista de Pamplona en 1932, y a ver si nos enteramos ya de una vez de que se trata el asunto (para entender la "trama" te recomiendo leer las dos entradas anteriores)

"...Volvamos a nuestro tema.

A todas estas medidas materiales, aquellos hombres de recia fe, añadieron, o mejor dicho, antepusieron las espirituales.

Dispuso el señor obispo, el doctor Zapata, de acuerdo con el Ayuntamiento, que desde el 10 de octubre, por espacio de dos semanas, se ayunase los lunes, miércoles, viernes y sábados, siendo el ayuno del viernes a pan y agua, y los que por su debilidad no pudieran practicar estos ayunos dejasen de comer carne al igual que los días de vigilia.

Dispuso también, que se tuviera expuesta Su Divina Majestad, durante todo el día; el 11 de octubre, en la catedral y monasterio del Carmen; el miércoles 13, en San Cernin y Santiago; el viernes 15, en San Lorenzo y convento de San Francisco y el 16, sábado, en San Nicolás y San Agustín.

El domingo, 17 de octubre, tuvo lugar el voto solemne de la ciudad a San Fermín, San Roque y San Sebastián en la forma siguiente:

El Ayuntamiento de Pamplona en cuerpo de Ciudad, con sus mazas delante y acompañado de cuantos vecinos pudieran hacerlo, fueron a la parroquia de San Lorenzo, a la capilla de San Fermín. Dijo la misa el Ilmo. señor Obispo, Don Antonio Zapata, y habiendo sumido, volvió el rostro con el Santísimo Sacramento en las manos para los señores regidores que estaban frente a la capilla de rodillas con velas en las manos. Y Don Miguel de Donamaría y Ayanz, regidor cabo del Burgo, dijo en alta voz:

“Señor Dios Todopoderoso y sempiterno. Yo, don Miguel de Donamaría, aunque por todas partes indigno indigno ante vuestro Divino acatamiento, regidor de esta ciudad, en mi nombre y en el de (cita todos los nombres de los demás regidores) y toda esta Ciudad, movidos con deseos de serviros y de honrar a los bienaventurado Santos, San Fermín, nuestro Patrón, San Sebastián y San Roque, de cuya intercesión nos queremos valer en esta necesidad presente de la peste de esta ciudad y en todas las que tuviese, prometo delante de la Santísima Virgen Nuestra Señora y de toda la Corte Celestial y de todos los que están en esta iglesia presentes, en manos de don Antonio Zapata, Obispo de Pamplona, a Vuestra Divina Majestad, que todos los años, desde agora para siempre jamás, la víspera del Bienaventurado San Fermín nuestro Patrón, en cualquier tiempo que se celebrase su fiesta, y la víspera del bienaventurado San Sebastián, no se comerá carne en esta Ciudad, antes será como el día del viernes, y al señor San Roque se le hará una ermita de su vocación a la cual se hará procesión en su día de cada año, con la solemnidad que esta Ciudad acostumbra hacer en semejantes días que tiene por voto, pues a Vuestra Divina Majestad, bondad y clemencia, suplico humildemente por la sangre de Jesucristo Nuestro Señor y por la intercesión de estos santos, recibáis esta pequeña ofrenda de esta Ciudad, mirándola con ojos de misericordia y librándole de la peste y de cualquier enfermedad contagiosa y muy particularmente de las enfermedades de las almas, y a nosotros nos deis gracias, como nos la habéis dado, para desear y ofrecer esto para cumplir con la delegación que nos habéis puesto y acudir en todo al mayor bien de esta Ciudad”.

Mucho, mucho debió nuestro buen patrono San Fermín trabajar cerca de Dios Nuestro Señor a favor de sus paisanos, pues compadecido, al fin, se dignó usar de su infinita misericordia, revelando a un fraile franciscano de Calahorra, la siguiente promesa:

“Que digo yo, que te lo he dicho a ti, el que rige cielos y tierra, que así como el pastor cura las ovejas cuando tienen roña con el aceite, así curará El las ovejas de la roña que tienen, con el aceite de misericordia de mis sagradas llagas y corona de espinas, poniéndolas en los pechos de todos, así enfermos como sanos, y que haga imprimir tantos papeles como hay chicos y grandes en la Ciudad, donde estén las cinco llagas mías y la corona de espinas, y que todos los chicos y grandes las traigan puesto en sus pechos quince días descubiertamente, y que haga hacer una procesión como en Jueves Santo, con su disciplina y que traigan estas sagradas insignias en andas al cabo de la procesión con toda la devoción que pudieren y después que hayan acabado la dicha procesión, las dejen con grande reverencia en una capilla en memoria de esta merced, y que dentro de 15 días que esto se hiciese, se quitará el mal y pestilencia que hay en la ciudad, y que esto será verdad como yo soy la misma verdad…”

Enterados el señor Obispo y la Ciudad de esta revelación, se mandó imprimir sellos en papel y pergamino con la imagen de las cinco llagas y la corona de espinas y se repartieron por todo el vecindario, recomendando a todos, que antes de ponérsela al pecho se confesasen y comulgasen con toda devoción.

Y el domingo 13 de noviembre por la mañana, el señor Obispo dijo misa en la capilla de San Nicasio, de la parroquia de San Cernin, donde comulgaron todos los regidores, y se les impuso las insignias, y lo mismo se hizo en todas las demás iglesias. A la noche fue la procesión, a la que asistió todo el que no estaba enfermo o convaleciente, con luminarias y disciplinas, llamando la atención el que pasasen de quinientas las hachas, pues en aquel entonces en las procesiones sólo las personas de viso llevaban esta clase de luminarias y los demás solían, por regla general, ir con velas. La procesión se hizo en medio del mayor silencio y devoción. Salió del convento de Nuestra Señora del Carmen y terminó en el de San Agustín llevando en andas las Santas  insignias que luego fueron colocadas en el altar mayor entre muchas luces, y allí estuvieron durante quince días, diciéndose todos ellos muchas misas votivas y se hicieron durante todas las horas del día visitas como en Jueves Santo.

Y efectivamente, el 27 de noviembre, último de los quince días fijados en la revelación, pudo verse que ésta era cierta, que no fue obra de la fantasía de un fraile de Calahorra, pues desde entonces no ocurrió ningún caso de peste y los que existían, fueron curándose paulatinamente, como si se tratara de una enfermedad corriente.

Cumplidos estos quince días, volviese otra vez a llevar procesionalmente por la noche con penitencia y disciplina el santo simulacro, desde San Agustín a la iglesia del Carmen, y colocado allí, en la capilla de la Cruz, fue todos los años visitado oficialmente por el Excmo. Ayuntamiento, hasta que por una de esas gracias del liberalismo, fue suprimido ese convento, y se trasladó la imagen a la iglesia de San Agustín, donde hoy se venera.

Los enfermos que hubo durante el periodo en que se desarrolló la epidemia, fueron 344, de los que murieron 276 y sanaron 68, siendo mucho más la proporción de mujeres que de hombres.

No fue Pamplona, ni mucho menos, la población donde más víctimas causó la terrible peste. Pueblos hubo, como por ejemplo, Pasajes de San Juan, en la provincia de Guipúzcoa, que contando 500 habitantes tan sólo, en cuatro meses que duró la epidemia, quedaron “ciento treinta huérfanos de padre y madre, y ochenta de madre”.

A los buenos pamploneses, no nos cabe dudar un momento, que este milagro fin de la epidemia, cuando más en su apogeo se hallaba, se debió a la buena intervención de nuestro buen patrono San Fermín, a quien tantísimos y tan grandes favores debe nuestra querida Iruña.

¡Bien se lo pagamos, por cierto! Ya el Ayuntamiento, sintiéndose laico, no acompañará con la solemnidad de siempre a su Santo Patrono en su paseo triunfal por las calles de Pamplona, como ha venido haciéndolo desde esa época, en que por voto especial y en acción de gracias acordó hacerlo así.

Un año más tarde, el 2 de septiembre de 1600, los regidores acordaron colocar en sus veneras o medallas, al otro lado del escudo de armas, concedido a ciudad por el rey Carlos el Noble, la imagen milagrosa de las llagas en esta forma: “sobre fondo de oro, las cinco llagas de Cristo Nuestro Señor, esmaltadas de dolor rojo a modo de sangre, y por orla la corona de espinas de color verde”.

Con esta medalla, colgada antaño del cuello de los regidores por un cordón de seda negro, y de los ojales de sus levitas en estos tiempos, ha acudido siempre en corporación nuestro Ayuntamiento, con sus maceros y clarines a la iglesia de San Agustín, a postrarse ante el santo simulacro de las llagas, paseándolo procesionalmente por el interior del templo, para dar gracias a Dios Nuestro Señor por aquel señaladísimo favor que dispensó a la Ciudad en el mencionado año de 1599.

Medalla que llevan los ediles del Ayuntamiento de Pamplona, con la imagen de las Cinco Llagas al otro lado del escudo de armas, concedido a ciudad por el rey Carlos III el Noble 

Hoy, como gracias a Dios, somos oficialmente ateos, no nos creemos obligados a cumplir los solemnes votos de agradecimiento que hicieron nuestros antepasados. Este año, la Corporación Municipal, no irá a dar gracias al Señor, pero espero, que los pamploneses todos, acudiremos el Jueves Santo a pedir arrodillados ante esas misericordiosas llagas, como lo hicieron los regidores de antaño, que nos veamos libres de la peste de los cuerpos y muy principalmente y sobre todo de la pestilencia de las almas.

La insignia de las Cinco Llagas, dio lugar el año 1607 una denuncia fiscal de Su Majestad, pues creyó ver en las medallas y cadenas, una imitación a las insignias de la Orden del Toison de Oro, y como entonces estas cosas se llevaban a punta de lanza, puso pleito a la Ciudad, y los regidores se aprestaron a defender sus derechos. En aquel entonces existía en la villa de Oteiza un convento de Trinitarios, quienes, como es natural, deseaban fundar casa en Pamplona de la manera menos gravosa para sus intereses, y a ser posible, gratis. Para ello se dirigieron al Ayuntamiento, pidiéndole licencia para establecerse en Pamplona, y añadían, que se comprometían a servir en el Hospital, que entonces era de la Ciudad, en todo lo necesario, así en el orden espiritual como en el temporal, a los enfermos que en él hubiese.

La Ciudad, después de consultar a sus barrios, se negó a la petición, fundándose, en que había ya muchos conventos y en cada uno de ellos muchos religiosos y que “aunque por ahora parezca entran dichos religiosos en el hospital con motivo de servicio, se teme se perpetúen en él, y como no faltaría quien les ayudase, corría el peligro la Ciudad de perder el único patronato que tenía”. Y añadía a continuación, que siendo “los enfermos en su mayoría vascongados y los padres Trinitarios de diferente lengua, no podrían cumplir bien su cometido”.

No perdieron los padres Trinitarios la esperanza de conseguir sus anhelos, y la ocasión se les presentó con motivo del citado pleito de las veneras municipales. El prior de la orden, Fray Joseph de la Trinidad, hombre de muchos conocimientos e influencia en las altas esferas de la Corte y muy amigo del señor Virrey de Navarra, se prestó a influir a favor del Ayuntamiento, y logró obtener la autorización de Su Majestad, para que la ciudad pudiera utilizar sus medallas sin trabas ni entorpecimiento alguno.

El Municipio, en agradecimiento, concedió a los frailes el permiso para que pudieran establecerse en Pamplona, y ellos sentaron sus reales en la iglesia de San Fermín de Aldapa, y más tarde en 1664, en la Costerapea, o sea, en la campa que se extiende entre la cuesta de la Reina y el río Arga. Se bendijo la iglesia el día 25 de mayo de dicho año, y por eso es por lo que a ese terreno se le da el nombre de Trinitarios. Cuando la guerra contra la República Francesa en 1793, se destruyeron por cuestiones estrategia, todos los edificios situados extramuros de la ciudad, y entre ellos desapareció el convento de los P.P. Trinitarios.

Y aquí pongo fin a mi charla; en honor al tema, perdonar mis muchas faltas y permitidme antes de abandonar esta tribuna, vuelva a repetiros con insistencia, con verdadero empeño, el que vayáis todos el día de Jueves Santo a postraros ante la imagen de las Cinco Llagas, pues si queremos que Pamplona siga ostentando con justicia su título de Muy Noble Ciudad, hemos de procurar no empeñar su nobleza con el pecado más villano, cual es la ingratitud, y tal sería, no rendir gracias a Dios cumpliendo el voto de honrar las divinas Llagas de Cristo en reconocimiento de aquel grandísimo favor que se dignó otorgar a Pamplona con ocasión de la peste de 1599."

Premín de Iruña. 18 de Marzo de 1932

Vidriera del Ayuntamiento de Pamplona. Las cinco llagas y la corona de espinas se incorporaron al reverso de las medallas y la bandera de la ciudad.

Pues lo dicho, como yo no quiero ser un ingrato, siguiendo el consejo de mi padre, me uniré con gran entusiasmo a renovar el voto de las Cinco Llagas mañana jueves a las 17:30 en San Agustín, rogando por nuestra vieja Iruña a el simulacro de las Cinco Llagas que procesionará por dentro del templo y arropando a los ediles que pese a la fuerte ola laicista que intentan algunos pocos extender, tengan la deferencia y buen gusto de cumplir la promesa hecha por nuestros antepasados. Tranquilos que en breve publicaré, en respuesta a los correos que me estáis enviando a premindeiruña@gmail.com , la cancioncica de la procesión de Viernes Santo.

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